El valor de juzgar

Cuaderno de bitácora | Por Nelson Specchia

Me ha tocado, en los últimos meses, dedicar varias horas diarias a una tarea que, a pesar de su densidad y carga de tiempo, es siempre muy grata: ser jurado en un concurso literario. Se ha escrito sobre ese rol tan particular, pero permanecen en una zona de relativa penumbra las modalidades, las discusiones y los acuerdos internos de esos grupos reducidos de escritores que en la soledad de sus sillones o de sus escritorios leen por obligación. Una práctica –la lectura literaria- que constituye su oficio por una sucesión de circunstancias, todas ligadas al placer y a la vocación y casi nunca a la obligación o a la rutina laboral. (Para éstas, como las posibilidades de vivir de cuentos, novelas o poemas son mínimas, los escritores deben apelar a un trabajo “en serio”, que asegure el ingreso que pagará los gastos: las más de las veces en tareas relacionadas a la enseñanza, tanto a la formal en los colegios y universidades como a la alternativa, vocacional, en los talleres de creatividad literaria).

Además, esa lectura obligatoria y solitaria debe ser equilibrada con otras miradas que lo están haciendo, en ese mismo momento, en otras geografías a veces para nada cercanas. En este último certamen en el que participé, para fallar el Premio Luis de Tejeda –el galardón literario que concede la Municipalidad de Córdoba, y que este año tocó en el género novela breve- hube de leer, en simultáneo, junto al novelista Jorge Felippa (que se encontraba, a la sazón, en Italia) y a la narradora Alejandra Laurencich, que reside en Buenos Aires.

Y un elemento más debe considerarse junto a estas lecturas sincrónicas pero distantes: la labor de selección comienza luego de que otro grupo de lectores -generalmente escritores jóvenes- ha actuado de prejurado, para separar un grupo reducido de novelas del total presentado a concurso. Esa labor (indispensable, porque de otra manera sería materialmente imposible abocarse a la lectura directa de todas las obras) también conforma una instancia de diálogo interno y una cadena de confianzas mutuas: los organizadores –que son los únicos en contacto con los datos biográficos reales de los autores participantes en el concurso- confían en el criterio de los prejurados para separar, de la totalidad, esa fracción mínima (generalmente de 10 o 15 obras); los jurados confían que entre las descartadas no habrá quedado la obra que hubieran querido premiar; y finalmente todos confían en que los jurados habrán leído y juzgado con imparcialidad, buen criterio, ecuanimidad y solvencia, ya que la objetividad científica es inaplicable en el canon literario. Esta ruta crítica, que puede aparecer como relativamente simple y llana, está en realidad llena de suspicacias, baches y desconfianzas de todo tipo, en una escala directamente proporcional a la cuantía económica que comporte el premio y a la repercusión que el premiado tenga en la industria editorial. Una industria que mueve millones y que tiene, en el vértice de la pirámide, a los grandes premios españoles: el Planeta (más de medio millón de euros, el mejor dotado económicamente después del Nobel); el Anagrama; el Biblioteca Breve; el Alfaguara.

Que los grandes premios eran en realidad estrategias de marketing de los propios sellos editoriales era un secreto a voces que rodaba por el mundo de la cultura, hasta que dos escritores muy respetados e insospechables decidieron revelar los tejemanejes de la manipulación: Miguel Delibes hizo la denuncia concreta (le ofrecieron presentarse, asegurándole que ganaría el premio Planeta), y el inmenso Juan Marsé, cuando le tocó ser jurado, ratificó las presiones y reveló el mecanismo: la trampa está en los prejurados. Si se seleccionan nueve novelas muy malas y una décima buena, entonces obviamente el jurado elegirá la décima; la trampita está en haberla enviado junto a otras claramente descartables. Juan Marsé dio un portazo y renunció al jurado. En una de sus últimas entrevistas, la agente literaria crucial en la generación del “boom” latinoamericano, Carmen Balcells, que tuvo en su cartera de representados a seis premios Nobel, confirmó aquello que había sido un secreto a voces durante tantos años: los grandes premios comerciales están amañados y son en realidad estrategias de marketing de las editoriales.

Y si bien en España el tema, por vacío legal, no ha llegado a instancias judiciales, sí en nuestro país. No debe olvidarse el triste caso de Ricardo Piglia y la sentencia de 2005. Piglia siempre sostuvo que él desconocía el fraude, pero la justicia condenó a que su agente y la editorial Planeta pagaran un resarcimiento de 10.000 dólares a Gustavo Nielsen, al concluir que el premio a Piglia por “Plata quemada” había estado pactado.

¿Qué queda, entonces? A mi criterio, dos conclusiones: mirar con detenimiento el tamaño y no confiar en premios que impliquen mucho dinero. “Lo pequeño es hermoso”, como sostenía Ernst Friedrich Schumacher: sólo un jurado cercano puede asegurar independencia. Y los premios deberían servir para orientar a los lectores, no para engrosar cuentas bancarias. Los franceses lo entendieron: el Goncourt, el más prestigioso galardón literario de toda la francofonía, tiene una dotación económica de 10 euros.

07 Diciembre 2018
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar