El guacho mortadela

Ecos de mañana | Por Matías Caruso

Escuchá El guacho mortadela en su versión audiocuento

-Ojalá no pase nada raro –pensó después de haber vendido la bicicleta que robó en el barrio San Martín. Con la plata fue a comprar un poco de cocaína y marihuana para pasar el fin de semana. –Con tresciento mango por lo meno una bolsa y un veinticinco pego… le cargo uno veinte peso al celu y le aviso al Gabi que compre el escabio– murmuró mientras se alejaba de la casa del primo al que le había vendido la bicicleta.

En el primer quiosco que encontró carga al toque comenzó a guasapear a Gabriel y a Coco, el transa. “Tienes un nuevo mensaje de whatssapp” indicó el celular. El mensaje era de Coco: “dale pasate todo bien”. –¡Joya! – dijo en voz alta mientras cruzaba la avenida. Compró una lata de energizante y una petaca de vodka, levantó una botella de la calle y preparó la bebida. Acomodó su gorra con visera debajo de la capucha del buzo; ató con fuerza sus zapatillas deportivas… –Tengo que comprarme otras llantas –dijo por lo bajo.

Llegó hasta la parada de colectivo, mientras pitaba con fuerza y le daba tragos furiosos a la botella. Frente a la parada, había un bar y dentro del bar una mujer bellísima sentada con un tipo de traje, reían juntos al son de una música que parecía de película porno. A través de la ventana pudo ver como la mujer reía y tomaba de una copa. La veía tan distante, tan bonita, tan sutil, delicada y frágil como una promesa.

Parado, mirándola, deseándola, pensando que quizás esa mujer o una mujer así podría salvarlo, que dejaría todo por una mujer así. Por un rato pensó en cómo besaría o cómo olería, como al tocarla su piel se rasgaría, mientras el sabor a vodka barato le raspaba la garganta. Ella, tan fresca y radiante desde su mesa ni siquiera notaba que él la miraba. Con sus grandes aros, sus anillos, su postura erguida y delicada para beber de una copa, la mujer resplandecía… Calculó que tendría unos treinta y cinco y que se llamaría Sonia o Camila, algún nombre así: delicado y perfecto. Y él apenas con dieciocho y un ojo bizco. En ese momento quizás sin saberlo pensó en el destino, en su suerte.

Por la avenida oyó pasar unas motos con música de cumbia, lo que lo distrajo un segundo de la perfecta imagen que contemplaba. Al volver a la mujer, el cigarrillo se le cayó de los dedos cuando vio que ella lo miraba atenta y furtiva.

Ella levantó su mano, la llevó hasta el vidrio de la ventana y cerró la cortina que decoraba el bar. – Bah… si es un gato –dijo entre dientes.
Cuando el colectivo llegó, escondió un poco la botella y subió. Se sentó al final, sacó su celular, buscó el reproductor de música y puso “Damas Gratis” a todo volumen.
–De huevo…al primero que me diga algo lo deliro – se auto convencía de su heroísmo al ritmo tropical.
– Pibe, bajá eso, no podés escuchar música sin auriculares en el colectivo, ¿no ves el cartel? – le dijo el chofer tras varias cuadras. Él levantó la mirada, desafiante, como si nada le importara en el mundo, justamente a él que salía a la calle provocando a la suerte, a él que si quería podía levantar la ira de Aquiles ante grandes hordas de soldados respaldados por dioses, a él que no desataba pesadillas urbanas porque le tenía lástima a la gente, a él que tenía el destino del chofer entre sus manos, a él que…, se le desvaneció todo y apagó la música. Pero no podía quedarse callado ante esta falta de respeto al representante de la ley de la calle que iba en colectivo. –Tan ortiva va se–, el chofer lo miró por el espejo y continuó conduciendo. Tomó la botella, y le dio tragos cortos, agazapado tras el asiento.
Cuando el colectivo estaba en la zona del Coco de forma firme y tras un largo timbre bajó del colectivo.
Llegó hasta la casa del Coco, golpeó y como si fuera la casa del diablo atendió una mujer con los ojos rojos y tras ella surgió una cortina de humo dulce y pesado.
–¿Bryan?
–Si.
–Pasá, el Coco está en el baño… ya viene.
Cerró la puerta y entró…–Sentate.
Sin decir palabra obedeció. Como su hombría lo demandaba, sacó la botella de plástico y le dio un trago más.
–¿Querés un vaso?
–No, está bien. –Contestó con la voz más afeminada que nunca en su vida había entonado.
–Bueno, como quieras…

Escuchó el ruido de la cadena y el Coco que salía…

–¡Bryan! ¡Cómo estás!
–Bien, acá andamo…
–¿Qué vas a querer?
–Y tengo doscientos cincuenta, y no sé….faso y merca
–Pero con eso no hacés nada Bryan…
–Bueno, dame miti y miti
–Bueno, mirá, te lo doy de onda, después me traes más plata, si no, no me dan los números, ¿viste cómo es esto?
–Todo bien Coco, después te traigo todo…
–¿Qué estás tomando?
–Volka con espí
–Ah… es rico, pero yo prefiero el ferné,… tomá, acá está lo tuyo.
Bryan guardó las bolsas, tomó hasta la última gota de un sorbo y salió, ya sin dinero pero con la droga. Tenía que volver caminando hasta el barrio y además con una deuda de cien pesos, probó la cocaína, “para el camino” dijo y comenzó su regreso.

Mientras volvía por una calle muy tranquila, vio como un taxi atropellaba a una mujer, “¡Uh…que mal! pero si me quedo me van a llamar de testigo, mejor zafo por acá” e ingresó a uno de los tantos descampados que decoran la zona periférica de cualquier ciudad, esos descampados que esperan la urbanización, esos gritos desesperados de la naturaleza que se abren paso y que como grandes charcos de tierra y árboles, resisten.

Entre toda esa naturaleza salvaje, Bryan encontró de frente a un caballo, que lo miraba atentamente, dio media vuelta y se puso frente a él, un vapor pesado salía de su hocico, como el caño de escape de un coche. Tembloroso, Bryan trató de hacerse a un lado y pasar lo más rápido posible esquivando a la gran bestia mora que le impedía el paso. A cada tranco que Bryan daba, el caballo lo seguía atentamente con la mirada, sus ojos se clavaban como flechas, le hacía doler la piel, como pinchazos de agujas. Bryan se asustaba cada vez más, quería salir corriendo pero el caballo se le abalanzó mordiéndole un brazo. Bryan comenzó a correr, saltó el alambrado y siguió por la calle rumbo a su casa mientras a lo lejos escuchaba los relinchos casi gozosos de la bestia.

Llegando a su casa sonó su celular con un mensaje de Gabriel que decía: “loco yego como a la 11”…este mensaje lo tranquilizó. Entró, abrió la heladera y tomó unas “patitas de chancho” que su madre había preparado con mucha grasa, le puso pimienta, las condimentó y como si las hubiera robado se metió a comer en la piecita del fondo que de a poco estaba construyendo. No era grande pero nadie lo molestaba en ese lugar. Tomó un vino en tetra brick que tenía guardado debajo de la cama y lo mezcló con un poco de jugo en polvo.

Encendió su televisor, “yegué justo pa Tinelli” y se quedó tomando mientras esperaba a Gabriel. Al cabo de media hora comenzó a sentir olor a carne cruda. Recordó la mordida del caballo y rápidamente se sacó la remera, buscó un espejo y se dio cuenta que desde la herida salía una especie de crema blanca y que su carne no sangraba sino que había tomado un color rosáceo. Salió hasta el patio y cortó una hoja de aloe vera y comenzó a pasarla por toda la herida, esperanzado en que lo curase. A la media hora, sin sangrar, la herida había crecido. Ocupaba casi todo el largo de su brazo. El olor penetrante a grasa cruda le impregnaba el olfato, mientras supuraban burbujas del líquido viscoso que fluía de la herida. Se introdujo los dedos entre las fibras y notó que no le dolía, luego se metió los dedos más adentro hasta rozar el hueso.

Cada vez que abría la carne el olor era más fuerte, “debo estar soñando” pensó, subió el volumen del televisor y se tapó con una sábana. El programa lo entretuvo por casi una hora en la que se había anestesiado tomando cocaína. Recordó lo que le estaba sucediendo y se sintió más débil. Se quitó de encima la sábana y se encontró sin piel, quiso gritar pero su lengua pesaba y no podía moverla. Sus dedos grasosos y torpes no le permitían acariciarse el cuerpo. El olor penetrante a mortadela bocha lo asfixiaba, sus músculos cansados no se diferenciaban el uno del otro, mientras continuaba la secreción de fluidos blancos y el olor era cada vez más nauseabundo. Giró su cabeza con un esfuerzo casi imposible y el reflejo del vidrio le devolvió una cara redonda, color rosa con manchas blancas. “Mortadela” pensó. “Así no” dijo por lo bajo. Trató de levantarse pero sus muslos pesaban y se adherían a la cama, trató de moverse pero su cuerpo hecho mortadela le impedía realizar movimientos rápidos y seguros. Se tomó del costado de la cama, tiró con fuerzas y sintió cómo la piel se quedaba pegada a la sábana y se le desprendía del cuerpo mientras caía al suelo. “Así no,” pensó de nuevo y pudo ver como se le acercaba un insecto atraído por el hedor cada vez más fuerte de su aliento. Intentó sacar desde sus grasosos pulmones una pizca de aire para ahuyentarlo, pero sólo consiguió que brote de su pecho un olor hediondo, lo que atrajo más a la cucaracha. “Así no…por Dio…” pero nada pudo hacer. Mientras de fondo se escuchaba “chau, chau, chauuuuuuu”.

Matías Caruso

(San Luis, 1980). Es editor en Editorial Perniciosa. Publicó Yeta, una colección de relatos, en 2016. Participó en Revista Hiperbórea en 2012; El rastro del avestruz en 2013. Trabaja en su próximo libro Este se viene más pior.

Matías Caruso trabaja en sus relatos –que coquetean con el terror y el policial– lo sórdido, lo bizarro y lo grotesco desde un punto de vista humorístico. Sus historias suelen incluir contextos barriales o urbanos donde lo extraordinario irrumpe de forma violenta y la verosimilitud se apoya, muchas veces, en el registro de lo coloquial.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

16 Enero 2019
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