Mujer letargo

Ecos de mañana | Por Esteban Dilo

Escuchá Mujer letargo en su versión audiocuento

El olor de las tostadas anunciaba que era domingo por la mañana. Bajo ese marco siempre me despertaba de buen ánimo: sabía que cerca de ese aroma aguardaba mamá.
Ella, de espaldas, preparaba el desayuno en la mesada; de vez en cuando levantaba la vista para mirar por la ventana que tenía en frente. Los rayos del sol abrazaban el contorno de su cuerpo y dejaban a la vista las únicas motas de polvo que flotaban en el ambiente.

En la mesa, como un oasis olvidado, yacía el individual que había usado de niña. En los bordes se podían ver los garabatos hechos con lapicera, pequeños arbolitos azules con trazos bien apretados, como runas antiguas.

Nadie más iba a desayunar conmigo. Mamá todavía me daba la espalda.
Me costó hablar, pero lo hice. Mi voz, mejor dicho, mi vocecita, salió de mis labios y todo lo demás fue silencio, la habitación se llenó de nada, y nadie respondió.
Me paré, fui hasta donde estaba mamá. Mi cabeza apenas llegaba a la altura de su cadera. Las tostadas seguían en el fuego, pero no se quemaban. La cafetera dibujaba rulos de humo en el aire, siempre los mismos: una imagen grabada, cíclica.
Tenía miedo. No quería mirarla a los ojos. Abrí la canilla y me tiré agua fría en la cara.
Todo se rompió.

Me levanté sobresaltada. Me pasé la mano por la cara, creí que el agua había traspasado la realidad, pero el sudor de la pesadilla y las lágrimas me habían confundido. Los sueños que alguna vez me habían hecho feliz no eran más que simples pensamientos desordenados, frutos de una memoria selectiva, para evitar la realidad. Siempre pensaba que los buenos recuerdos me sacarían del orfanato. Sabía que esa forma era la única manera de sobrevivir: mi mamá muerta; padre solo era una palabra más; y yo, esa niña que adoraba los domingos, me había diluido con el paso del tiempo, desgastándome hasta dejar el corazón a la vista de todos.

El Nogal era el orfanato más grande de la ciudad y, como el nombre lo dice, tenía un gran nogal en el patio trasero. Los primeros días las paredes me acobijaron cuando la soledad me vaciaba; durante los últimos años, cuando me despertaba, sentía la presión del edificio completo. El desgaste de esperar una nueva familia hacía de la esperanza un peso constante.
No quería recordar más.

Con el tiempo aprendí a ver el lado bueno de las cosas. Lo primero que había hecho había sido eliminar de mi cabeza el por lo menos, esa frase encabezaba las cosas más complicadas, con ella se perdía el tiempo, y perder el tiempo en un orfanato era como meter una jaula pequeña dentro de otra más grande.

Yo era la más grande. La reja del frente nunca se abría para salir, las únicas veces que se escuchaba el chirrido de las bisagras era para recibir a los futuros padres adoptivos. La mayoría de las veces, sus caras largas eran una guillotina de posibilidades. Durante todo ese ritual, porque no era más que eso, las ventanas se empañaban con las respiraciones que se pegaban a los vidrios; era cuestión de ver unos jóvenes tomados de la mano y todo era un cotorreo. Se peinaban, se cepillaban los dientes y se sentaban cada una en la punta de sus camas. Yo aprovechaba a estar sola en el parque.

Los viernes desayunábamos debajo del Nogal. Era el único momento en el que la Hermana Catalina, encargada del lugar, nos leía, la mayoría de las veces eran versículos de la Biblia.
—Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. —leía la Hermana.
—No entiendo, si morimos como él dice, ¿dónde vamos a vivir? —pregunté y las demás se rieron.
—Se refiere a ser parte de Él.
—Entonces si muero, soy parte de él y dónde estaría yo… ¿en todos lados? —Las risas se transformaron en carcajadas y yo las fulminé con la mirada.
—Silencio, chicas. Alicia, cada uno toma los escritos como los siente, como le llega; si así lo entendés vos, es válido.
Ella siguió leyendo mientras pisaba las nueces caídas. Me gustaba estar ahí, era el lugar más vivo del orfanato, el problema era compartirlo de esa manera: escuchar la Biblia era aburrido y a la larga todas terminábamos repitiendo lo mismo.
Me quedé embobada mirando las enormes ramas que amortiguaban el sol sobre mí. La corteza era imponente, tantos años ahí y yo que me quejaba de una docena de ellos. Tenía ganas de abrazarlo.
Las nenas se levantaron y ahí salí de mi trance con el árbol. De fondo seguía la lectura:
—Y por último: Si morimos con él, también viviremos con él. —Lo mismo con otras palabras.
—Amén —dijeron todas.
Yo me quedé callada.

Esa noche no tardé en quedarme dormida.
El mismo, siempre el mismo, pero yo estaba distinta. La mesa en la que siempre esperaba eso que no se servía, amortiguaba mis manos sobre el mantel, pero eran manos de adulta. La alacena y el bajo mesada habían sido corroídas, erosionadas entre las costras de la pintura y el tiempo.
Intenté mirarme cuando me levanté de la silla, pero no pude, solo mis manos estaban ahí, y mi conciencia. De fondo solo había negro, nada. Solo soñaba hacia delante, con recuerdos de atrás. Caminé unos metros y mis pasos no sonaban.
No frené.

Mi madre, jorobada, seguía con la mirada en la misma ventana, pero ahora sin vidrios, las astillas cortaban la brisa que movía los cabellos blancos. Sus manos, debajo del agua, arrugadas, sostenían un plato impoluto. La escena estaba en movimiento pero todo pasaba igual, de la misma manera, el agua se arremolinaba y se iba por la cañería constantemente.
Todo añejado, todo irreal.

Acompañé su mirada al exterior. Ahí, el verde del parque seguía como lo recordaba. El pasto crecido ocultaba los juegos: la calesita, el subibaja, todo. No me acerqué más a mi madre para que el sueño no se acabara. Giré a la derecha y abrí la puerta que daba al parque. Caminé, rozando las yemas de mis dedos contra las puntas del pasto, como un xilofón de libertad. No tenía destino. No tenía coherencia. Era pasado, era presente; realidad onírica en un futuro que nunca existió.

Busqué el patio donde jugaba de pequeña, pero no estaba. No era por culpa de la maleza que lo ocultada, no, era porque ese patio, ese parque no era el de mi casa… intenté mirar a mamá pero no pude, desde donde estaba me resultaba imposible. Caminé, despacio. A medida que me enfrentaba a la ventana rota, la casa, mi casa, mutaba al edificio del orfanato. Si me quedaba quieta, la imagen se congelaba como las reglas 3d que traían un holograma donde las movías hasta cierto punto y veías las dos imágenes. Dos imágenes en un plano y yo era la puta intersección.

No lo dudé: caminé hasta que pude volver a ver a mi madre, ahí estaba, embobada mirando al frente. Le hice señas pero no se movió. Era una mujer letargo. Un espasmo de vida en un marco atemporal. Desde ese lugar, con la parte trasera del orfanato arropando la poca luz del sol que llegaba, lo primero que hice fue buscar el nogal. Giré una vuelta entera y no lo vi. Estaba parada justo donde lo recordaba, nada, solo un pozo, no muy profundo. Levanté la vista y mirando el atardecer, respiré lo más profundo que pude, encerrarme en mi cabeza, en mi sueño era lo más parecido a la libertad que había sentido. Respiré una, dos, tres veces y metí mis manos en los bolsillos. Mi mano izquierda toco algo caliente y redondo: una nuez. Era para eso. La dejé caer al pozo y con la punta de mis zapatillas le tiré tierra encima.

Levanté la vista y vi a mi madre sonreír. Me reconocía. Movía la cabeza hacia abajo como si me estuviera llamando. Yo sabía que era un sueño, pero me hacía tan feliz verla… viva. Caminé derecho a la ventana. No quería que nada cambiara. Tenía que ser esa imagen. El pasto amortiguaba mis pasos, sentía que caminaba sobre las nubes. Llegué al alfeizar de la ventana y me acodé a mirarla de cerca, ella dejó caer un poco su cabeza a un lado y con los ojos más tiernos que recordaba me miró, me habló sin palabras y me dijo te amo. Lloré, de verdad, con lágrimas que mojaban y que cortaban el polvo de mis cachetes. Levanté mi mano y entre los vidrios astillados le acaricie el rosto.
El tacto.
La realidad.
Había noches donde no recordaba mis sueños y otras donde me iba a vivir con mi madre por unas horas. Cuando la veía, la única diferencia era que ella, al levantar la vista, miraba en línea recta hacia donde yo había plantado la nuez. Todo lo demás, igual.

Ya no me levantaba traspirada, no lloraba. Había una conexión entre el árbol y ella, y por eso yo entraba ahí, quizá tenía que ver con mis raíces, sus raíces.
Esa noche me acosté temprano, algo más había ahí.
…hablé. Mi voz salió de mis labios y todo lo demás fue silencio. Esa vez la habitación se llenó de preguntas que nadie respondió.
Me paré, fui hasta donde estaba mamá. Ahora mi cabeza le llegaba hasta el pecho. Las tostadas estaban en el fuego. La cafetera dibujaba rulos de humo que flotaban en el aire y se desvanecían para darle lugar a otros nuevos.
No tenía miedo. La miré, estaba sonriendo. Miraba el nogal.
Nada se rompió.

Era viernes, me levanté un poco más temprano. Antes del desayuno me escabullí hasta al patio trasero. Lo primero que hice fue abrazar el árbol.
Lo trepé con la destreza de un circense, esas eran las capacidades que nos regalaba el orfanato. Lo agreste se nos pegaba como los cardos al pelo. El viejo árbol tenía tres ramas importantes. Una más alta que la otra, como si fueran escalones al nido de la lluvia.

Al principio me costó subir; la modorra de la mañana y el apuro por no ser vista me retrasaron un poco. Cuando llegué a la primera gran rama, espié por las ventanas del primer piso. La Hermana Catalina preparaba las canastas en las que llevaba el desayuno al aire libre.

Varios raspones más y la segunda gran rama me dejaba a la vista el techo, ahí descasaban las pelotas perdidas que el techo se apropiaba. El sol las había desinflado, daba cierto placer verlas ahí, no era lo mismo perder algo de vista que perder algo sabiendo que se va a volver a encontrar. Lo bueno era que desde esa altura las rejas quedaban chicas. El barrio se dejaba ver. Los colores de las tejas se mezclaban como las lanas de una abuela en el cesto de mimbre. Ya no me permitía mirar para abajo.
Cuando llegué a lo más alto me sentía cansada y gracias a eso noté que en cada bocanada de aire entraba la libertad. Me tuve que abrazar a una rama, el viento me acunaba entre las hojas nuevas. Nunca había llegado tan alto… en nada. Miré el horizonte, pero no pude entender todo, muchas de las cosas no las conocía.

Se escucharon voces. Eran las nenas que esperaban su mate cocido a la vera de las nueces. Recordé la mirada de mamá, me imaginé siendo observada por ella. Miré la corteza del árbol y me solté de la rama. Me solté de mí misma. Caí de espaldas.
Volví a ver los techos coloridos del barrio.
Volví a ver las pelotas desinfladas por el sol.
Volví a ver la ventana del primer piso. Escuché la voz de la hermana Catalina:
—Porque el que quiera salvar su vida, la perderá…
Antes te tocar el suelo volví a sentir el olor a las tostadas.

Esteban Dilo

(Godoy Cruz, Argentina, 1984). Autor del libro La muerte está ahí (Textos Intrusos, 2017) (Sello Fantasma, 2018). Es uno de los fundadores del colectivo editorial De la Fosa. Sus cuentos fueron publicados en España, Colombia, México y Argentina. Ganó el 1er Concurso de Relatos de Cthulhu Luna Arcana (España).

Prolífico cultor del relato breve, Esteban Dilo es un referente de la nueva generación de narradores de terror en Argentina. En sus historias, diferentes tópicos del género son revisitados –con guiños al cine– a través de una lectura particular de lo cotidiano y lo siniestro.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

14 Enero 2019
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