Amparo

Ecos de mañana | Por David Voloj

Escuchá Amparo en su versión audiocuento
 

1
Del colegio se encarga Mariana, que es mujer y sabe lo que les hace falta a los chicos. Así nos organizamos desde el principio. Yo trato de ir a los actos, pero la verdad es que se me complica pedir el día por cualquier cosa. Termino muy tarde y, a veces, cuando hacemos un negocio importante, vamos a tomar algo con la gente de legales. Claro que esta vez la situación era diferente y tenía que estar. Unas chicas del curso de Teo habían hecho una denuncia por algo que había pasado en una fiesta de quince y ahora iban a suspender a varios compañeros.

Ya habíamos tenido otro asunto complicado en relación a la escuela, por el que decidimos cambiar a Pía, nuestra nena. Y eso que no es fácil salir a mitad de año a buscar vacantes. Pero hubo que hacerlo, no nos dejaron otra opción. Al volver de las vacaciones de julio, el profesor de plástica que trabajaba ahí decidió que ya no era más un profesor sino una profesora, o sea, una mujer, y que había que tratarlo de esa manera. Antes de comenzar con la clase, se presentó en el aula y habló de lo que pasaba en su vida con chicos de nueve y diez años, como si fuera algo posible de procesar.

Pía nos lo contó durante la cena. El profe tal ahora es la seño tal, algo así dijo, con una naturalidad absoluta. Nosotros nos quedamos mirándola, sin entender a qué se refería. A varios papás les pasó algo parecido.

En esa oportunidad pedimos hablar con la directora, no tanto porque nos resultara raro lo que había hecho el tipo en cuestión sino porque nadie nos había consultado si estábamos o no estábamos de acuerdo. Eso sí, para cualquier ocurrencia de la cooperadora, para cualquier salida educativa, te llenaban de notas el cuaderno de comunicados. Si había que poner plata para el proyectito de reciclado o para el cumpleañitos de un nene de pocos recursos, la maestra te acosaba con mensajes de WhatsApp. Pero de la enfermedad del profesor nadie había hecho un comentario.

Esto ocurrió unos años atrás. Por entonces se vivía un clima extraño en general, no solo acá sino en todo el país.
La cuestión es que algunos padres nos organizamos para tomar medidas. Ninguno tenía por qué soportar que, de un día para el otro, nuestros hijos repitieran lo que escuchaban por ahí como si fuese normal, ni que hicieran preguntas para las que no había respuestas. Además, circulaba el rumor de que en la escuela se iban a empezar a tocar temas privados, como la masturbación, la homosexualidad y otras enfermedades de género. Una locura. Se trataba de chicos chiquitos, nenes que no tenían edad como para entender los problemas psicológicos de la gente adulta.

La directora era una mujer bastante educada, comprensiva. Aunque yo no la conocía personalmente, me causó una buena impresión. Mariana me había pintado otra persona. Según ella, lo único que le interesaba a la directora era cubrirse la espalda, mantener controlada la situación y que la noticia no trascendiera. Pero resultó todo lo contrario. Apenas empezamos a conversar, dijo que estaba tan preocupada como nosotros y que de ninguna manera aprobaba la forma en que había actuado el profesor de plástica. Ni siquiera estaba al tanto de su decisión hasta que se presentó en la escuela, después del receso de invierno.

No éramos más de diez los padres que estábamos presentes. Me llamó la atención porque se trataba de una escuela de calidad, una de esas pocas escuelas públicas que realmente tienen nivel y que, para conseguir banco, hay que pedirle favores a gente que después te lo recuerda en cada oportunidad.

Pasamos más de dos horas reunidos. La directora nos pidió disculpas. Se la notaba avergonzada. Dijo que ya le había presentado una nota a la inspectora y que había hablado con alguien de arriba, del Ministerio, pero que estaba atada de manos y no podía hacer nada al respecto.

2
Mariana estaba obsesionada con el asunto del colegio. No hablaba de otra cosa. Los compañeros de Teo que habían sido suspendidos corrían el riesgo de perder el año. Nosotros sabíamos que él no estaba metido en nada raro porque siempre fue más maduro que el resto. Es un chico sano, al que le cuesta relacionarse, que prefiere leer o estar con la computadora. Sin embargo, esto a mi mujer no le importaba. Decía que en las redes sociales se estaba dando una especie de reacción en cadena con acusaciones infundadas, e iban apareciendo nombres de otros compañeros. Estaba convencida de que expondrían a Teo de un momento para el otro. Aunque él era bueno, o quizás porque era bueno, iban a inventar algo.

Cuando íbamos para la reunión de padres, discutimos mal. Mariana insistía con pedir ayuda en la iglesia, aunque fuese un consejo, una palabra de apoyo. Yo no estaba de acuerdo. En todo caso, y si era necesario, hablaría con los abogados que sabían de minoridad para meterle un freno a la cosa. Porque en realidad nunca había habido una denuncia formal, ni en la policía ni en la escuela, sino que se trataba de una bola de nieve, chismes que se habían hecho públicos gracias a Internet. Esa clase de escraches, que antes se los hacían a algún vecino por cualquier motivo, se habían puesto otra vez de moda y, hasta donde sabía, estaban al límite de lo ilegal.

Por otra parte, no me parecía conveniente mezclar lo de la religión, que es un tema de ella. Sucede que, cuando perdió el último embarazo y le sacaron el útero y los ovarios, lo tomó muy mal. Se sentía menos mujer. Ya teníamos dos hijos, los dos sanos e inteligentes, pero a ella no le alcanzaba. La fe le sirvió para sobrellevarlo y, la verdad, le hacía bien, tanto a ella como a los chicos, que pronto se sumaron a las actividades que hacían ahí.

Pero la escuela es otra cosa y, a veces, a Mariana le cuesta razonar. Por eso peleamos, porque ella le daba más importancia a la gente de la iglesia que a la palabra de un abogado. Estaba convencida de que las chicas y las madres de esas chicas habían perdido el control. Había que pararlas de alguna forma. Varias profesoras mujeres las alentaban e iban a acusar a cualquiera que les cayera mal, con total impunidad, sin pruebas. Ahora valía todo, dijo Mariana. Y si bien no sabía qué podía aportar la iglesia, al menos nos habrían dado contención.

Antes de bajar del auto tuve que pedirle que cerrara la boca, que terminara con el delirio místico y que por favor me dejara hablar a mí. Yo iba a hacerles entender a todos que, con nuestro hijo, no se iban a meter.

Fue ahí cuando me tiró la bomba.
–Es que vos no sabés, vos no te das una idea. Teo vio los videos, las fotos de estas chicas. Y se tocó, ¿entendés? Se tocó mirando eso. Pía lo escuchó, se asomó a su pieza y lo vio.
Faltaba nada para la reunión y Mariana salía con esto.
–No puede ser –le respondí.
–Sí, sí que puede ser. Le revisé la Tablet y sí, ahí está.

3
La reunión fue caótica. Se trataba de gente grande, de adultos, pero se insultaban unos a otros y se interrumpían a los gritos, sin respetar la lista de intervenciones. De entrada supe que sería imposible llegar a un acuerdo.

Los padres de las chicas fueron los que abrieron la discusión. Pretendían eximirse de toda responsabilidad en lo ocurrido. Aunque suene increíble, para ellos lo grave era que hubiesen circulado las fotos de sus hijas desnudas, los videos donde tenían relaciones, cuando lo cierto es que estábamos hablando de sexo, de menores de edad, de una fiesta donde había bebidas alcohólicas y, por qué no, drogas. Pero no, eso era algo secundario según ellos. El verdadero problema era que alguien había reenviado fotos y videos. Lo sostenían sin inmutarse, e incluso decían sentirse violados en su intimidad, ellos, los propios padres.

Lo que escuchaba carecía de sentido. Como los culpables estaban en el colegio, merecían una sanción, tanto el que había compartido las imágenes como los que las habían visto y reenviado. Sin palabras… ¿Qué tenía que ver el colegio? ¿Y qué culpa les cabía a esos chicos que, como Teo, no controlaban lo que circulaba por las redes?
La intervención de la profesora de lengua fue la gota que rebalsó el vaso. Sin que viniera al caso, salió con el discurso de la educación sexual, ese panfleto reaccionario y lleno de ideología que ya nos había cansado a todos. Habló del maltrato en las relaciones, de los mandatos y los estereotipos de género. Dijo que la escuela debía abordar la sexualidad de manera integral para que, en el futuro, no se produjeran estas formas de violencia.

Si hubiese sido un profesor de biología, alguien con un mínimo de autoridad, tal vez le habría prestado un poco de atención. Pero no era el caso.

Después de escuchar una y otra vez la palabra heteropatriarcal, por fin se calló. Y me tocó el turno de intervenir.
–A ver, señora. Todo muy lindo lo que dice, yo la respeto. Pero de nuestros hijos nos ocupamos en casa –dije–. Si algunos no saben poner orden, no es asunto nuestro. Por eso, es mejor que terminemos con este asunto. Si insisten, voy a tener que meter un amparo. Y si aparece el nombre de nuestro hijo, me van a obligar a ir a tribunales para iniciarles un proceso en serio, con todas las de la ley, por falso testimonio, daños y perjuicios. ¿Soy claro?

4
Habíamos dejado comida hecha para los chicos, así que con Mariana fuimos a picar algo por ahí. Yo estaba cansado, pero ella necesitaba tranquilizarse, pensar en otra cosa, desdramatizar.

Volvimos a casa tarde. Entramos como de costumbre, sin hacer demasiado ruido pero tampoco en silencio, y ya íbamos a meternos en la cama cuando oímos ruidos en el cuarto de Teo. Era un sonido constante, rítmico, que se acentuaba por la fricción con las sábanas.
-Se está tocando –dijo Mariana.
-Sí –le reconocí–. Es normal.
-No, no es normal. Está Pía en la pieza del lado. Tenés que hacer algo.
-¿Qué querés que haga yo? En todo caso, vos lo conocés más.

En la mirada de mi mujer había un agobio que nunca había visto. Por eso la agarré de la mano antes de abrir la puerta.
Teo tardó en reaccionar. Estaba apoyado en los almohadones, contra el respaldar, con los auriculares puestos, la Tablet en una mano y la otra debajo de las sábanas. La luz de la pantalla reflejaba imágenes obscenas en el vidrio de sus anteojos. Al vernos, se sobresaltó e hizo movimientos torpes que solo lo pusieron más en evidencia.

Con Mariana nos sentamos en la cama, uno de cada lado. Le saqué la Tablet para ver lo que él veía. También desenchufé el auricular. Las compañeritas de la escuela estaban bastante desarrolladas para la edad. Parecían mayores, no solo por el cuerpo sino por la forma en que lo usaban y por los gemidos que daban.

Teo no decía nada. Después de un momento, Mariana cerró los ojos, le dio un beso y comenzó a acariciarle la cabeza y el pechito mientras le explicaba que eso no era amor, que nosotros le habíamos enseñado algo diferente. Las sábanas se movían, palpitaban contra la voluntad del chico que no podía controlar la excitación e intentaba cubrirse. Mariana se dio cuenta y le pidió que se tranquilizara. Después, metió la mano por debajo de las sábanas y lo agarró.

Yo supe que estaba de más, así que tomé la Tablet y los dejé solos. Me pareció lo mejor. Ella tiene más sensibilidad, sabría cómo consolarlo. Después de todo, es la madre.

David Voloj

(Córdoba, 1980) es Licenciado en Letras Modernas por la UNC, docente, escritor y periodista freelance. Sus textos literarios y periodísticos han aparecido en distintos medios de Argentina, México y España. Ha publicado los libros de cuentos Recursos urbanos (2018), Los suplentes (2014), Zonas oscuras (2014, Ministerio de Cultura de la Nación), Asuntos internos (2011, Primer premio del FNArtes 2009) y letras modernas (2008, Mención Premio municipal Luis de Tejeda 2007). Escribe regularmente la columna “Apuntes de clase” para Hoy día Córdoba.

David Voloj trabaja la narrativa breve y de temática realista, en donde lo grotesco se cuela por la ventana en medio de una reunión familiar, para horror de todas las tías presentes. Sus mordaces retratos de la clase media profesional bien pensante son un interesante testimonio de época, que también pueden ser leídas como piezas de humor negro.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

23 Enero 2019
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