Envejecer en high definition

Simulacros del Fin del Mundo, por Lucas Asmar Moreno

La vejez en los famosos fue reconfigurada con la llegada del HD. Parece obvio pero en los pliegues de este fenómeno podemos comprender cómo asumimos nuestro propio deterioro físico.

No basta con ver en 4K las arrugas de Marcelo Tinelli para apreciar el paso del tiempo, también es obligatorio que los medios masivos favorezcan la perpetuidad del aire televisivo. Este presente inagotable marca, por un lado, el éxito del famoso asentándose en la TV, y por otro lado lo convierte en un testimonio en tiempo real de su degradación física.

Las mañas de Mirtha Legrand para ocultar su rostro de pergamino mediante técnicas de make up y criterios de iluminación plana son conocidas. Pudo funcionar cuando existía la televisión a tubo, con su incandescencia lavada, pero la incursión de los LEDs y los plasmas en el mercado de los electrodomésticos arruinaron la estrategia: el HD delata en cada primer plano una podredumbre en potencia, el exhibicionismo incómodo de una historia resistiendo su clausura.

Todo televidente que se acerca a la mediana edad o que ya la pasó fue contemporáneo al salto tecnológico y acompañó la degradación física del famoso al compás de su propia degradación. Entonces, si nosotros también envejecemos, ¿por qué hipnotiza y hasta alegra apreciar cuán deteriorados están los íconos culturales? En realidad lo que necesitamos es cerciorar el fracaso de un canon de belleza; se trata de una sublevación inconsciente. El morbo por ver cuán deteriorado está el famoso es una vendetta por habérnoslo impuesto como objeto de deseo.

El humor negro que prolifera en las redes cuando una celebridad muere es más un acto de resistencia que una pérdida de sensibilidad ante el dolor ajeno: reírse de la muerte de quien fue un patrón de belleza es canalizar el enojo ante una grosera mentira cultural: que seremos jóvenes para siempre.

Claro que no seremos jóvenes si optamos por la vida. De hecho, ese beneplácito de juventud instaurado como auge social –un ser productivo y deseable– durará poco. Bajo esta artimaña de sexplotation, la salud se traducirá en quirófanos y crossfit. Las burlas a recientes sex symbols que envejecen de golpe, como Peter Lanzani, disminuyen nuestra ansiedad por perder tan rápido el glamour estético. Cuando los portales de noticias nos muestran fotos de una celebridad capturada in fraganti en la playa, con una postura que delata tejidos adiposos, sentimos una exaltación misteriosa, un triunfo velado, algo así como señalar y decir: “queríamos ser como vos pero ahora te compadecemos y te adoptamos como a un igual”.

Richard Linklater intenta revertir el valor disfórico del envejecimiento dándole a sus películas propiedades narrativas: se envejece gracias a un proceso dinámico e histórico. Este componente histórico sería decisivo para reconciliar la vejez, pero la televisión como presente suspendido sólo propone fases atemporales del deterioro. Vemos a Marley canoso e inflamado conduciendo diversos realitys, pero no podemos establecer conexiones narrativas entre su actual programa y el de hace una década. Marley está pictóricamente arruinado sin coherencia histórica. Los Marleys del pasado existen como hologramas comparativos sin ningún tipo de entidad. Ahora bien, si el televidente se obsesiona ante cada desajuste físico de su famoso preferido, es porque en definitiva a él también le resulta imposible vincular vejez con biografía.

La irrupción del HD es paralela a la irrupción de la fotografía digital, una herramienta cotidiana que nos ayuda a percibir nuestros cuerpos. A diferencia de la foto analógica, la foto digital no busca petrificar un momento para convertirlo en recuerdo. Pensemos sino en los negativos, que implicaban la espera del revelado, y por ende gatillar era imaginar un pasado. La foto digital acrecienta el presente para que cobre más fuerza como presente. Una selfie enardece el acontecimiento sin diferirlo. Esto significa, en definitiva, que éste es un momento que vale la pena reivindicar, pero no necesariamente recordar.

El envejecimiento que se aprecia en las fotos digitales es opuesto al que se aprecia en las fotos analógicas; estas últimas conforman una sucesión de períodos biográficos que ordenan la memoria. En cambio, las fotos digitales nacen dislocadas del pasado y se limitan a proponer una percepción del cuerpo en un momento específico. Esto crea una distorsión en la idea del deterioro: es un error visual y no un devenir vital. El cuerpo se compara consigo mismo en su inmediatez, no puede percibirse como algo histórico. La vejez se desprende de su significado lógico: encaminarse hacia la muerte, para refractar un déficit de sex appeal.

Es un problema que lejos está de solucionarse con las políticas de los cuerpos disidentes, que reivindican lo imperfecto como un enroque de los cánones de belleza y continúan negando la degradación corporal como una imposición biográfica. Con esta lógica, el cuerpo siempre acabará pensándose como un recipiente de autoestima.
Ni aceptarse así como uno es –burda fórmula New Age–, ni seguir el mantra de Susana Giménez cuando le preguntaron cómo mantener la juventud: “es una batalla perdida pero hay que batallarla igual”. La única forma de reconciliarse con la vejez es asumirla como un reverso espantoso de la muerte. Mientras más muerte se revele a través de nuestra vejez, mayor será el desafío de historizarnos dentro una cultura vaporosa, perversamente atemporal.

16 Enero 2019
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