Hueso al cielo

Ecos de mañana | Por Nicolás Jozami

Escuchá Hueso al cielo en su versión audiocuento

I

Pese al aire acondicionado, el ruido, fuerte, con ecos, se hace palpable detrás de la persiana. Un ruido que lo despierta y lo vuelve al otro lado de la cama, en la siesta húmeda y calurosa del verano. Aun así, con otro trueno que desgarra el cielo, la luz del celular que percibe debajo de las sábanas lo mantiene sereno. Ella está como siempre, con las piernas dobladas, la espalda contra el respaldo, las dos manos en el celular, transformada en un fantasma luminoso. El olor a lluvia ingresa a la habitación, los truenos caen y absorben el fatigoso parpadeo metálico del viejo aparato de aire.

Vuelve a darse vuelta y siente el movimiento; ella seguramente levantará la persiana para corroborar la dimensión del aguacero y el cambio en el termómetro climático, pero pasados unos segundos, la pieza sigue a oscuras, con apenas unas rendijas de luz gris que llegan hasta la cama. Puede volver a insistir con su sueño, pero lo que ella no dejará pasar, una vez que salió de la pieza, es retornar para informarle la magnitud de la lluvia, el cambio repentino del clima en el poco tiempo que estuvieron dormidos, en una siesta tan tórrida como interminable. Se queda esperándola, mirando la puerta entreabierta.

Pero ella no entra. El aire acondicionado y la lluvia tapan el ruido de la cadena en el baño, contiguo a la habitación. Por eso será que demora un poco más para volver a la habitación, a despertarlo del todo.

Va a hacerlo él. Baja de la cama, las sábanas hechas un rollo de su lado, y levanta de un tirón la persiana con el barniz descascarado. No le importa la lluvia que surca el cielo, los truenos que aplastan las nubes. Por eso apaga el aire y abre la ventana al mismo tiempo. Porque sobre el cielo hay otra cosa. No es redonda como las muestran en las películas. La nave es cuadrada, de un espesor que no logra distinguir del todo aunque saque un poco la cabeza afuera. Parece estar completamente detenida sobre la vastedad del cielo, al menos la que alcanza la mirada de Santiago. Puede ver que la base tiene líneas que se entrecruzan, como formada por partes encastradas; hasta le parece que hay golpes, zonas abolladas.

Debe ser efecto de la lluvia que cae de costado. Ahí está, ahí están ellos. La nave parece un cartílago inmemorial depositado arriba de la ciudad como un desecho alienígena. Santiago cree que es tan perfectamente cuadrada, que logra calcular las puntas aunque no las vea. Lo que no encuentra en la base es un lugar con la ranura de alguna puerta. Se mezclan sus recuerdos e invenciones difusas sobre temas espaciales (supo regalar dos o tres Elige tu propia aventura que trataban de invasiones cósmicas, de amos de galaxias, etc.) con lo que está mirando, solo, apostado en la ventana. Tal vez es un sueño.

II

No se cachetea. Más fácil es llamar a Verónica. Últimamente está distraída, y si está lavando los platos, no se debe haber percatado de esto que rompe absolutamente cualquier rutina. No responde al llamado para que vuelva a la pieza. Va al comedor para traerla del brazo, para decirle “vení”; Santiago recuerda que nunca hubo manera de que ella accediera a sus pedidos sin la asistencia de alguna palabra, por insignificante que fuera. Tal vez era éste el momento para probar de nuevo. La nave estaba quieta; parecía estar como para no irse nunca más.

Su intención se desvaneció. Verónica no estaba en el comedor, en la cocina, en el balcón, en el baño. Habría bajado. Bajado para buscar algo para tomar, aunque el paraguas estaba colgado del perchero. Seguramente le habría ganado la sed. Volvió a la habitación, en la que entraba un poco de agua, y se acodó otra vez en la ventana para mirar la base de la nave. El color era el gris de la piel de los dinosaurios; ese gris que está mezclado con barro, con una suciedad que se transmuta y adquiere la tonalidad de la piel gruesa y dura. Un bloque vaya a saber de qué material, suspendido sobre la ciudad, en la siesta donde nada de nada podría haber pasado antes de la siesta.

Se fijó si el celular habría quedado en la cama, ya que Verónica salía a comprar siempre sin el teléfono. Y ahí estaba. No podría llamarla. Verónica tendría que haberle dicho que salía, más con esa tormenta, con ese mastodonte aéreo volviendo irreal la propia realidad del verano y todas las estaciones futuras.

Desde la ventana capta que hay mucha más gente en la calle, pese a que la lluvia no disminuye. Ve algunas cabezas en los balcones de abajo, a los costados, porque hacia arriba se le hace difícil mirar. Distingue a Virginia, la del 4º C, que no se ha sacado las hebillas en ese pelo que tiene siempre sucio. Se miran y miran la nave. Santiago pasa a un sitio racional su fantasía: puede ser un experimento, o una prueba de las potencias bélicas (que quieren saber las reacciones de los ciudadanos) o alguna gran empresa comercial que quiere hacer una propaganda fuera de serie de sus productos. Santiago espera que ese cuadrado quieto y crudo de realidad se empiece a llenar con colores, con alguna marca de un producto, de detergente, de casa de comidas, de tecnología china. Una base espacial que controle las señales de todos los celulares y las conversaciones de un continente. Pero eso se le ocurre más fantasioso que la propia idea de la nave espacial descartada como escoria celeste.

Entra al baño y se seca la cabeza. Vuelve al balcón; la lluvia ha disminuido un poco, y puede ver mejor a los vecinos. Virginia ha seguido apoyada en la baranda mirando la nave. En un momento se mete adentro y Santiago no vuelve a verla salir. A los minutos tocan timbre. Deja la ventana abierta para que siga entrando un poco de aire. Detrás de la puerta aparece Virginia en silencio, que entra al departamento y se larga a llorar, como si esperase ese momento para hacerlo con alguien desconocido. “Gonzalo se fue” le dice a Santiago, a quien no le hace falta preguntarle cuándo. Y agrega: “No dijo nada…no sé qué es eso en el cielo”, lo que confirma la idea en Santiago de que Vero ya tendría que haber vuelto, subido, entrado y hasta tomado su yogur con cereales.

Virginia se limpia los ojos, pide disculpas, y Santiago le dice que tampoco ha vuelto Verónica, que va a bajar con ella para saber adónde se ha ido. En el ascensor, con dos o tres palabras de cada uno, coinciden en que la cosa que está en el cielo tiene algo raro, como algo antiguo que quiere imponerse al presente. O dicen palabras que tienen ese estilo y ese tono. Santiago ahora entiende bien cómo es algo caótico, y nota que no es como en las películas de ciencia ficción: acá la gente está sin paraguas, mirando hacia arriba desde la mejor posición que encuentra, a la base de la nave, caminando o corriendo, ninguno gritando, buscando a quien está perdido o perdida.
Los truenos cesan del todo, esos que al principio parecían como salidos de la propia nave. Virginia mira hacia donde puede, corre, se precipita a las esquinas. Cuando vuelve a Santiago, le dice que Gonzalo se dejó el celular en el departamento y que bajó sin decir absolutamente nada. Santiago se acuerda que jugó nada más que dos o tres veces al fútbol con él, por invitaciones casuales, y que siempre le pareció bastante callado.

La gente llora en silencio, corriendo, sobre todo quienes, al parecer, en ese lugar, han perdido a los niños. Santiago baja la mirada y recuerda la luz del celular debajo de las sábanas, el aparato en las manos de Verónica. Esa manera de estar a su lado, para no molestarlo, haciendo las concesiones que él le pidiese. No quiere pensar lo peor, tampoco quiere llorar.

III

Deja a Virginia un momento. Primero camina y luego se saca las ojotas para correr mejor, cuando pisa charcos que ha dejado el agua en las baldosas rotas. Cruza la avenida hasta lo que le parece un sector de la nave que concentra finísimas redes, que recubren algo en su base. No puede calcular a qué distancia se encuentra suspendida sobre ellos, pero el caos no frena, la gente sale y deja abiertos los autos, para buscar.

Descubre que nadie anda con celulares; cree que desde ahí los han llamado, de ahí han mandado los mensajes o hipnotizado a Vero, a los que se han ido. Sigue corriendo para alcanzar una punta del cuadrado grisáceo, mirando, buscándola, tratando de ver con otras personas por dónde los habrían subido, capturado. Como él, hay varios que sin decirlo esperan algún movimiento, alguna turbina o un silencioso correr de las nubes que se estrujaron sobre la ciudad. El agua ha parado y la humedad se mezcla con la desesperación.

Llega a la feria de frutas y verduras que está desarmándose tan lentamente que le parece que los propios puesteros fueran los extraterrestres. Hay gente (los verdaderos escépticos, o demasiado creyentes) que está comprando fruta en esa situación. Santiago la recorre por dentro y por fuera, se dice que jamás les volverá a comprar, que prefieren vender aunque pase gente llorando, preguntándoles si han visto a sus familiares. Las bolivianas siempre le parecieron medio alienígenas; ahora lo confirma.

Cuando ve cómo pone las manzanas dentro de una bolsa, se da cuenta que es ella. Está con las ojotas altas y el vestido blanco con pintas negras y rojas que se había sacado antes de la siesta. Tiene otra bolsa con verdura en el suelo. Llega hasta ella, y sin decirle nada, aturdido por las palabras de la vendedora -que debe esperar a que la clienta pague-, le saca la bolsa de la mano y la apoya en el asfalto. Una manzana se escapa y es aplastada por alguien que pasa corriendo; el olor de la fruta sube hasta ellos. Santiago mira a Verónica, pero no se olvida de la nave. La ve bien, normal. La abraza; apoya su cara en el hombro. Espera sentir algo raro en su espalda, debajo del vestido, un agujero, algún tentáculo viscoso moviéndose, la voz rara cuando diga algo, los ojos enseguida rojos o plateados, un hueso menos, escapado al cielo. Pero nada. La vuelve a mirar, soltándola, y logra darse cuenta.

Simplemente lo siente. Santiago entiende el mensaje; era para él. Es una sensación tan fugaz como entera. Tan grande como lejana. Reconoce que ya no. Que él ya no siente lo mismo. Toma las bolsas con fruta y verdura, y vuelve con ella.

Al salir de la feria ve a Gonzalo sentado en un cordón, mirando hacia la nave; por eso dejará a Verónica unos pasos atrás para ubicar a Virginia y avisarle que vaya a buscarlo, que se tranquilice, que Gonzalo también está, aunque desea que el reencuentro de ellos se demore tanto como esa innegable verdad del corazón, sentida por él en una siesta gris de verano.

Este cuento forma parte del libro
Hueso al cielo, Alción, 2018.

Nicolás Jozami

(Santa Rosa, La Pampa, 1979). Es Licenciado en Comunicación Social y en Letras Modernas, ambas carreras cursadas en la UNC. Docente en los niveles medio, terciario y universitario. Investigador. Ha publicado los títulos de cuentos: La quimera (editorial Ciprés, 2009), El brillo gemelo (editorial Borde Perdido, 2016), La joroba del Edén (editorial Cartografías, 2018) y Hueso al cielo (editorial Alción, 2018). Poemas y ensayos suyos han sido publicados en diversas antologías en formato papel y en la web. Colabora con reseñas y notas en el diario Hoy Día Córdoba, y en las revistas virtuales www.islandia.com.ar y www.pamparevista.wordpress.com Ha dictado talleres de escritura de invención.

Jozami retrata conflictos y caracteres humanos a través del extrañamiento de lo cotidiano sin descuidar la hondura psicológica en el tratamiento del tema, que siempre juega con lo absurdo de la existencia. En el presente relato, una nave suspendida en el cielo causa perturbaciones en una comunidad a partir de su mera presencia.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

28 Enero 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar