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La calle anda diciendo



Dos Ferraris y un sangüichito de bondiola

Tengo cuatro libros enfrente. Uno, el más conocido, el hijo, se llamó León Ferrari. Él, el León, creó a lo largo de su vida una mítica obra plástica, la más fuerte y bella que haya realizado un argentino 

OTRO DÍA EN EL PARAÍSO

Federico Racca

Especial para HDC

Hoy viajaremos, pero antes debo contarles una historia. Tengo cuatro libros enfrente. Tratan sobre la vida de dos hombres, padre e hijo. Uno, el más conocido, el hijo, se llamó León Ferrari. Él, el León, creó a lo largo de su vida una mítica obra plástica, la más fuerte y bella que haya realizado un argentino. Se trata de un Jesús crucificado en un bombardero, el mismo fue expuesto durante la Guerra de Vietnam llamándose “La civilización occidental y cristiana”. León despertó polémicas durante su vida entera. Su visión se sitúa -para hacerlo sencillo- en oposición a aquella calcomanía que la dictadura lanzó durante el Mundial del 78: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Durante su vida puso en tela de juicio las instituciones más sagradas de los argentinos y la cultura occidental: patria, familia e iglesia. León utilizará imágenes de santitos y vírgenes a las que rayará como si fueran queso, luego las licuará y por último freirá en un viejo y quemado sartén. También León hizo bellas esculturas en alambre y plástico, grafismos que juegan entre alfabetos y obras abstractas. Utilizó el ready made, es decir objetos ya existentes que se convierten en arte por su intervención; piensen en el ready made más famoso, el mingitorio que compra Duschamps en una ferretería y al que presenta en un museo con el nombre de “La Fuente”, en un juego para reírse del mundo del arte, para ponerlo en cuestión.

De niño, León, seguía a su padre y a su madre. Eran una pareja de mentalidad avanzada para la época. Augusto, el padre, era mucho mayor que su madre. En uno de los libros puedo verlos desnudos riendo, en poses de amor romántico y junto a una modelo. Augusto fue un arquitecto brillante que dejó infinidad de construcciones en Italia y Argentina. Pintó frescos, óleos, escribió libros. Fue de los primeros en utilizar el hormigón de forma decorativa dejándonos la Iglesia de los Capuchinos, ese ícono de nuestra ciudad.

Lo que les propongo es un viaje de descubrimiento y placer siguiendo la arquitectura de Augusto Ferrari. De él pueden participar padres junto a sus hijos, novios y novias, amantes o simplemente amigos. Son varias las opciones de movilidad: auto, moto, colectivo y, para los más osados, bici aunque también sirven los rollers. Si las finanzas están cortas en estas épocas de inflación galopante y boludo discurso político, pueden cargar la vieja canasta de mimbre de la abuela y sólo para pensar en algo que les guste: sangüichitos de bondiola con mayonesa, lechuga y tomate en pancitos de viena. Un chocolate aireado para el postre y por qué no la famosa Pritty limón en botella –obviamente. 

El viaje tiene que comenzar tempranito en los Capuchinos, mirando esos cielos pintados por Augusto –algunos dicen que su pequeño hijo metía también el pincel por ahí. Disfrutaremos de las columnatas que son como un sello de las obras de Ferrari. Después partiremos hacia Villa Allende y siguiendo con la parte religiosa visitaremos la iglesia del pueblo. Observarán que es muy luminosa y comenzarán a ver los gestos de Ferrari que se repiten en cada obra. Allí pueden hacer el primer stop y sentarse bajo los árboles de la plaza Belgrano que está frente a la iglesia, degustar sangüichito y trago de Pritty. Si han viajado en auto o moto la recomendación es que estacionen y partan a pie hacia el norte por la avenida Del Carmen, caminarán tres cuadras, antes de llegar al anfiteatro encontrarán, a izquierda y derecha dos casas construidas por Augusto y donde la familia Ferrari vivió. Luego, seguirán río abajo una cuadra y media aproximadamente, hasta toparse con un puentecito peatonal de metal. Del otro lado del río verán –abandonada- otra casa hecha por Augusto. Fíjense en la mesa y las sillas de hormigón que cubren la larga galería, si entre los lectores hay alguien de billetera gorda se recomienda que la utilice: compre y restaure esta maravilla, será recompensado.  

Para terminar partiremos rumbo a Agua de Oro comiendo sangüichitos, si es que aún le queda alguno, y buscaremos un restaurante muy hermoso llamado San Leonardo. Verán la construcción, se maravillarán del lugar creado por Augusto para una orden de católicos ortodoxos; disfrutarán del parque, del ruido de las hojas de enormes eucaliptos. Podrán ver el arroyo cristalino dando saltos y la marrón curucucha cantando, perdiéndose entre los jazmines amarillos en flor....  

 
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