El rap del gauchito

Ecos de mañana | Por Matías Rivarola

Escuchá El rap del gauchito en su versión audiocuento

Hay gente que habla de energías, de buenas vibras, que al éxito hay que visualizarlo. A mí eso nunca me funcionó. Uso la técnica inversa: antes de emprender lo que sea, me prefiguro todo lo negativo, las cosas más terribles, mis planes y sueños naufragando estrepitosamente, de modo que cualquier cosa que suceda después sea ganancia, o no tan mala.

Mamá era diferente: optimista era. Pero el optimismo es un mal que se cura con tiempo, igual que la juventud. Antes de casarse se podía verla armando torres de naipes sobre la mesa del comedor familiar, con la vista en la nada, dándole forma a sus sueños. Idealizaba.

Cuando conoció a Alfonso pensó que un bailarín tan estupendo no podía ser mal hombre. Lo pensó esposo fiel, padre cariñoso y todo. Nada más lejano. Alfonso –disculpen, pero no voy a llamarlo padre ni papá– era un desastre.

Mamá lo había planeado todo: casamiento por iglesia, luna de miel modesta, hipoteca para una casa en los suburbios y dos hijos: la nena y el nene. Con un poco de suerte, el chiquito sería estrella de la tele y la niña, reina de belleza. Pero hubo un problema: engendró dos varones. Pobre mi hermano, que le tocó nacer segundo.

Mamá no se resignó al capricho de la naturaleza y desde chico mi hermano se tuvo que ir acostumbrando a lucir las prendas tonos rosa y pastel que ella había mandado a confeccionar con una modista del barrio, mientras ensanchaba las caderas y engordaba sin culpa; tiempos en que las técnicas ecográficas eran poco usuales y las familias se enteraban del sexo de la criatura una vez que la parturienta lograba expulsarlo del vientre.

El posparto fue una pesadilla. Mamá estaba desconcertada, sus reproches y gritos eran tremendos. Acusaba a las enfermeras de haberle cambiado el bebé. Hizo venir a las autoridades del sanatorio. Lo mandó a su marido a buscar a la policía, hasta que finalmente le pusieron una pichicata en el suero para que se tranquilice y duerma un poco.
Margarita se llamaba. Pero todos le decíamos Cuca. Una de esas onomatopeyas que se transforma en apodo, cosas bonitas de la primera infancia que perduran toda la vida. En su juventud supo portar ancas de rana, tetas firmes. Las movía. Turca de fuego, Cuca era un hembrón de melena y formas onduladas. Pero también, terca. Una mula. Por eso mi hermano debió cargar con el nombre que ya había elegido de antemano, aunque en masculino. Así, un 13 de marzo del ‘82, llegó al mundo Cecilio Esteche, pobre infeliz.

Antes no se sabía nada de la depresión posparto y esas cosas. Y los vecinos decían, por lo bajo, que la vieja había quedado medio chiflada después del segundo hijo. Sus brotes de histeria eran cada vez más frecuentes y se transformaron en un combustible extraño que ella parecía necesitar para moverse por la vida.

Era duro ser gay en los 90. Si había algo que nos unía con Cecilio era nuestra inclinación sexual, muy mal vista por entonces. Había que guardarse, aunque fuera evidente, una verdad tan grande que generaba temor, sobre todo entre los familiares, con eso del qué dirán los vecinos y demás.

Casi como una forma de diversión, el travestismo fue moneda corriente desde que ambos éramos chicos. Años en los que intentábamos seguir las tendencias marcadas a distancia interestelar por las estrellas del pop, aunque al lucir las prendas y accesorios de mamá terminábamos pareciéndonos más a Lita de Lázzari que a Cindy Lauper.
Alfonso nos fajaba. Sentía vergüenza de tener dos hijos homosexuales. Trolos, así nos decía. Y nos cagaba a palos. Pensaba que con palizas y duchas frías se nos iba a pasar. Los domingos nos arrastraba a misa. Y los viernes o sábados por la noche nos sentábamos los tres frente a tele a ver alguna velada boxística. Con Cecilio a duras penas aguatábamos dos o tres rounds, antes de empezar a comernos las uñas y revolvernos en el sillón ante la incomodidad que nos provocaba ese deporte de brutos sin sentido.

Otro de los planes de Alfonso era llevarnos a festivales de doma, eventos aborrecibles que solían realizarse en la cancha de Sarmiento, cuando al equipo de nuestro barrio lo tocaba jugar de visitante. Por acción de las herraduras oxidadas de los matungos y todo ese ir y venir de gauchos en botas y espuelas, el campo de juego quedaba en estado deplorable. Al otro fin de semana, cuando éramos locales, era casi imposible para los jugadores controlar la pelota e hilvanar dos pases seguidos.
A Cecilio y a mí nos gustaba el baile. El disco infierno, la cachaca peruana. Todo lo que sirviese para divertirnos. Hasta que llegaron los 90 y con ellos nuevas tendencias como el hip-hop. Ahí nos quedamos: en el break dance, en las improvisaciones y en las batallas de DJ que armábamos en el living de casa cuando nuestros padres salían.

Por un carril paralelo corría el sueño de mamá. Ese sueño de que triunfásemos para tener algo que enrostrar a los vecinos. Entonces, durante muchas tardes se dedicaba a enviar cartas a los programas de la televisión, contando que sus hijos eran una maravilla, unos bailarines impecables, que eran como los Jackson 5 pero blanquitos y todo.
Repetí de grado dos veces. Cecilio me alcanzó e hicimos juntos toda la primaria y la secundaria. Mi hermano era más inteligente y sentado a su lado, fisgoneando sus respuestas, pude completar mi escolaridad. A la tarde, mientras hacíamos la tarea, tomábamos mate cocido y mirábamos la tele. Nos gustaba “Tardes Tortuguitas”, un programa infantil que iba por ATC, con monigotes y un conductor medio pedófilo: Titi Casco. Uno de esos personajes era Piby, un nene malcriado que rapeaba. Era flojito, con un ritmo básico y previsible. Pero ese personaje dio pie a una sección fija, en la que los chicos debían ir al estudio de ATC a rapear y bailar. Mamá vio eso y la prefiguración de la idea alcanzó para dibujarle una sonrisa en la jeta.

Una tarde, mientras con Cecilio ordenábamos las habitaciones, fregábamos los pisos, cortábamos el pasto o alguna de las mil y un tareas que mamá nos encomendaba a diario, escuchamos que empezó a gritar de nuevo. Pensamos que algo le había pasado: un accidente doméstico, la muerte de algún pariente, pero no. Tenía en sus manos una carta. Era la respuesta de la producción de Tardes Tortuguitas. Una respuesta positiva. La posibilidad de triunfar en la capital había llegado.

Nos habían citado en una fecha especial: el Día de la Patria. Los productores le habían avisado a mamá que sería un programa especial, una transmisión en vivo y en directo con empanadas, vino, coplas y locro, todo dentro del estudio. Y ahí yo debía cantar el rap de Piby. A mamá le pareció una aberración. Por eso, esa misma tarde fuimos a una tienda y me compró las pilchas gauchas: bombacha, alpargatas, polainas, pañuelo, boina y cosas que jamás había visto y me parecían igual de horribles.

El viaje demoró un día entero. Para achicar costos, mamá habían sacado dos pasajes en La Tirolense. A poco de salir del Chaco, el micro levantó temperatura. Estuvimos esperando a la vera del camino durante interminables horas. Hasta que un camionero se apiadó, frenó, metió mano y logró arreglarlo, aunque le recomendó al chofer ir despacio. El resto del viaje fue un suplicio. Un par de ventanillas estaban rotas y el frío se colaba en puntazos agudos a cada rincón de esa lata que iba dando saltos por el camino. A mitad de camino yo había empezado con chuchos. Levanté fiebre y cerca de Chajarí me sacudieron convulsiones. Cuca intentaba calmarme poniéndome pañuelos húmedos en la frente.

Luego del ataque me desvanecí y completé el trayecto entre adormilado e ido. Cuando me desperté, lo primero que vi fue un enorme lamparón de pis en mis pantalones. Te orinaste, papito me dijo, innecesariamente mi madre, pero se negó a abrir el bolso para buscarme una mudita de ropa. No, que llegamos tarde… dale, dale… Así fue mi primer contacto con la Capital Federal, caminando en medio del hormiguero de Retiro todo meado, ante la mirada entre incrédula y asqueada de los porteños y otros muertos de hambre que llegaban de distintas provincias a buscar suerte en Buenos Aires y miraban desesperadamente para todos lados, sin saber para donde carajo agarrar.

Un productor de Tardes Tortuguitas debía pasarnos a buscar. Esperamos horas sobre una dársena mugrosa pero el tipo jamás apareció. Desesperada, porque el programa comenzaba en una hora, mi madre decidió jugarse la vida y frenó un taxi. El agujero que nos hizo el tachero fue tremendo.

A los tropiezos llegamos al canal. Un urso de dos metros nos frenó en la puerta. Nos hizo mil preguntas hasta que, al fin, nos dejó pasar. Nos perdimos en un laberinto de pasillos de revoque carcomido, cables mal enrollados, pelucas y ropas tiradas en el piso y trozo de decorados o cartones y otras cosas que no pude identificar porque mamá me llevaba a la rastra de la mano, casi planeando. El programa ya estaba terminando. Restaban dos bloques. Cuca preguntó a todo el mundo por el productor, pero nadie sabía nada. Para participar, le habían pedido un giro postal con dinero. Mucha plata, no recuerdo cuánto. La habían estafado. Cuando cayó en cuenta, la vieja rompió en un llanto incontrolable. Era la primera vez que la veía en una situación de tanta fragilidad, como vencida.

El conductor estiró el cogote a la distancia. En el corte, se acercó. Sensibilizado por una historia de provincianos estafados, le pidió a mamá que se quedase tranquila, que yo iba a actuar en el último bloque. El estudio estaba armado para la ocasión. Una olla popular había sido dispuesta en medio del decorado, con mesas desperdigadas alrededor para dar la idea de una peña folclórica. Gauchitos y chinitas improvisaban meneos al son de gatos y chacareras. Se encendió un cartelito rojo y Titi Casco arremetió con un sapucay medio chapuceado. Empuñaba una fusta que sin sentido empezó a golpear reiteradamente contra el suelo, al grito de ¡Viva la Patria, caraaajo! Chicos y padres lo mirábamos igual de azorados. Yo sentí miedo y casi me orino de nuevo. Esos fustazos me rememoraron las palizas que cada tanto solía darnos Alfonso, sin mayores motivos.

En un momento, Casco se puso serio y dijo que era un momento trascendental, que iba a presentar a una persona importante, alguien que también era argentino, porque si bien había nacido en una provincia muy miserable del norte, en la que había un montón de gente que vivía peor que animales, eran buenos e incluso algunos sabían leer, y merecían respeto y un gran aplauso por mantener nuestras costumbres vivas, como andar en taparrabos y cazar con arco y flecha. Adelante Elías, el gauchito chaqueño. Esa fue mi presentación oficial en las grandes ligas, en el mundo del espectáculo. Yo avancé con torpeza, avergonzado, porque las alpargatas de cuero de carpincho se me patinaban en el piso recién lustrado, en el que aún relucían los fustazos destemplados del Titi.

Tras presentarme, el conductor se dedicó a elogiar mis ropajes y me felicitó por ser un niño patriota. Y dijo que el país necesitaba eso, que muchos chicos me imitasen y conformásemos una milicia de gauchitos bravíos para defender a la patria de la injerencia extranjera, que estaba pervirtiendo a la juventud con la música, el cine y la pornografía. Acto seguido, me hizo rapear.

Pocas cosas recuerdo con precisión de ese momento. Cuando las luces y las cámaras hicieron blanco en mi cuerpo, me sumí en un estado narcótico de confusión y adrenalina. Apenas si recuerdo algunos flashes, junto a la base idiota del rap, las espuelas tintineando al ritmo y la letra denigrante que mamá había escrito para la ocasión. Líneas que prefiero no recordar.

Matías Rivarola

Matías Rivarola: nació en 1980 en Juan José Castelli, Chaco. Desde 1998 reside en la ciudad de Corrientes. Es Licenciado en Comunicación Social. Trabajó en medios gráficos y digitales. Fue corresponsal de la Agencia DyN. Participó en las antologías “Cuentos Tropicantes” (Literatura Tropical – CECUAL) y “Literatura barata y discos de goma” (Cuentos Criollos). En 2016 editó el poemario “Mala Onda” (Ananga Ranga). Trabaja en sociedad creativa con el periodista y escritor chaqueño Lucas Brito Sánchez en la redacción de dos novelas breves.

Tanto los cuentos como la poesía de Rivarola son irreverentes y divertidos, haciendo de la sátira y el juego de palabras su caballito de batalla. Es una de las voces más interesantes y amenas del panorama contemporáneo de la narrativa litoraleña.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

22 Enero 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar