Otro cuento de Navidad

Ecos de mañana | Por Alejandro Jallaza

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1

La luz fue repentina, blanca y aguda. Lastimaba los ojos. Pasó un par de veces y después se desvaneció. Todas las lámparas parpadearon. Minutos antes salía la música de las casas vecinas y ahora un silencio solemne. Como si algo único o sobrenatural hubiera pasado.
El primero que reaccionó fui yo (es difícil impresionarme por demasiado tiempo).
Aproveché para cambiar el CD, un espanto de los que hacía gala el Luppo. Todos acordábamos de que en la intimidad ni los escuchaba, solo los desempolvaba para afligirnos a nosotros.
Por unos segundos nadie habló. Miré al Zorzal. Tenía los ojos entornados, cómo lastimados, por la luz o por el humo del cigarrillo en la mano derecha.
–¿Qué fue eso? –dijo el Gran Cheto, el más activo de nosotros; el encargado del asador.
Nadie tenía una respuesta, pero no nos privamos de conjeturar. Imposible diferenciar los participantes en el diálogo.
–Alguien con una linterna.
–¿Pero con una luz tan fuerte?
–Y bueno. Es Navidad.
–¿Y qué tiene que ver eso?
–Que tiene que ser un poco más espectacular. ¡Tiene que ganarle a Papá Noel, jejejeje!
–¿Se acuerdan, chavales, cuando hicieron el corto con éste disfrazado de Papá Noel?
–Para INRI del Vasco, aún lo tengo. No estaba taaaaaaaaan mal.
–Vos porque estabas disfrazado; yo era el que ponía la cara.
–Bueno… a tu manera estabas disfrazado... de madera, jejejejeje.
–Sí. Debió ser una versión navideña de Pinocho más bien, jejejejejeje.
–Nunca se cansan de esas huevadas,¿no?
–Difícil mi’jito.
–¿Y si era un helicóptero?
–No, las luces eran bajas; casi que estaban paralelas a nosotros.
–...podemos ir a ver.
–El silencio cayó como un hacha. Estábamos sentados en semicírculo en una variedad de sillas y reposeras en la parte de atrás de la cabaña del Duque, mirando las luces del pueblito abajo y las de otras casas dispersas por la ladera de la sierra.
–Todos tomaban whisky, yo solo gaseosa. El alcohol era uno de mis dragones dormidos. Estábamos cómodos. Nadie tenía ganas de moverse.
–No, mejor no –dijo el Luppo– ¿tampoco debe tener tanto misterio,no? Un boludo que quiere hacerse el maravilloso con la familia.
–Nos quedemos aquí, que está bueno. Che, ¿qué podemos comer?
El hambre empezaba a hacer sentir su tiranía.
En eso golpearon a la puerta. Repetidamente, como con un martillo.

2
No recuerdo si fuimos juntos con el Vasco o nos encontramos ya en la puerta.
Si recuerdo que fue un caos salir de la ciudad. Todo el mundo parecía querer llegar a algún lado, en lo posible rápido.
Tenía su explicación: era Nochebuena. Todos trataban de juntarse.
También yo, aunque me costó lo mío poder concretarlo. Peliagudas negociaciones con mi esposa.
Pero aquí estaba. Tocando a la puerta de una cabaña de las Sierras Chicas, a 70 kms de la capital.
Atendió el Duque. Abrió los ojos como platos al vernos; era obvio que no nos esperaba.
–No quiero saber que tuvieron que prometer para poder venir.
Llevaba un sombrero tipo Indiana Jones, pantalones cortos y Crocs; de las primeras que se veían. Un efecto devastador que solo él podía sobrellevar sin parecer André Bretón o disfrazado.
Llamó a los gritos a los otros. Que también gritaron y nos abrazaron e incluso nos aporrearon, a pesar de ser, en promedio, poco dados a las efusividades.
Estábamos casi todos: el Gran Cheto, el Luppo, el Duque, el Vasco y el Zorzal, que era mujer, muy hermosa. Y yo, que no me llamaré por el apodo pero lo tenía. Faltaba Lennie, aunque había prometido pasar. Vivía en el mismo pueblo, a unos kilómetros de la cabaña del Duque

3
–Anda a abrir vos. Estás más cerca.
–Todos estamos, salvo milímetros, a la misma distancia. Así que… –y no dijo más nada, dando por bueno el argumento.
–Duqueeee, andá vos. Es tu casa.
Abrió la puerta. En el interín alguien cambió la música de nuevo.
El Cheto, el Gran Cheto avisó que ya había algo para picar. Trajo unas tiritas de carne. Aclaró que lo comiéramos con bastante pan, primer signo de que algo no iba bien.
El Duque volvió a entrar. Anunció.
–Che, era un grupo de vecinos….
–…¿Querían cantar villancicos?
–No, huevones. Atiendan que no es moco de pavo. ¿Se acuerdan la luz de recién? Bueno, parece que es una nave extraterrestre. Si. extra- te-rres-tre. No pongan cara de tonto. Si me entendieron. Dicen que es histórico. Es la primera vez que pasa en la Argentina. Parece que bajaron algunos aliens.
–¿Y vienen en son de paz?
–No saben aún. El Ejército está viniendo para acá. Los vecinos se han organizado. Están rastrillando la zona. Estaban armados.
–Se van a perder el brindis.- apuntó el Zorzal, siempre empática.
–¡Y eso que importa! ¡Se dan cuenta! ¡Aliens en mi casa!
–Técnicamente no en tu casa. Aún. Por ahora en Córdoba. ¿Y que querían? Resumiendo, si se puede.
–Que estuviéramos alertas, que cerremos todo y que avisemos cualquier cosa. Me dejaron un teléfono de contacto.
Se abrió la puerta de calle y asomó la cabeza ruluda de Lenine. Años que no lo veía. No perdió el tiempo. Sin entrar anuncio, como si diera una conferencia de prensa.
–Buenas. Todo el pueblo está en esto. Me voy con ellos, a rastrear un rato. Llevo cámara y llevo flash. Mirá si logro una buena foto. Los mantengo informados. Hasta la victoria siempre.
Y se tocó el borde de una boina imaginaria. Quedamos todos en silencio.
–Mirá si se lo iba a perder- dijo alguien, con marcado rencor.
–Cagó el Uritorco- le oí murmurar al Luppo.

4
Que yo estuviese allí era una anacronía.
Esa Nochebuena tenía todo el aspecto de un refugio para náufragos.
Creo que la idea de reunirnos fue del Duque, el anfitrión. A todos nos mandó una coqueta invitación a “La Navidad del Círculo de la Serpiente”
Nunca había sucedido. Pero ese año estábamos todos.
Pocos pasaban un buen momento. Entonces la idea de juntarse era buscar calor conocido y amable.
Tanto el Cheto como el Lupo se habían separado recientemente y aún no se recuperaban, cada uno a su manera.
El Zorzal, pobre, también. Luego de la enésima apuesta con un buen tipo el nabo la engañó. Si bien estaba incluida en la lista de los devastados lo hacía con una elegancia que no permitía saber cuán mal la pasaba.
El Duque creo que no sufría por nada específico.
La contraparte la formábamos el Vasco y yo, no necesariamente felices, no necesariamente faltos de desesperación; pero con familia constituida. Yo iba para trece años en leve ascenso. Teníamos un hijo.
El Lupo pronosticaba que, desde su perspectiva, para ninguno habría milagro de Navidad.

5
Estábamos nuevamente en silencio. Impecables. Todos en reposeras, mirando para el lado del pueblo. Desde esa altura se veían con facilidad los fuegos artificiales. Muy pocos Muy aislados. Más que una celebración parecían bengalas de auxilio.
Nosotros no habíamos comprado ni uno. El único aporte lumínico eran los cigarrillos individuales y unas velas aromáticas.
Temprano todos habíamos dado un estado de situación respetando una regla antigua, tácita y nunca derogada: podrías contar cualquier cosa a condición de que emplearas suficiente gracia y amabilidad en el relato. En cuanto pudieras con esas nada simples características tenías derecho a usar el tiempo que quisieras.
De repente, abajo nuestro, donde estaba el monte, los yuyos se movieron. Violentamente.
–¿Se fijaron? –dije. Nadie contestó.
–Un puma –arrancó el Duque.
–O más bien un perro, O varios perros –atajó alguien.
Los yuyos se sacudieron más, como si algo estuviera enredado.
–¿Alguno de los vecinos rastreadores?
–Y….. no les estaría mal empleado. No los ayudemos hasta mañana.
Hubo acuerdo.
Una pequeña explosión. Muy muy pequeña. Los yuyos cedieron. Y apareció la criatura.
Y luego dos más. No parecían huir ni estar asustados. Verdes, sin orejas visibles. Ojos grandes, altura de un humano. Nos miraron.
–¡Rápido! Alguien que le saqué una foto. ¿Tenés el celu?
–No, está adentro.
–¡Y anda a buscarlo!
–No. Estoy muy borracho.
–Son marcianos. ¿O disfrazados?
–Marcianos en el sentido estricto de la palabra seguro que no. Porque en Marte no hay vida.
–¡Dale Vasco! Menos precisiones de Muy Interesante y sacales una foto. ¡Nos hacemos ricos boludo!
–O anda a saludarlos. Vos, Cheto, que sos bueno para eso, proponeles un juego.
–¿Ni en un momento así se dejan de boludear? Deberíamos llamar a alguien.
–O quizás entrar. Guarecerse.
–Muy tarde. Ya estamos expuestos. Afrontemos lo que nos caiga.
–¡Lo que pasa es que vos no te querés mover! ¡Qué Buda sos!
–Che. ¿Y si intentamos comunicarnos?
–¿Entenderán nuestra lengua?
–Probá con un poema tuyo.
–Pero que gracioso sos, que gracioso.
Entonces un ruido súbito rajó la noche. Pasó por encima nuestro.
El Luppo saltó de la silleta, asustándonos a nosotros y a los marcianos.
–¡Eso es un FightingHawk!
Ante nuestra mirada conjunta de no entender, precisó.
–¡Es un avión de combate! ¡Un FightingHawk! ¡Inconfundible! Vi cientos de videos en Youtube. ¡Estoy seguro! Oi, oi. ¡Está dando la vuelta! Son cazabombarderos. Busca algo.
–¿Viste, Lupo? Y vos que renegabas de Papá Noel.
A todo esto los extraterrestres se habían formado en una especie de triángulo, de frente a nosotros sin mirarse. Alzaron la cabeza hacia la noche estrellada y cantaron.
Creí reconocer una canción de Antunes. Sonaba familiar. Se estiraron al máximo de sus largos cuellos, como elefantes tirándose agua en la espalda.
Fueron menos de diez segundos. Todos nos callamos. La canción se superpuso incluso al ruido del caza cruzando el cielo. Después se fueron, salieron por la puerta del costado hacia la calle.
Uno pasó a menos de dos metros mío.
Recité en voz baja “ibant obscuri sola sub nocte per umbram”.

6
Nadie se movió.
Renovamos los cigarrillos.
Oí que el Zorzal canturreaba algo. Parecía la canción de Antunes, pero no llegué a preguntarle.
De nuevo los yuyos se sacudieron y una multitud de vecinos armados, policías locales y bomberos apareció por el mismo lado donde habían venido los marcianos. Traían perros.
De nuevo ninguno reaccionó. Tampoco yo. “¿Por qué los bomberos?” pensé.
Algunos nos apuntaron con las linternas. También un par de armas. Se lo tomaban en serio, estaban viviendo una aventura. El Vasco se puso nervioso.
El Duque, como dueño de casa se levantó, se acercó a la multitud y señalándoles en la dirección equivocada dijo, con demasiado énfasis para mi gusto.
–Se fue por allá. Estaba herido.
Agradecieron y se fueron arengándose entre ellos, igual que los campesinos que quieren acabar con Frankenstein. Solo un par nos miraron con suspicacia, pues los perros tiraban para el otro lado, para el real. Pero el Duque les hizo ver que le pisaban los geranios.

7
–Lo voy a escribir –anuncié cuando entramos a la casa, un par de horas después.
Sorpresa de los sobrios. El Vasco pidió precisiones
–Sobre esta noche. Sobre esta Navidad. Viste que hay todo un género de cuentos de Navidad
–...Que fue lo menos navideño que recuerdo en mucho. Aclaro por si no se notó: ni un turrón tuvimos.
–¿Vos, cuento? Si sos más de la poesía.
–¡Te prohíbo que lo intentes en poesía!
–No pongas el acento en la parte humana, te va a salir una de Woody Allen, pero sin el humor del “geniecillo de Manhattan” –(irónico) – Además a quién le interesaría un cuento basado en nosotros.
–Es cierto. Ni a mis hijos se lo recomendaría. Especialmente a ellos no. Je, je, je, je, je.
–Capaz le dé una vuelta de tuerca. Capaz invente algo medio fantástico. Algo leve, sutil. Pero los pondría a ser interesantes, manga de desagradecidos. O capaz nos malogre a todos.
–Sutil como la flauta de Pan.
–Poneme “jejejeje” cuando me ría si escribís el cuento.
–A mí también.
–Pará. Pará. ¿Y cómo los va a diferenciar el lector? Uno va a tener que ser “jajaja” o “jijiji”.
–No les des bola Galla. Aclará que todos trasuntamos una “insondable soledad”.
–Insondable es muy serio.
–Bueno, profunda si querés. Pero ese es el punto. ¿No?
De distintas formas todos estuvieron de acuerdo.

Alejandro Jallaza

(Córdoba, 1970). (Córdoba, 1970). Ingeniero en Sistemas. Escribe la columna Libros rechazados, para Hoy Día Córdoba. Es integrante del Círculo de la Serpiente. En 2016, su texto Cuento con gata ganó una Mención en la Tercera Edición del Concurso de Narrativa Microrrelatos. Trabaja en una novela con título provisorio: El hombre que se parecía a Jack Sparrow. Tuvo un programa de radio llamado El otoño en Pekín.

Un grupo de amigos de mediana edad ven interrumpida su tradicional juntada de fin de año para terminar siendo testigos de lo asombroso, que luego dará paso a la digresión y el chiste, como un dragón que se ríe de sí mismo ante el espejo. El cruce entre el humor y lo fantástico es característico de los cuentos de Jallaza, en donde lo real se distorsiona para luego regresar a la digresión cotidiana mediante giros aireanos.

 

El audiocuento es una realización de “El Staff de Cuentos Criollos” 

@cuentoscriollos

 

07 Enero 2019
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