Molino rojo

Ecos de mañana | Por Esteban Castromán

Escuchá Molino rojo en su versión audiocuento

Podría decir que el principio de aquellas vacaciones familiares en Villa Carlos Paz fue un mambo negro, aunque tal vez haya sido la primera vez que conecté, en términos trascendentales, con mi vieja. Sí, a mí también me resulta raro llamarla así: “vieja”. Pero “mamá”, “madre” o “progenitora” suenan aun peor.

Una tarde estábamos con ella en la pileta del hotel La Tebra. Me dieron ganas de ir flotando unos pocos metros hasta el borde sin su ayuda. Todo para mí era hondo e inmenso, porque calculo que tenía siete años. U ocho.

Podría decir que el principal motivo de mi propuesta envalentonada, lo inferí mucho tiempo después, fue hacerme el canchero con unas chicas bastante más grandes, como si llevar a cabo aquella especie de hazaña sin público masivo, acotada, minimal y absurda me añadiese edad y puntaje de autoestima.

La cuestión es que le dije a mi vieja: “soltame, nado solo hasta la orilla”.

Hasta ahí recuerdo cada escena con nitidez HD.

Los fotogramas posteriores se reproducen como en un VHS estropeado: me hundí, tragué cloro diluido, abrí los ojos en la desesperación acuática y el afuera, arriba, era una pantalla arrugada e inalcanzable: la única salida posible para regresar al realismo oxigenado se volvió lujo.

Estrené el ejercicio humano de pensar en la muerte. Aunque fueron apenas segundos, confieso no haberlo pensado como algo tan malo, más bien me atravesó una fantasía espontánea que adhirió las nociones “morir” y “agencia de viajes” en un mismo paquete significante. Raro.

De todos modos, no quería morir, claro. Por eso cuando sentí el tironazo de mi vieja sacándome de la profundidad maldita, reencontrarme con el oxígeno tuvo dos efectos concretos: sobrevaluar la vida en familia y sospechar de aquella permanente beatificación del agua.

Diez años después volvimos a vacacionar en familia al mismo hotel. Ya la pileta no era un tema, sino la vida social. Tal vez la sensación de ahogo, ahora, tenía más que ver con la paranoia y los horrores de ser o no ser aceptado durante aquellos rituales colectivos de conocer gente nueva.

Venían siendo vacaciones aburridas. Hasta que una noche, en un local de fichines llamado City Game, ubicado en el corazón turístico de la peatonal, cinco rosarinos me boxearon y me cagaron a patadas cuando había caído al piso, porque haber puesto “Mejor no hablar de ciertas cosas” de Sumo en la rocola les pareció una actitud de porteño arrogante.

Yo estaba solo, sin amigos, mi familia a esa hora seguro estuviese durmiendo con la ilusión de recuperar energía para al día siguiente exprimir las bondades de la pileta bajo el sol. Cierto modo proletario y calculador de amortizar la inversión ociosa financiada en doce cuotas sin interés.

Yo estaba solo, pero no tanto. Porque dos pibes me rescataron de la paliza, entre gritos y forcejeos torpes bienintencionados. También intervino un empleado del local: amenazó con llamar a la policía.

Los rosarinos salieron eyectados de City Game cual lauchas de puerto hilarantes y uno de los dos pibes me ayudó a pararme. ¿Estás bien, chabón?, preguntó mientras el impulso vertical de su tironazo reubicó los remanentes de mi cuerpo humillado sobre un tablero de nocturnidad normal.

Me invitaron a seguirlos en su plan. Lo cual fue fascinante porque mis opciones de salida eran cero. Caminamos hacia un bar llamado Tramps con Germán y Matías: dos pibes de pelo largo con un aire grunge en su estética. Germán tenía una remera blanca con el logo de la cerveza Quilmes (ambos eran nacidos y criados en esa ciudad) y Matías una negra de Dream Theater. Yo también tenía pelo largo y una remera con la marca de platillos Zildjian impresa al frente: en esa época tocaba la batería y una disparatada suposición me hacía creer que exhibirlo era sexy.

En Tramps pasaron el video completo de un recital de Pink Floyd. Coincidíamos, nos encantaba a los tres. Incluso yo tenía un colgante redondo con el ícono de The Wall: hemisferio rojo, hemisferio negro, dos martillos cruzados.

Entre cervezas, maníes para pelar y punteos de David Gilmour, todo parecía perfecto.

Propusieron entrar a una disco que quedaba justo al lado: Molino Rojo. La noche anterior habían conocido a unas chicas y arreglaron para cruzarse en otro momento, porque ellas iban siempre. Somos habitués, les dijeron.

Entramos. Música a lo lejos, en estado acuoso, cuyas partículas se iban solidificando a medida que avanzábamos por un pasillo extenso grafiteado. Nos inyectamos en el hueco de cortinas negras.

Con algo de intuición y algo de ansiedad, supe que estaba por descubrir un mundo nuevo y a partir de esa noche ya nada sería igual.

Luces, cuerpos, sonido, movimiento.

Cientos de luciérnagas epilépticas entregadas a un mantra rítmico cuyo único mensaje consistía en la idea de mantra en sí, como una inercia primitiva y física sin rodeos. Una catarata electrónica donde deslizar el fluir libertario de no sé qué.

En el baño nos convidaron (o tal vez Germán o Matías la hayan comprado, nunca me quedó claro aquel asunto) una pepa que cortamos en tres partes equivalentes y los engranajes de la experiencia comenzaron a rotar con una lisergia mecánica.

En el escenario, dos raperos afroamericanos, lookeados como fans premium de algún equipo de béisbol o basket estadounidense, hablaban, cantaban, gritaban, eyaculaban frases sobre el micrófono que sostenían con una mano, mientras sacudían la opuesta a modo de hélices dadaístas.

En la pista de baile, chicas y chicos con los ojos cerrados contoneaban sus cuerpecitos rebalsados de excesos. Nos incluyo.

Podríamos haber bailado más. En mi defensa digo esto: chaboncito solo a quien unas horas atrás le dieron para que tenga entre cinco y ahora estaba tratando de amoldarse a una situación de salida con desconocidos; el efecto de una futura amistad perdurable es imposible de calcular en estado de shock.

Pero una frecuencia de inquietud parecía vibrar en Germán y Matías. Me sorprendió, me hizo reír un poco, notar que cada tanto interrumpían el fluir de su viaje quimicoso y se preocupaban por encontrar a las chicas.

Abandonamos la pista y su bosque de humanidad hedonista. Ir al piso de arriba nos pareció buena idea.

Mientras subíamos las escaleras, nuestro zoom in se desplomó sobre la muchedumbre, como un anzuelo y su respectiva carnada lo harían en el agua fatal de un río bravo: con modalidad aleatoria. La cosa es que a pesar del mantra confuso generado por la propiedad electroboscópica de las luces y de todo lo demás, en ese tanteo fisgón, vimos algo. O creímos ver algo. Algo que parecía no estar del todo bien. Un gesto primario de autoconservación psíquica nos murmuró al oído, pero desde adentro de nuestros cuerpos: están flasheando, eso no existe, jamás podría existir, es tan solo producto de sus imaginaciones distorsionadas.

En la barra compramos unas cervezas. Ya no quedaban más latas, solo porrones tibios, aunque no nos importó demasiado.

De repente, German extasiado gritó: miren, ahí están las chicas, en ese sillón. A los pocos segundos, Matías le respondió: sí, las estoy viendo, pero están con un pibe.

Apenas logré enfocar la mirada, reconocí que el pibe era uno de los rosarinos que me habían dado maza en City Game.

Hice fondo blanco para terminar el contenido de mi porrón.

Envalentonado por una confusa y narcótica pulsión de venganza y por el deseo de quedar como un héroe ante mis nuevos amigos, Germán y Matías, empuñé la botellita vacía como si fuera un chipote.

¿Qué vas a hacer?, preguntó Germán desde atrás con tono preocupado, mientras me iba acercando de a poco para partirle la cabeza al rosarino, como si llevar a cabo aquella especie de hazaña sin público masivo, acotada, minimal y absurda me añadiese edad y puntaje de autoestima.

Pero toda historia de violencia siempre deriva en un mambo negro sin afuera.

Esteban Castromán

(Buenos Aires, 1975). Escritor, uno de los creadores de editorial Clase Turista y coordinador de Zona Futuro en la Feria Internacional del Libro Buenos Aires. Publicó los libros Bailar es revolución en la era del mal (Caleta Olivia, 2018), Las rocas y las bestias (Marciana, 2018), La cuarta dimensión del signo (Alto Pogo, 2016) y El Alud (Mansalva, 2014), entre otros. Además investiga y desarrolla nuevos formatos de literatura digital en VIDA TEC.

El humor y la violencia en los relatos de Castromán se entrelazan como deliciosas postales western. En sus textos, juega con los excesos, la violencia y la aceleración de los tiempos narrativos. El presente cuento nos muestra cómo una anécdota adolescente puede convertirse en una película de Guy Ritchie a través de los filtros de la memoria subjetiva.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

29 Enero 2019
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