De Calafate al Chalten

Ecos de mañana | Por Bibiana Ricciardi

Escuchá De Calafate al Chalten en su versión audiocuento 

Asomó medio cuerpo fuera del baño. Con la toalla en la mano derecha secaba la izquierda, dedo por dedo, en forma mecánica. Ana siguió el movimiento. ¿Cuándo había adquirido ese hábito? De chico no lo hacía. Tal vez fuera una costumbre de todos los médicos. Aún le sorprendía descubrir sus acciones nuevas, de adulto. Parecía una broma de la que se reirían en cuanto alguno de los dos se tentara.
–¿Decías, amor?
Jota esperaba una respuesta. Pero Ana no la tenía. Había olvidado la pregunta que lo había hecho emerger del baño. Amor no era nombre, raspaba. No se llamaban así de chicos. Ni la primera, ni la segunda. Era más de ahora, de adultos que han estado casados largo rato y adquieren el hábito más por costumbre que por convencimiento.

–No te asustes pero por hoy voy a decirte mi amor, solo por hoy.
Le había dicho en la primera habitación de hotel. Primera de esta tercera vuelta. Primera de esta tercera vez que se encontraban después de más de veinticinco años de ni verse. Y ella sí se había asustado. Mucho. Le pareció un atropello. La palabra la dejaba más desprotegida que la desnudez.
¿Estás nerviosa?
Relación epistolar que se hace de pronto carne. No se habían visto más que en un café, una hora. Él le había robado un abrazo, ella se había dejado. Se sentía protegida por la distancia. Él debía regresar a Mar del Plata. Ella permanecer en Buenos Aires. Junto a su marido y sus hijos. Un par de meses después el castillo de naipes se derrumbaba. Había comenzado la mañana con una reunión. Ahora esperaba un taxi con el corazón desbocado. No serían más de diez cuadras. Un hotel boutique, ya no tenían edad para telo.
Sí, mucho, tipeó en su teléfono.
Tranquila soy yo, Jota.
Y luego el apelativo. No parecía atinado que le dijera amor. Sin embargo lo hizo. Mientras temblaban los dos como el pasto en la ruta. Ese que el viento patagónico acuesta.

Habían llegado al hotel Calafate por la tarde. Entre aquel primero y este había habido muchas toallas, muchos baños, muchas habitaciones. Este era el primero al que llegaban como viajeros. La primera vez que volaban juntos.
En el taxi del aeropuerto al hotel se fascinaron con el paisaje de la estepa. La aridez del desierto, el trepidar del viento. Habían llegado a Calafate casi de casualidad. Viajar les resultaba redundante. El ulular los había sacudido en uno y otro sentido, a un lado y al otro de la ruta 2.
–Linda, deberíamos apurar si queremos alquilar un auto.
Jota había terminado con su otra mano. Se acercó a ella y la abrazo fuerte, como si el viento pudiera arrebatársela una vez más de las manos.
–Entonces, ¿nos abrazamos o vamos a averiguar por un auto?
Junto al hotel había una agencia de autos. El señor les explicó que le quedaba un Siena gris, mediano aunque tal vez muy grande para ellos dos solos. Entre los dos reunían cinco hijos pero allí estaban sin poder llenar un auto tamaño familiar. Tal vez les fuera más conveniente un micro. Los había con una excursión de ida y vuelta. Salías a la mañana temprano y regresabas a la noche. Pensaron y sopesaron. Concluyeron que sería mejor viajar en bus. Podrían tocarse mientras otro manejaba, como en el viaje de egresados.

La mañana del viaje al Chalten amaneció despejada. Puro sol. Noviembre benigno. El bus de la excursión los pasaría a buscar por el hotel. La pequeña ciudad estaba surcada por Vans, mini Vans, micros y vehículos de travesía que por la mañana vaciaban los hoteles, para volver a llenarlos a la noche, volcando la carga de turistas agotados que no molestarán demasiado.

Jota y Ana habían ido al Perito Moreno el día anterior. Big ice. Hay dos tipos de excursiones. O más, pero las más buscadas son el mini trekking y el Big ice. La diferencia es cuánto tiempo está cada uno dispuesto a caminar sobre el hielo. Dispuesto uno, y la empresa concesionaria (solo hay una). Porque la excursión más larga tiene un montón de requisitos y juramentos de salud eterna. De hecho solo pueden acceder a los grandes hielos los menores de cincuenta. Jota y Ana entraron en la categoría de bigiceros (así los llamaban los guías) raspando. En un par de años ya no podrían. O deberían mentir con su edad. Parecían menos. Y cuando estaban juntos menos aún. Alguna alquimia indescifrable producía este milagro de la naturaleza, que no se escapaba ni a la lente de la cámara. Bastaba ver las fotos de los dos juntos abrazados con el Glaciar por detrás (y por delante un japonesito que devolvía con el gesto el favor pedido). Abrazados, sonrisa gigante. La misma que Jota guardaba con el Cerro Catedral nevado, y los equipos de sky de alquiler por un par de horas. Habían cambiado tan poco desde el viaje de egresados.

La mañana anterior habían estado a punto de perder la excursión. Juntos eran tan distraídos que parecían ese dibujito animado del ser casi topo de tan miope, que va por la vida produciendo catástrofes a su alrededor que casi no lo rozan, porque es tan ciego como afortunado. En cada parada de la excursión estuvieron siempre a punto de perder el bus. En la primera habían querido llegar hasta el borde de la laguna. Ella quiso sacar algunas fotos de árboles muertos. En la siguiente parada fue peor. Las pasarelas junto al Glaciar Perito Moreno tienen varios kilómetros. Las caminaron de la mano. Los segundos se transformaban en minutos sin que pudieran notarlo. Corrieron de regreso por las pasarelas subiendo los escalones de dos en dos. Treparon al micro con el corazón al galope, las caras rojas, la sonrisa ancha. Hasta la pareja de japoneses reprobó su comportamiento. No les importó. Se sumergieron en las últimas butacas, para poder besarse sin ser tan vistos.


Al llegar al lago Rico los esperaba un catamarán. Embarcaron por un corto trecho. El barco navegaba hacia la pared norte del Glaciar. Un muro imponente, blanco, sucio. El viento en la proa le torcía el brazo al sol primaveral. Los excursionistas obedientes enfrentaban la inclemencia estoicos en proa, dispuestos a llevarse en los ojos cada partícula del misterio helado. Ana y Jota, no. Habían descubierto que en popa el solcito calentaba tranquilo, sin vista pero sin brisa. Sentados en el piso, los ojos hundidos en el surco que la quilla abre en el agua al desplazarse. Ana fumaba sin temor a contaminar la belleza. Jota la besaba sin siquiera notar cuanto detestaba el sabor a tabaco. Un marinero aburrido los prefería a la remanida belleza de postal.

Caminaron una hora en hilera hasta llegar al hielo. El guía volvió a preguntarles si estaban todos bien de salud. Si ninguno había mentido al llenar la ficha. Casi todos. Nadie es tan sano. Silencio. Se inició la caminata. Poco después, en un recodo del sendero de montaña detuvo al grupo nuevamente. Explicó que aún faltaba mucho más del doble, que si alguno deseaba arrepentirse ese era el mejor momento para hacerlo. Los excursionistas se miraron entre ellos. Unos cuanto metros más adelante pudieron observar cómo los del grupo de guía en inglés recibían la misma advertencia. Siguieron todos. Pero tras media hora de caminata ascendente la mayoría se preguntaba si no debería haber reconocido aquel esguince, o el soplo en el corazón. Poco después llegaron al puesto junto al glaciar en el que les pondrían los grampones a su calzados que les permitirían caminar en el hielo sin resbalarse. Y luego una pequeñísima instrucción sobre cómo hacerlo. Como pisando huevos. Clavando los filos en el hielo. Y siempre en hilera, sin apartarse del otro porque puede haber grietas. Y con arnés puesto por si alguno cae en una, de ese modo es más fácil sacarlos. Ana escuchó como un guía le preguntaba a otro si le había tocado alguna vez ese accidente y el otro rió. Dijo que no, pero que por las dudas. Que solo una vez, un gordo, sacando una foto en la orilla de los pequeños laguitos de agua helada que va produciendo el deshielo sobre la superficie, cayó como foca dentro del agua. Pero que solo se mojó.

El Glaciar Perito Moreno no es el más grande, ni el más bello, ni el más importante del mundo. De todo eso se enteraron allí. No se miraron, por las dudas. El mérito del Perito Moreno es ser el más abordable. Su fama, dicen los guías, se corresponde a que es el más fácil de acceder. Cualquiera puede llegar en auto hasta casi su borde. ¿Entonces? ¿Por qué habían caminado una hora en la montaña? Nadie respondió lo que ninguno preguntó.

El micro del Chalten era más grande. Viajaba más gente. El recorrido comenzaba con ellos, el micro estaba casi vacío. Se sentaron al fondo. Observaron las subidas y bajadas laberínticas que exigía la recolección de turistas. Una ciudad áspera, seca. Ana se preguntaba quién querría vivir ahí.
En la ruta la euforia inicial se transformó en murmullo. El micro se bamboleaba de babor a estribor. Ana, junto a la ventanilla, miraba el paisaje apoyada en el hombro de Jota. La estepa era un océano uniforme. Amarillo, verde, marrón. Paleta monótona. Campo yermo, matorrales achaparrados, alambrado.
–¿Qué separa el alambrado?
Jota habla bajo, como pensando en voz alta. Ana entiende su pregunta porque estaba pensando parecido. ¿Quién querría adueñarse de ese desierto? Como si los hubiera oído, el guía tomó el amplificador y saludó a la audiencia. Hizo una broma de esas tan transitadas que ni brillo de chispa tienen. Alguno de los excursionistas esbozó una risa de compromiso, el guía explicó que ahora que tenía la atención del público cautivo, aprovecharía para explicarles los peligros de la zona por la que transitaban. “Tan ventosa, tan inhóspita que ha habido micros volcados por una ráfaga”. Cara de susto generalizado, y remate remanido: “no se preocupen, si este hubiera sido el caso no estaríamos transitando. Pero recuérdenlo para el descenso. En breve estaremos parando para sacar alguna foto con el Fitz Roy de fondo, si es que se deja ver, y no quiero que nadie se me vuele”.
–Una voz provienente del aonikenk o lengua tehuelche que significa “montaña humeante”, en referencia a las nubes que casi constantemente coronan su cima. Los pobladores originarios, de hecho, creyeron que el monte era en verdad un volcán, que las nubes eran vapor volcánico. Por supuesto que hoy sabemos que el Chalten o Fitz Roy no es un volcán sino un ser coqueto que se deja ver poco. Por eso es poco probable que podamos verlo despejado, y si llegara a dejarse, no lo duden, siéntanse elegidos. –concluyó sonriente– ¿Alguna pregunta o los dejamos seguir durmiendo?
Ana apenas había escuchado el relato. Levantó la mano.
–¿Por qué hay tantos cueros colgando de los alambrados?
La pareja de guías se miró. Un gesto imperceptible indicó que la respuesta estaría a cargo de la voz masculina.
–El guanaco corre a una velocidad sorprendente y no tiene en cuenta los alambrados. La verdad es que no los ve y se los lleva puestos a gran velocidad. Terminan colgados. Mueren muchas veces desangrados.
Ana cuenta los cueros crucificados contra el alambrado. Envases vacíos. Le pregunta al guía si aparecen otro tipo de animales, o solo guanacos. A veces algún avestruz. Pumas quedan pocos cerca de la ruta.

La primera parada fue en un mirador en el medio de la ruta. Lindo lugar. Tanto como los anteriores, nada para destacar. Sopesaron el viento, el frío y el turquesa del lago. Los pasajeros más entusiastas ya estaban cruzando la ruta para acercarse al punto panorámico. La guía se acercó a ellos a regañarlos. Les explicó que aquí era donde mejor se observaba el Fitz Roy. Si es que se dejaba porque estaba bastante cubierto de nubes.
Bajaron. Una ráfaga de viento los sacudió mientras esperaban que pasara el auto que se acercaba a toda velocidad por la ruta. Era un auto gris plateado. Un Siena. Adentro iba una pareja. Ella conducía, él la acariciaba.

Bibiana Ricciardi

(Buenos Aires, 1966). Escritora, guionista, docente, documentalista, periodista, dramaturga y gestora cultural. Editó algunas de sus obras de teatro en diversas antologías. Publicó las novelas Una mujer corre y Algunas cosas que estuvieron pasando desde que te fuiste (Alto pogo, 2015). Publicó el libro de crónicas Poner el cuerpo (Tusquets, 2018). Produjo y diseñó la antología Diez lugares contados (Planeta, 2017). Como dramaturga ganó el premio Teatro en traducción con Lía y Ana, la beca del bicentenario del Fondo Nacional de las Artes, con Mantras de la memoria; y el concurso Teatro Post 40, con Salerno, biodrama que protagoniza junto a su hija. Docente titular de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Se desempeña como docente de periodismo cultural en Tea Arte y dicta talleres y clínicas de escritura.

Autora todoterreno, Ricciardi domina especialmente la narración breve y el relato autobiográfico como pocos autores de su generación. También trabaja la investigación periodística. En el presente cuento se puede apreciar cómo se fusionan la subjetividad de la vivencia personal con la inmensidad del paisaje a la manera de las pinturas de Caspar Friedrich o el contemporáneo Helmut Distch.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

17 Enero 2019
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