El colchonero

Ecos de mañana | Por Pamela Terlizzi Prina

Escuchá El colchonero en su versión audiocuento

Tengo doce o trece años. Mi padre, con las manos en la cintura, el azul arruinado de la ropa de trabajo, el taller sobre los hombros, las uñas negras, dice que esa tarde nada de joder en el patio, que viene Cosme.
En una de las manos le humea un pucho.

Nosotros somos preadolescentes sin saberlo. Apenas sentimos las primeras contradicciones del cuerpo. Quedarían todavía un par de veranos para explorarnos en igualdad de condiciones, con la misma torpeza, con las mismas excusas de esquina, de carnaval, de arroyo aún sin entubar y calle de tierra, sin cordones.
La igualdad: esa patria, ese amparo.
Les cuento a todos.
—Esta tarde viene el colchonero a casa— digo.
Hay un entusiasmo, una curiosidad que se renueva a fuerza de anécdotas, porque el espectáculo es puertas adentro. Las mujeres baldean los pisos, apartan palanganas o macetas para hacerle lugar al destripe.

Una vez al año y mejor en verano.
Así era la antesala: Cosme cortaba los hilos que sostenían el rectángulo del colchón con una tijera sin orejas, todo filo. Se accionaba con el puño casi cerrado. Por cada vuelta de hilo cortada, el relleno se relajaba y cedía en redondeces. También sacaba los botones que dibujaban hondonadas en la tela labrada entre azules, grises y celestes. Casi siempre eran flores vaporosas. Sus formas se dibujaban con claros y oscuros.
El entusiasmo se vuelve relato.
Todos recuerdan alguna visita de Cosme. Propia o ajena.
Una vez abiertos, los colchones hablan.

Todos decimos eso de los abrojos, que cómo llegan ahí, que cómo, dos o tres visitas después, siguen apareciendo entre los nudos de lana. Hablamos de otros objetos extraños que conviven con el relleno. Chapitas de gaseosa, tuercas, un dije. «Hace meses que lo estoy buscando» es una frase repetida frente a los hallazgos. Todos coincidimos, a los gritos, en que las cosas se mezclan con la lana una vez tras otra. El año anterior, este, el próximo. No hay remedio, siempre se cuelan.
También denunciamos manchas.
Las manchas empiezan en la tela.
Desde la superficie viene el impulso que para adentro se hace huella.

—¿A qué hora llega?— preguntan, y yo les digo que después de comer. Entonces alguien propone ir a ver a la Chacha, la perra recién parida de la cuadra, antes de que nos llamen a la mesa.
Los cachorros tienen todavía los ojos cerrados.
La Chacha tiene las tetas hinchadas.
Alguien improvisó una cucha con una caja de cartón apoyada en uno de los costados. —Mi mamá me dijo que la perra se comió las bolsitas de los bebés, que eso le hace tener más leche— suelta uno.
—No seas mentiroso— dice otro.
—Qué asco— dicen muchos.
—Lo que es verdad es que si los tocás, les cambiás el olor y la mamá no los quiere más— digo yo.
—Eso es cruel— dice Patricia.

Y a todos nos quedan preguntas por hacer. Patricia usa la palabra cruel. No dice feo, ni salvaje, ni que está mal. Dice cruel, lo dice como todo sonido posible, lo absoluto entre dientes, abriendo la boca lo mínimo y necesario. De nuestra falta de respuesta, a Patricia le sale una frase más.
—Son demasiado chiquitos, qué culpa tienen de lo que les hagan.

También para dimensionar esta sentencia habría nuevos años, mudanzas y escondites.
Ya es hora de ir a comer.
Nos saludamos todos con la palabra cruel rebotándonos en el cuerpo. A mí me rebota, además, la imagen de las tetas de la Chacha. Rosa, gris, casi violeta. Me rebota cuándo voy a poder usar corpiño para cubrir las mías, que son ronchas bajo la remera.

Comemos hígado y pienso en lo que me contó Laura: se había hecho señorita y la sangre no era ni roja ni líquida. Era del color del hígado. Y le dolía la panza. La mamá le regaló una pinturita celeste para los ojos y un pintalabios rosado. También la felicitó y le dijo que no se podía lavar la cabeza por unos días. Que ya no podía estar potreando con todos nosotros. Que ahora era una mujer. Pienso en qué va a pasar con su bicicleta. ¿Será que ya no va a poder llevarme atrás hasta el arroyo? Tenía un pedazo de frazada vieja bajo los resortes para amortiguar el golpe en los desniveles de la calle de tierra. Una vez metí el pie en los rayos. Grité enseguida. Por suerte Laura frenó. No dije nada en casa, aunque me dolían los dedos y el tobillo. Pero si decía, la ligaba. ¿En serio no va a poder llevarme más hasta el arroyo? Querer usar corpiño no es querer ser mujer, pienso. Y miro el hígado en el plato.

Tengo doce, a lo sumo, trece años. Cosme está en el patio de casa y todos queremos mirar. Por la esquina nos subimos al techo de la casa de Patricia. La madre de Patricia es una sombra. Siempre adentro, siempre rezando. Es fácil de eludir. De su techo pasamos a la terraza de la vecina. Desde ahí vemos que empezó el destripe. La lana del colchón ya está afuera, sobre una tela, en el piso.

Los nudos grandes y amarillentos parecen animales muertos. Desde arriba, parece un plato de fideos para gigantes, una montaña de trenzas de brujas de cuento, sacadas de cuajo. Gusanos deformes. Todo depende de las ganas con que se mire. Al costado, Cosme prepara la cardadora. Sobre una base de madera, un cepillo curvo con dientes de metal va y viene, adelante y atrás, sujeto a un triángulo que, desde su vértice superior, le permite moverse en péndulo. El movimiento de Cosme para accionarla se parece mucho al de amasar. Empuja el cepillo que pasa al ras de la base; lo hace con las dos manos. Empuja y vuelve. Y otra vez empuja. De un lado del impulso está el nudo de lana. El cepillo lo chupa, lo aplasta, lo desgarra. Del otro lado, aparece una nube vaporosa. La lana vuelta una princesa con holanes, un algodón etéreo, una promesa aireada de comodidad, de siestas mullidas y mullido todo lo ahí ocurra.
Es hipnótico.

La lana contraída, amotinada, pasada por un artefacto que la rasga, que la dispersa, crece.
Es un espectáculo ver que la duna de la derecha se convierte en la montaña de la izquierda. Como si fuera poco, además de crecer, se aclara. Se vuelve lana buena. Buena, la nena, buena, le dice mi mamá a los bebés que alza para que no le tiren de los pelos. Buena, la lana, buena. Engorda como todos esperan.
Amplifica.
Aumenta.

La cardadora es un portal mágico.
Tenemos doce, quizás trece años. Miramos en silencio, acostados en la terraza. Perdemos toda cautela, estamos entregados al show. Y en medio de la danza de la lana, Cosme dice que algo se metió entre los dientes de la máquina. Nos buscamos las miradas en complicidad. Patricia, en cambio, tiene la cara muerta. Parece que le falleció hace horas. Repto hasta ella y el cadáver que le cuelga de las cejas.

—¿Qué te pasa?— le pregunto bajito. Trato de encontrarle los ojos.
—La máquina de Cosme, ¿viste? Hace crecer la lana— dice.
—Si— le contesto, pero sólo para que siga.
—Y los secretos.
—¿Qué decís?
—Los colchones, Ana, siempre guardan secretos.
Abajo, mi mamá grita que lo que encontraron es una medallita de la Virgen Niña.
Arriba, Patricia llora con sigilo.
Yo me siento húmeda entre las piernas. Me incorporo. Reconozco el color del hígado en la ropa. Pienso en la palabra cruel. En Laura. En la Chacha.
—¿Cómo vamos a bajar?— le digo a Patricia, con un llanto atorado en algún lado.
Dice que en silencio, que en secreto. Que así se hacen estas cosas.

Pamela Terlizzi Prina

(Ramos Mejía, Provincia de Buenos Aires, 1980). Es abogada y grafóloga forense. Autora de Estado de espesura (2012, Ruinas Circulares), Doce dientes (2013, Textos Intrusos) y No cuentes pesadillas en ayunas, (2018, Santos Locos). Integró diversas antologías nacionales e internacionales. Dicta talleres literarios para adultos y niños. Es curadora y gestora cultural junto a Agustina Bazterrica en la coordinación del ciclo de arte Siga al Conejo Blanco.

Los textos de Terlizzi Prina están atravesados por una voz muy clara, que dialoga con distintos géneros y formatos. Gran creadora de personajes en pocas líneas, sus preocupaciones temáticas están entre las mudanzas imposibles, los recuerdos de la infancia, la sexualidad que despierta, el campo, el deseo de ser o ya no ser padres y otros temas de universal simpleza. Una de las mejores plumas femeninas contemporáneas, tiene la valiosa cualidad de ponerle límite al regodeo intelectual y dejar lugar a la función narrativa.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollos

24 Enero 2019
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