Lo que sabe Han-na

Ecos de mañana | Por Juan Pablo Gómez

Escuchá Lo que sabe Han-na en su versión audiocuento
 

Han-na sabe que el mercurio de una pila puede contaminar seiscientos mil litros de agua dulce, que conviene comprar lámparas de bajo consumo porque consumen cinco veces menos, que el goteo de una canilla defectuosa implica un desperdicio de ochenta litros de agua por día y que los japoneses matan ballenas bajo el pretexto de la caza científica. Todo esto Han-na lo sabe porque hace ocho meses se unió a una organización ecologista, porque asiste tres veces por semana a las charlas, porque compró varios libros sobre el tema.

Pero lo que no sabe Han-na es por qué acepta hacerle el favor a Ji-young. O lo sabe pero prefiere creer que no, que otra Han-na lo sabe y se lo oculta para protegerla, y aunque a veces deseé penetrar en ese mundo paralelo donde habita su doble, suspendido a un milímetro de su piel y frágil como el papel de arroz, sabe que, por ahora, es mejor no hacerlo.

Cuando abre la puerta y aparece Ji-young recortada por el sol vespertino, siente que algo por dentro se detiene, algún órgano. Esa suspensión le causa una asfixia placentera hasta que el cuerpo le pide oxígeno e inhala una bocanada de aire, la más larga de sus diecisiete años. Al recuperar la templanza, se da cuenta de que Ji-young llora, llora desconsoladamente, y la abraza.

Ha muerto Sang-woo, su hermano. Llevaba semanas de internación en el mejor hospital de la ciudad, atendido por los mejores médicos, pero la enfermedad, gripe aviar según la familia, lo consumió en poco tiempo. Cuando el llanto cede a un sollozo permeable al diálogo, Ji-young le pide el favor no sin antes declararse mensajera del deseo de sus padres. Han-na, si acepta, debe representar el papel de novia del difunto Sang-woo y leer en el velatorio unas palabras garabateadas en una servilleta por la mamá de Ji-young. Han-na se había cruzado con Sang-woo un par de veces al ir a la casa de Ji-young, y su forma aparatosa de mover los brazos le había causado gracia.

Cuando Ji-young se va, lo primero que hace Han-na es sacarse la blusa, que le había servido de almohada al dolor de su amiga. Durante unos minutos, inhala profundamente el perfume a piel que aún sobrevive en la tela.

El velatorio está previsto para el día siguiente, por lo que no dispone de mucho tiempo para practicar frente al espejo. Transcribe el texto de la servilleta a la computadora, lo imprime y lo lee. En su opinión, necesita algunos retoques porque las palabras le parecen demasiado frías. Piensa en llamar a Ji-young para comentarle los cambios, pero comprende que es un tema menor y molestarla con esa tontería en un momento tan doloroso puede ser visto como una actitud desconsiderada. Su madre la acompaña a comprarse un vestido y una vincha negra para el pelo.

A las ocho y media de la mañana, Han-na llega a la parroquia donde se lleva a cabo el velatorio y saluda a los padres de Ji-young. “Tienen los ojos secos porque deben haber gastado todas las lágrimas ayer”, piensa. Junto a una camioneta del Ministerio de Salud, un hombre con un brazalete fluorescente entrega barbijos debido a la emergencia sanitaria decretada por el gobierno tras detectarse nuevos casos de gripe aviar. “Si se hubieran acordado antes, tal vez Sang-woo no hubiera muerto”, se dice.
Han-na ayuda a Ji-young a atar las tiritas del barbijo por detrás de sus orejas pequeñas; después pasa junto al féretro sin impresionarse. Han-na sabe que la muerte forma parte del ciclo natural de las cosas y que el cuerpo humano es biodegradable.

Mientras llega el resto de la familia, toma asiento en uno de los bancos, cerca de dos primos de Sang-woo que discuten sobre la mala imitación de las artes marciales en las películas norteamericanas. Los tímpanos de Han-na se defienden y bloquean el murmullo de los primos hasta convertirlo en algo imperceptible. Está encerrada en su burbuja, absorbida por las palabras impresas. Había pensado en memorizarlas para prescindir del papel, pero comprende que los nervios pueden traicionarla y quiere quedar bien parada frente a su amiga.

Con puntualidad, el cura lleva a cabo el oficio religioso y lee los textos bíblicos frente a una treintena de personas, concurrencia que a Han-na le resulta extrañamente escasa para un chico tan popular como Sang-woo, así como también le resulta extraño que una familia de fortuna y renombre celebre la misa en una parroquia de los suburbios.

Se levanta, camina unos pasos, le echa otro vistazo al ataúd, gira y despliega el papel. “Querida familia y amigos de Sang-woo, en este momento tan doloroso todos nos hacemos la misma pregunta: ¿por qué, por qué le tocó a Sang-woo, por qué siendo tan joven Dios ha permitido esta desgracia, por qué se lo ha llevado?”.

Han-na levanta la cabeza y comprueba el efecto de sus primeras palabras. Un cosquilleo nervioso la sorprende al ver tantos barbijos frente a ella, y utiliza ese paisaje para jugar con la idea de que está en el simposio de una organización ecologista y ella es la oradora principal.

En los ojos almendra de Ji-young, ve la chispa de la sorpresa y la curiosidad, que atribuye a los cambios introducidos en el texto de la servilleta.

“Sang-woo fue mi primer amor, lo amé como a nadie y será muy difícil que vuelva a amar a alguien como lo amé a él porque (…a Han-na le encanta encontrarse con su amiga en McDonald´s, saber que a Ji-young le gusta la hamburguesa sin pepino y con tres sobrecitos de mayonesa, compartir la pajita de la gaseosa cuando a Ji-young, sedienta de nacimiento, se le empiezan a incendiar las mejillas) fue todo para mí, una persona desinteresada que siempre le daba una mano (…Ji-young siempre le envía fotos por celular de los zapatos y los vestidos que va a comprarse para que Han-na le dé su opinión, y si le dice que no Ji-young no compra porque sabe que ella tiene buen gusto. Cada vez que salen juntas, Han-na espera ese mágico momento, tarde o temprano siempre llega, en que Ji-young la toma de la mano y le hace sentir el trazo delicado de los dedos enlazados, la textura de la piel húmeda y calurosa. A veces piensa en la cantidad de líquido que evaporan los poros de Ji-young, en cómo las microgotas ascienden y vuelan alto, se unen a otras microgotas para formar nubes y gotas más pesadas que ya no pueden flotar, y así comienza la lluvia que riega el mar, el río y la tierra donde crece el maíz, el arroz y la cebada, que los campesinos cosechan y venden para alimentar a todo el país) a quien necesitara su ayuda. Sang-woo no habrá muerto mientras siga viviendo en nuestros corazones, porque todos hemos vivido momentos hermosos (…como ese día en que los padres de Ji-young la autorizan para quedarse a dormir en casa de Han-na y usan los pomitos de tintura para teñirse un mechón de violeta y después se zambullen en la bañera hasta hacerla desbordar. Sumergidas, Han-na acaricia, con las manos untadas de jabón y con la excusa higiénica, la parte del cuerpo de Ji-young que más le gusta: la llanura suave y blanca que desbarranca hacia los dedos más pequeños, ese empeine que, por la noche, cuando se acuestan invertidas en la misma cama, roza con la nariz mientras Ji-young ronca)”.

Suena un celular y, por la música, Han-na se da cuenta de que es el suyo. Avergonzada, lo apaga con la velocidad del rayo, y continúa: “Las palabras no alcanzan para decir cuánto lo vamos a extrañar, cuántas veces (…Han-na se mira al espejo, cuántas veces se sube a la balanza para ver si bajó un par de kilos, pero no hay caso, por más dieta que haga sólo consigue oscilar unos gramos en la aguja. Si pudiera bajar un poco la panza tal vez Ji-young, tal vez... Han-na recuerda que un día, al recriminarle a su tío, piloto de una aerolínea, que las turbinas de los aviones contaminaban la atmósfera, él le dijo que los pilotos quemaban mil calorías durante el aterrizaje a causa del estrés. ¡Mil calorías menos harían bajar su panza!) nos vamos a preguntar por qué él. Éramos el uno para el otro, inseparables (…entraron a la galería para tatuarse un canguro en la base de la nuca, oculto debajo del pelo, donde sus madres no pudieran descubrirlo, canguros idénticos que representaban el sueño de viajar juntas y conocer las playas infinitas de Australia y recostarse sobre la arena a tomar sol sin pensar en nada)”.

Durante una pausa, que usó para descansar la garganta y observar las mejillas coloradas de Ji-young, Han-na ve ingresar a un joven con pantalón naranja y musculosa negra, lo ve tomar asiento en la última fila, derramar lágrimas, levantarse, caminar hacia adelante, golpearse la cabeza contra una columna, correr hacia el féretro, arrancarse el barbijo y apoyar, dulcemente, sus labios sobre los labios lívidos de Sang-woo.

Mientras los familiares se levantan horrorizados para detener al joven, Han-na, como esa pieza de dominó que se desploma primero e inicia la reacción en cadena, entiende por qué está ahí, por qué los padres han elegido una parroquia de los suburbios, por qué han dicho que Sang-woo murió de gripe aviar. Siente pena por el joven que lucha para quedarse junto a Sang-woo, siente culpa por ocupar su lugar mientras lo arrastran hacia afuera como a un perro.

Expulsado el intruso, el padre de Ji-young le indica a Han-na que prosiga. “No puedo hablar en tiempo pasado porque (…recién al abrirlos Han-na se da cuenta de que tenía los ojos cerrados) nada es más hermoso que tocar el pie de Ji-young (…recién al abrir los ojos comprende que ya no lee las palabras impresas, que ha traspasado el papel de arroz con todo el cuerpo, que ningún barbijo puede ocultar ahora su desnudez)”.

La hoja de papel se suelta de sus manos y planea sobre el altar. Desde la cabina del avión, su tío les hace señas. Han-na y Ji-young suben la escalera y saludan a las azafatas. Queda sólo un asiento vacío. Ji-young se sienta sobre la falda Han-na y empieza a hacerle cosquillas a la altura de los riñones, la región vulnerable que la dobla de risa en medio de los espasmos que no quiere evitar.

Ya están en el aire y Ji-young ronca. Han-na le endereza el cuello para que no se le contracture. El comandante anuncia buen clima en Sidney.

Juan Pablo Gómez

(Buenos Aires, 1975). Es periodista (Licenciado en Ciencias de la Comunicación en la UBA) e inventor. Instinto domiciliario, su primera novela, fue premiada por la Dirección de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, con un jurado presidido por Carlos Chernov. También publicó el libro de cuentos Los desquiciados, que ganó el primer premio en el concurso “Manuel Mujica Lainez” (Noé Jitrik, Tununa Mercado y Mario Goloboff) y fue distinguido por el Fondo Nacional de las Artes (Félix Bruzzone, Fernanda García Lao y Elvio Gandolfo). Su última novela, La casa de la puerta amarilla, quedó ubicada en el top ten de las mejores novelas de 2017 en Argentina por el sitio Libros Escogidos.

Autor de prosa envolvente y concisa, Juan Pablo Gómez trabaja el trasfondo realista y los diálogos con tal verosimilitud que podría aventurarse en el género que quisiera. Este cuento es una muestra precisa de cómo puede retratar un drama en profundidad en pocas palabras.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

21 Enero 2019
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