En la escuela y en donde sea

Cultura y tecnología, por Darío Sandrone (Especial para HDC)

I
La vida en las aulas ha sufrido cambios radicales en los últimos años: los mensajes entre smartphones han reemplazado a los papelitos escritos que circulaban a espaldas del docente; Wikipedia ha destronado a los manuales como fuente de información válida; el “cortar y pegar” ha sustituido las transcripciones del libro al trabajo práctico; se ha delegado a la cámara del celular la tarea de copiar manualmente del pizarrón y la foto digital ha decretado la muerte del “profe, no borre que no terminé”; las redes sociales, por otra parte, se han instituido como un espacio híbrido que borra el “adentro” y el “afuera” del colegio y congrega en un mismo ámbito a alumnos y alumnas de colegios distantes, separados por calles y barrios que ya no separan nada. Las nuevas tecnologías se han propagado en la escuela de un modo tan vertiginoso y generalizado que los docentes aún estamos desorientados frente a estos nuevos cambios y el titubeo es la regla general a la hora de tomar posición. Las salas de profesores se presentan como foros cotidianos de discusión que reúnen, alrededor del café o el mate, a docentes que abogan por la restricción de cualquier dispositivo electrónico en el aula junto a quienes los defienden como un útil más, tan imprescindible como el cuaderno o el lápiz.

En medio del desconcierto, no han faltado filósofos que esgriman algunas reflexiones sobre irrupción de las nuevas tecnologías en los ámbitos de estudio. Uno de ellos, por ejemplo, escribió: “Esta nueva técnica producirá el olvido en las almas de quienes aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde afuera, a través de caracteres ajenos, no desde ellos mismos y por sí mismos… porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo al contario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes y se convertirán en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”. Estas palabras, que podrían haberse dicho en los pasillos de cualquier escuela actual o, incluso, en algún congreso de pedagogía, sin embargo, fueron escritas por Platón en el Fedro, hace más de dos mil seiscientos años, refiriéndose a una nueva tecnología de su época: la escritura. En aquel tiempo, el texto escrito desplazaba al diálogo cara a cara entre el alumno y el maestro como forma principal de transmisión de conocimiento y Platón veía en eso una amenaza al aprendizaje, pues cuando el alumno pregunta algo el texto “le responde siempre lo mismo”.


II

Gilbert Simondon fue un filósofo francés que realizó sus principales aportes en la década de 1950 y que también daba clases en la secundaria. En ese momento de posguerra, despegó otra transición tecnológica y Simondon quiso incorporarla a sus clases de Filosofía. La manera que lo hizo fue un poco, digamos… heterodoxa. En 1953 implementó en sus clases lo que él llamaba la “reconstitución de la enseñanza” introduciendo una experiencia de iniciación en la técnica con sus alumnos del quinto año del liceo “Descartes de Tours” (que equivaldría en Argentina al segundo año del secundario). Llevaba a sus alumnos (repito, ¡de Filosofía!) que no contaban con más de trece años, al taller de la escuela, donde armaban motores y manipulaban radares. Cuando divulgó la experiencia en la prestigiosa revista de pedagogía Les Cahiers Pedagógiques, recibió muchas críticas y generó un extenso debate en esa publicación. Una de las principales objeciones, obviamente, fue que exponía a alumnos pequeños a aparatos delicados y peligrosos. Simondon elaboró una extensa respuesta que podemos sintetizar en el siguiente fragmento: “Puse voluntariamente en manos de mis alumnos aparatos delicados y peligrosos; un aparato difiere del juguete como la vida difiere del juego; la vida es algo frágil y peligroso; exige una atención y un esfuerzo permanente.

El valor pedagógico de la manipulación de una máquina reside a que apela a un estado adulto, es decir, serio, atento, reflexivo y valiente”. Para Simondon, solo la comprensión del funcionamiento de las máquinas permite dominar el temor y disminuye el peligro que existe en ellas: “es la ignorancia la que genera el miedo, porque lo esconde”, afirmaba, a la vez que sostenía que un aparato es más peligroso en las manos de un adulto que lo desconoce, que en las de un niño que sabe cómo funciona. Pero, tal vez, el aporte más importante que Simondon encontró en este método, era que la indagación de la tecnología, además de un fin en sí mismo, es un medio para enseñar todo aquello que no es tecnología, porque cuando el alumno toma consciencia de lo que es un ser técnico “entiende que en la máquina está la historia humana depositada, y experimenta en ella la presencia del mundo”.


III

Los actuales debates en torno a la irrupción de nuevas tecnologías en la escuela están lejos de saldarse, pero para dar un paso adelante es necesario, precisamente, comprender que no tienen nada de actuales. Tampoco son novedosas (valga el ejemplo de Platón) las posturas que ven en las nuevas tecnologías una amenaza que se cierne sobre los alumnos y las alumnas, a quienes supuestamente hay que proteger y entrenar en un conocimiento genuino, puramente humano, que venga de ellos y ellas, y no de afuera, de lo no-humano. Por otro lado, aunque más reciente, tampoco es nueva la postura de quienes ven en las nuevas tecnologías el reflejo del mundo, de la época, de la historia, de la política y de la sociedad: en un celular lleno de aplicaciones puede verse el mapa de la organización socioeconómica actual y la estrategia de los poderes dominantes para acumular ganancia.

El hecho de que exista un riesgo permanente de enajenación de los alumnos bajo la órbita de los dispositivos electrónicos que proliferan a su alrededor, indica que vivimos en un mundo en el que las corporaciones poseen el poder de generar productos tecnológicos diseñados para ello, que vienen acompañados de una retórica tramposa: la figura del “nativo digital” es un eufemismo con el que se intenta dar forma a un cliente perfecto, entrenado en el consumo acrítico de “aparatitos”. Frente a ello, antes que “nativos” que naturalicen la tecnología de su época, conviene formar “forasteros digitales”, que las miren con ojos extraños y que nunca dejen de sorprenderse. Para llevar adelante esa tarea, como pensaba Simondon, el miedo a la tecnología es la peor de las pasiones, la más funcional al statu quo de nuestra época, y siempre acarreará más desconocimiento del fenómeno y, por lo tanto, más prejuicios. En nuestros días, entonces, no estaría mal enseñar y aprender junto a un robot desarmado. En la escuela y en donde sea.

16 Agosto 2018
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