Notas sobre la (in)materialidad

Cultura y tecnología | Por Darío Sandrone

I
Hace casi 35 años, salía a la luz “Chica material”. La canción de Madonna se convirtió en uno de los íconos musicales de los ochenta y expuso una forma de mirar la vida que hasta ese entonces más bien se reconocía con cierto pudor. “Vivimos en un mundo material y yo soy una chica material”, sonaba en todos lados. Lejos de explorar las consecuencias filosóficas de reducir el mundo a su dimensión material, la canción enfatiza la forma más común y mundana de entender la materialidad del mundo, como la acumulación de objetos lujosos y riqueza monetaria, “porque el chico que tenga mucho dinero, siempre será Don Indicado”.

II
Ciertas posturas filosóficas como muchas religiones suelen rechazar la mirada materialista del mundo. No solo el platonismo, desde el fondo mismo de nuestra cultura, caracterizó al mundo material como una cárcel engañosa de la que hay que huir hacia el mundo de las ideas para ser libre. Religiones como el hinduismo, por ejemplo, proclaman la naturaleza ilusoria del mundo material y alientan a omitir el placer que producen los objetos, porque el fin de la vida es trascender ese mundo de cosas y sensaciones. Trascender el mundo material es también un imperativo del cristianismo, sintetizado tal vez en aquello de que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”. En estas concepciones, la reducción a lo material es criticada por componer una mirada empobrecedora e incompleta del mundo, que ignora la existencia de realidades inmateriales (aunque no por eso menos reales, según estos puntos de vista), como las ideas, el alma o Dios.

III
Por el contrario, el materialismo, entendido en un sentido más sofisticado que la canción de Madonna, se propone mostrar que la humanidad no es otra cosa que lo que hace con el entorno material que la rodea, del que además es parte. El ser humano es el ser que cocina, que diseña edificios, que usa muebles, que se viste, que calza, que escribe, que cura con medicinas sintéticas. Todas estas actividades suponen una transformación material del entorno: modificar la química de los alimentos, darle forma a la madera de los árboles, tejer el pelaje de los animales, combinar químicos elementales... Somos, entonces, el producto de nuestra propia capacidad de modificar la materia, de producir cosas, entre las cuales estamos nosotros mismos.

Posiblemente, el marxismo fue la primera filosofía que extrajo consecuencias políticas de esa postura. Justamente, como para Marx vivimos en un mundo material y somos chicas y chicos materiales, nos definimos en buena medida por la relación que mantenemos con nuestras producciones. En este sentido, una de las contradicciones que arrastra el capitalismo es que los trabajadores terminan excluidos de buena parte del mundo material que ellos mismos producen. El pobre se define precisamente como aquel a quien le es negada esa existencia material, aquel que no puede transformarse a lo largo de su vida porque no puede transformar ni mejorar las cosas que lo rodean.

Sin embargo, algunas miradas recientes han llamado la atención sobre la manera en que el capitalismo ha mutado hacia la acumulación de bienes inmateriales. El filósofo italiano “Bifo” Berardi, por ejemplo, llama semiocapitalismo al modo de producción actual, en el que además de acumular bienes materiales, acumulamos signos (prestigio, carisma, elegancia, moda) que utilizamos en el mundo del trabajo, a la par de la fuerza laboral, para influir sobre la atención e imaginación de las personas y así obtener beneficios económicos y sociales. El mundo virtual cumple un rol fundamental en esta nueva forma económica: tener seguidores en las redes es un capital que en muchos casos garantiza un mejor pasar que algún tipo de oficio o profesión.

IV
Si aceptamos la tesis de Berardi, podríamos pensar al “influencer” como la figura paradigmática del semiocapitalismo. Posiblemente, si Madonna hoy tuviera 20 años sería una de ellos y compondría “chica virtual”. Cierta forma del desparpajo en nuestros días consiste en disfrutar sin culpas de una existencia virtual en la que podemos transitar sin las dificultades de un mundo de cuerpos y edificios. Pero ¿significa eso que el mundo se está volviendo inmaterial?

El famoso antropólogo Daniel Miller se opone a esa conclusión. Más bien propone lo contrario. En uno de sus últimos trabajos afirmó: “cuanto más llega la humanidad a la conceptualización de lo inmaterial, más importante es la forma específica de su materialización”. Cuanto más lejos de nuestra comprensión está Dios, más importantes son los templos, los libros, los ritos. Cuanto más abstracto se torna nuestro sistema financiero, más importantes son los bancos, los cajeros, las tarjetas de plástico. Cuanto más incorpórea se vuelve nuestra comunicación, más importante es la gran masa de aparatos de las que nos valemos para interactuar con otros. Cuanto más virtuales nos volvemos, cuanto más comprendemos la inmaterialidad de nuestras identidades y nuestros vínculos, mayor cantidad de máquinas, cables, servidores, artefactos y energía necesitamos. Cuanto más inmaterial, más materialidad. En definitiva, cuantos más bits en “la nube” se llenen con canciones de Madonna, más material será esa chica.

23 Enero 2019
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