Ingame o la insistencia del tacto

Simulacros del fin del mundo | Por Lucas Asmar Moreno

Surgió una app para celulares. Sí, una más, aunque ésta propone algo atípico: un breve programa televisivo de diez minutos como máximo, en el cual uno responde preguntas para aproximarse a un premio económico. Es un juego de trivia con la particularidad de que sólo puede jugarse desde celulares y en determinados horarios. La app te avisa cuándo está por arrancar el programa, entonces uno se loguea y en el horario acordado un conductor arroja preguntas con tres opciones que se eligen mediante la pantalla táctil del celular. Sería algo más que el Preguntados y algo menos que El Imbatible de Susana Giménez.

Esta hibridez intenta marcar cierta distinción. Si en el Preguntados uno compite por pasatiempo, en Ingame uno compite por una suma de dinero. Si en cualquier programa de preguntas y respuestas de la TV uno especula con su propio saber comparando el saber del participante, en Ingame uno participa de facto, comparando su saber con otros participantes de facto. Existe, además, un horario ritual: no se puede jugar Ingame sin un presentador. En ese horario miles de usuarios se loguean y la comunidad compite por una parcela ínfima de dinero. Surge la pregunta: ¿estos componentes hacen de Ingame una app visionaria?

Hay un antecedente curioso: Pokémon Go. La genialidad de esta app fue su capacidad para incorporar el entorno geográfico como un elemento dinámico en el desarrollo del juego. Algunos pokémones aparecían en zonas áridas o boscosas o muy urbanizadas, y uno debía desplazarse por la ciudad con su celular para capturarlos a todos. El juego era simple y mantenía la lógica de la saga: coleccionar bichos. Pero esta vez el geolocalizador condicionaba la conducta del jugador, dándole la ilusión de interactuar con lo real. El celular como herramienta para aprehender el mundo resulta clave: no hay necesidad de estar delante de un televisor con una consola para juntar pokémones, así como tampoco hay posibilidad de moverse por la ciudad juntando pokémones sin escapar de los límites reticulares de la pantalla del celular. El desplazamiento por la ciudad es libre siempre y cuando la sujeción al celular sea absoluta.

Ingame como app repite este patrón: no importa tanto el contenido como el dispositivo que habilita el acto de jugar e impone ciertas reglas físicas. Una trivia: ¿puede acaso haber algo más anticuado? Los programas de preguntas y respuestas nacieron junto a la televisión y podrían tener aún más antigüedad con los juegos de mesa. ¿En dónde está el secreto de Ingame para que haya logrado un éxito precoz? Tan solo y apenas en la pantalla táctil como espacio apto para la fatalidad.

Aplicar presión con el dedo sobre la pregunta que uno cree correcta nos da la ilusión de estar interactuando con algo concreto y material. La presión del dedo es lo que determina nuestra continuidad en el juego o la anula. Sin pantalla táctil no habría riesgo, porque es la conexión entre el dedo y la app el punto de encuentro con lo real. Y esto real emerge en un lapso de diez segundos, tiempo vital para decidir en dónde está la verdad. Porque existe un sensor en la pantalla táctil de nuestros celulares la virtualidad se camufla. Por supuesto, también debemos ponderar el bagaje que a uno le facilitaría avanzar en el juego, pero no será nuestra palabra oral ni escrita la que nos suspenda en la incertidumbre, será la dirección del dedo, entender que una tragedia en potencia yace en un espacio concéntrico dentro de ese otro espacio reticular que es el celular. Para establecerlo en fórmula, podríamos decir que al juego lo aprehendemos desde el celular y al acto de jugar lo atomizamos en un dedo.

No casualmente la conducción de Ingame está a cargo de dos instagramers exitosos: Santiago Maratea y Ornella de Luca. Ninguna app como Instagram delata tanto la importancia del tacto para relacionarse con el mundo: deslizamos a los costados para adelantar storys o hacia abajo para chequear posteos, mientras que un golpe taquigráfico sobre la imagen otorga corazones. Un corazón, nada menos, como decir “porque me gusta te doy entidad a través de mi dedo”. Bautismo que delata omnipotencia e impotencia en grados idénticos; omnipotencia porque suponemos que nuestro reconocimiento sería necesario; impotencia porque tocamos algo que deseamos pero el tacto se topa ante la frigidez de un cristal. Ese cristal, sin embargo, a largo plazo se transforma en el verdadero objeto del deseo, al punto de querer tocar la idea de estar tocando algo.

Ingame es el triunfo del tacto por encima del conocimiento. No deseamos instruirnos o demostrar nuestra erudición enciclopédica, porque al fin y al cabo jugamos en la intimidad y en el anonimato. Somos nosotros y el celular. Nada más. Con Ingame deseamos pinchar una verdad a través del dedo. Se trata, nada menos, que de la erotización del saber.

18 Diciembre 2018
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar