Es el marco, estúpido

Cultura y tecnología | Por Darío Sandrone

I
Hace unas semanas, el mundo se sorprendía cuando una pintura de Banksy, uno de los artistas callejeros más famosos del mundo, era destrozada por su propio marco en el salón donde acababa de ser subastada por un millón y medio de dólares. Como luego mostró en un video, el propio artista había construido un mecanismo para triturar el lienzo y lo había ocultado en el marco “por si acaso alguna vez sale a subasta”. Ese momento por fin había llegado y mientras el marco/triturador accionado a distancia aún devoraba el lienzo que colgaba de su parte inferior, en su cuenta de Instagram, Banksy posteaba “Going, going, gone [ahí va, ahí va, ahí fue]”.

II
Este hecho nos recuerda al libro escrito por Ernst Gombrich hace cuarenta años, titulado “El sentido del orden”. Allí, el historiador del arte de origen austríaco presentó un enfoque novedoso para pensar nuestra cultura, al desplazar la atención de la obra de arte al marco donde es exhibida. Gombrich planteó que cuando un marco es apropiado simplemente no lo vemos, porque nos presenta adecuadamente y sin problemas aquello que enmarca y sobre lo que fijamos nuestra atención. Sin embargo, cuando el marco es inadecuado (por ejemplo, un marco dorado barroco para un Picasso) repentinamente nos damos cuenta de que hay un marco. Es en ese momento donde deja de cumplir su función (ser invisible) y donde la obra queda afectada.

No obstante, el marco del lienzo es solo el más inmediato. El propio museo es un marco más general que nos advierte que vamos a ver algo valioso desde el punto de vista artístico o cultural. Incluso la misma noción de “arte”, definida por distintas instituciones, es un marco que predispone psicológicamente a las personas para apreciar con particular respeto ese objeto que cuelga de la pared e incluso para pagar por verlo. Es el marco, más que cualquier rasgo de la obra de arte, lo que provoca la respuesta especial que le damos.

Eso ya lo había descubierto Marcel Duchamp, cuando en 1917 expuso un mingitorio en la Sociedad de Artistas Independientes de New York. Luego, en 1964, Andy Warhol colocó cajas de jabón Brillo en una exposición de la misma ciudad. En ambos casos, no fueron las obras las extravagantes, pues se trataban de objetos mundanos con los que nos encontramos a menudo. Eran, en cambio, los marcos los que estaban fuera de lugar; en ellos se fijaba la atención, se volvían insoportablemente visibles.

III
Existen dos marcos apropiados para un partido entre Boca y River: La Bombonera y El Monumental. A diferencia de lo que muchos creen, estos dos marcos son los únicos que cumplen su función en un superclásico: se vuelven invisibles. Uno escucha los cánticos y los murmullos sin oírlos; mira los hinchas, el alambrado, los bancos de suplentes, los colores en las tribunas y en las banderas, sin verlos. Uno ve el partido porque no ve el marco, y no lo ve porque encuadra de manera natural a este espectáculo específico que llamamos superclásico argentino de fútbol. Pero no se trata solo de los estadios: el territorio, las costumbres, la idiosincrasia, las comidas, la peregrinación desde el interior del país, las multitudes en los alrededores, el encuentro. Todo eso y más hace falta para que no veamos el marco.

El sábado 24 de noviembre, cuando unos simpatizantes de River apedrearon el micro de Boca e hirieron a los jugadores, el marco mostró una fisura y entonces se hizo visible (insoportablemente visible). Más aún, como en la obra de Banksy, el marco destrozó lo que enmarcaba, con un mecanismo triturador que dirigentes y comunicadores han construido durante años, al menos, con negligencia.

La solución no fue reparar el marco, sino reemplazarlo. El partido se jugó en el Santiago Bernabéu, en Madrid. Los jugadores en la cancha parecían 22 cajas de jabón Brillo en un museo. Todos nos preguntamos qué hacían allí. El marco madrileño, frío y ajeno, no pasó desapercibido y, por eso mismo, afectó lo que enmarcaba, aquello que los latinoamericanos llamamos Final de Libertadores. Eso queríamos ver, pero no pudimos ver eso.

Tampoco pudimos reconocer a un verdadero superclásico argentino en eso que vimos. Más bien fue algo parecido a los partidos de verano que suelen jugarse en canchas neutrales. En esas ocasiones, marcos extraños como los estadios mundialistas de Córdoba, Mar del Plata o Mendoza, atestados de turistas desdeñosos, nos advierten que no se trata de un verdadero clásico, el cual solo se exhibe en alguno de sus marcos genuinos de La Boca o Núñez, sino de una réplica, una imitación de los clásicos reales. Algo así se vio en Madrid, como ya lo había asegurado unos días antes del partido el ex artista y actual crítico de arte, Juan Román Riquelme, quien advirtió que veríamos “el amistoso más caro de la historia”.

IV
El partido salió a subasta y se lo quedó el mejor postor. Se exhibió así una réplica del superclásico argentino para el “educado” público europeo. Seguramente, en la tarde del domingo, mientras el marco madrileño aún trituraba lo que queda de nuestro fútbol, algún hincha en un barrio o en un pueblo argentino habrá agradecido el fin de este humillante episodio, más allá de la tristeza o la alegría por el resultado. Quizá, en el último segundo del partido, también murmuró aliviado: “Ahí va, ahí va, ahí fue”.

11 Diciembre 2018
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