¿Y quién soy yo? (Primera parte)

Cultura y tecnología, por Darío Sandrone (Especial para HDC)

El problema de la identidad personal ha despertado la atención de los filósofos, al menos desde que un francés llamado René Descartes se planteara seriamente, en el siglo XVII, cómo estar seguro de que él era quien creía ser. Más aún ¿cómo sostener racionalmente que era alguien o algo, y no su propio sueño o, peor aún, el producto de la imaginación de alguien más? Resolver ese problema no ha sido una tarea simple, por el contrario, los filósofos que lo sucedieron, lejos de brindar soluciones definitivas, han procurado aumentar el grado de dificultad aportando derivaciones y anteponiendo nuevos obstáculos a su resolución.

Por su parte, el inglés John Locke, que escribió algunas décadas después que Descartes, pensó que la clave de la identidad se encuentra en la autoconciencia, en aquello que cada uno sabe que sabe de sí mismo. Por ejemplo, si mañana despertara en un cuerpo diferente al mío, sabría, sin embargo, que continúo siendo yo, a pesar de que los demás no me identifiquen ¿Por qué? Porque hay una serie de experiencias que he tenido en el pasado, y hay algo en mí que ha experimentado esas experiencias y que continúa siendo, a pesar de los cambios en mis circunstancias físicas. A ese algo, bien podríamos llamarlo “yo”.

Leibniz, un filósofo alemán que vivió en la época de Locke, pensaba de manera similar, pero equiparó la autoconciencia con la memoria. Planteó el siguiente argumento: imagina que llegas a ser emperador de China, pero justo en ese momento se borran todos tus recuerdos del pasado. ¿Sería legítimo decir que llegaste a ser emperador de China o deberías decir que dejaste de existir cuando comenzó a hacerlo el nuevo emperador? Desde ese punto de vista, la memoria está en la base de la identidad, principio que, como sabemos, no sólo tiene un costado psicológico y metafísico, sino también uno jurídico y político, que no abordaremos aquí.

Vale decir, sin embargo, que no todos los filósofos modernos eran tan optimistas con relación a las garantías que el autoconocimiento y la memoria nos ofrecen para preservar nuestra identidad. David Hume, un filósofo inglés que escribió en el siglo XVIII, encontró un problema en ese tipo de argumentos: el carácter no transitivo de la memoria. Podríamos explicarlo así: un joven posee recuerdos de cuando era niño, y eso le garantiza que es la misma persona a pesar de ser muy distinto. Lo mismo sucederá cuando sea un anciano, y tenga recuerdos de cuando era aquel joven. Pero es posible, pensaba Hume, que los años borren de la mente del anciano los recuerdos de su niñez, ¿significaría eso que no habría garantías concretas de que el anciano fue el niño porque no recuerda haberlo sido? Si nos atenemos al argumento de la memoria, ironizaba Hume, deberíamos aceptar esa consecuencia. Vale decir, además, que los estudios actuales sobre la memoria han dado más razones para la desconfianza humana, pues la “falsa memoria” parece ser un fenómeno propio del funcionamiento cerebral que transforma, modifica y resignifica recuerdos permanentemente y, por ende, modifica nuestra concepción de quienes somos o, al menos, de quienes hemos sido.

El estudio de los vínculos entre los estados mentales y el cerebro, como el que acabamos de mencionar, llevaron a los filósofos del siglo XX a reformular aquellos viejos problemas, sumando, además, como un ingrediente novedoso, los nuevos escenarios posibles que ofrecen las intervenciones quirúrgicas. Hace casi 30 años, por ejemplo, el filósofo estadounidense John Searle planteó algunos dilemas en este sentido. Supongamos, nos dice Searle, que el trasplante de cerebros se convierta en una posibilidad real. En primera instancia, eso no implicaría necesariamente un riesgo a la identidad de las personas, pues a pesar de que mi cerebro fuera colocado en otro cuerpo, yo aún sabría que soy yo, porque en él conservo todos mis recuerdos, o al menos buena parte de ellos.

Sin embargo, Searle agregó una complicación. Imaginemos que todos mis recuerdos pudieran almacenarse en un hemisferio de mi cerebro, duplicarse, y almacenarse, posteriormente, en la otra mitad también. Luego, imaginemos que un habilidoso cirujano corta por el medio a mi cerebro y coloca cada uno de los hemisferios en dos cuerpos distintos. La escena sería digna de la más bizarra película de ciencia ficción: dos camillas, dos cuerpos recién intervenidos, dormidos aún por la anestesia, en cuyas cabezas cada uno alberga una mitad de mi cerebro, en cada una de las cuales, a su vez, se alojan todos mis recuerdos, mis ideas, mis experiencias, mis saberes, mis afectos, mis expectativas y mis desilusiones. Al despertar, ¿cuál de los dos personajes resultantes sentiría que soy yo? Aunque sea una sensación difícil de imaginar, ambos creerían ser yo y, de hecho, si aceptamos el argumento de la memoria, ambos tendrían razón. Mejor dicho, ambos tendríamos razón.

16 Enero 2019
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