La hora muerta

Ecos de mañana | Por Virginia (La Vampira) Ventura

Escuchá La hora muerta en su versión audiocuento

Gabriela abrió sus ojos. Estiró su mano hacia la pantalla del celular que yacía silencioso en su mesa de luz. Eran las tres y treinta y tres. La oscuridad era absoluta, pero algo parecía moverse. Encendió la luz, sus retinas se retorcieron de dolor. Cuando pudo abrir los párpados, contempló su habitación. Nada. Pero, en la oscuridad, hubiera jurado que algo se movía.

Cinco horas y arriba, pensó. Tenía que conciliar el sueño. Pero sentía arena en la garganta. La noche era fría y la llama del calefactor incandescente la había secado. Tomó coraje y abandonó el calor de las frazadas. No podía dormir con esa sensación. Caminó hacia la cocina sin encender luz alguna. Sus pupilas estaban suficientemente dilatadas para encontrar el camino. Una sensación de frío la atravesó y pudo sentir el vello de sus brazos erizándose. Se sacudió para librarse de aquel escalofrío. Tomó un vaso del secaplatos y abrió la canilla dejando que se llenara. En un giro de ciento ochenta grados, se acomodó sobre el reborde de la pileta de la cocina inclinando el vaso sobre su rostro al beber. A medida que el agua desaparecía del recipiente, podía ver en fondo del vaso la luz de la calle que se escurría por la persiana. Pero había algo diferente. Una silueta impedía el total fluir de los rayos. Esa silueta no estaba allí antes. Nada había entre la ventana de la cocina y la pileta.

El frío volvió a atravesar su cuerpo. El salitre del fondo del vaso y el grosor del vidrio deformaban la visión. No sabía de qué se trataba aquella silueta, pero no se atrevía a bajar el vaso. Sus temores no eran irracionales. Alguien se habría metido en su casa mientras dormía. Posiblemente esa presencia humana la había obligado a regresar del sueño. Rogaba que fuera un simple ratero. Y suplicaba que no hubiese notado que ella lo había descubierto. Debía bajar el vaso y hacer como si nada. Estaba comenzando a temblar. Decidida, confrontó a su enemigo bajando la lente difusa que había ante sus ojos y… nada. No había silueta alguna entre ella y la ventana.

Su imaginación somnolienta le habría tendido una trampa. Tal vez el fondo del vaso la había engañado. Decidió volver a colocar el vidrio ante sus ojos. La silueta no estaba. Apartó el objeto de su rostro. Era una evidente víctima de una imaginación irracional producto del sueño y la oscuridad. Probó mirar otra vez para borrar toda duda. Nada.
Permaneció paralizada unos instantes, apelando a recobrar su razón. Pero supo que sería imposible. Decidió encender las luces. La casa estaba tal como la había dejado antes de dormir. Sus lecturas sobre la mesa, su plato sin lavar en la pileta, la persiana baja, la puerta cerrada (tocó el picaporte), todo estaba en orden. Apagó la luz y regresó al calor de sus frazadas que aguardaban cariñosas su regreso. El calefactor encandecía, pero la habitación estaba helada. Se metió entre las cobijas y comprobó que gran parte del calor las había abandonado. Aunque no tardaron en calentarse y Gabriela no demoró en entregarse al sueño.

Cinco horas después, la pantalla del celular se encendía y una serie de sonidos la despertaban. No tenía la garganta seca y la habitación ya no estaba tan fría. Como cada mañana, encendió su computadora, se calentó una taza de leche en el microondas a la que agregó una cucharada importante de café y se sentó a beberlo mientras chequeaba el correo electrónico y el Facebook. Los sucesos de la noche anterior debían ser ignorados. Su imaginación irracional la había traicionado.

Despertó la siguiente noche, tocó la pantalla del celular. Eran las tres y treinta y tres. Los pensamientos irracionales se atoraron en su mente. El miedo la despabiló y se sentó en la cama encendiendo la luz de su mesa de noche. Miró a su alrededor. Todo estaba tranquilo. Los ojos le dolían por el resplandor intenso del velador, pero se negaba a cerrarlos. Tenía la garganta seca. Culpó al calefactor de todo. Se levantó, pero decidió no ir a la cocina. Recordar la silueta dibujada en el fondo del vaso le dio escalofríos. Aun considerando aquel episodio como un ejercicio desbordado de su mente aterrada, quiso evitar aquella sensación. Se dirigió al baño. Encendió la luz del espejo y asomó su rostro en él. Su mirada estaba puesta en su reflejo, algo pareció pararse detrás de ella. Giró la cabeza con la velocidad del susto que la impulsaba. Nada. Con recelo, miró nuevamente el espejo, pero, esta vez, concentrándose en aquello que había tras de sí. Nada.

El terror se había apoderado de su mente y había secuestrado a la razón, que a duras penas pretendía infundirle pensamientos realistas sobre la pura casualidad de haber despertado dos noches seguidas a la misma hora y haber creído ver algo… Pero el terror insistía en elevar su instinto irracional y anunciarle que algo estaba ocurriendo. Algo que no era posible explicar.

Allí, parada frente al botiquín del baño, decidió que debía ignorar su instinto e ir a dormir. Depositó la mano sobre switch de la luz y pudo ver cómo el vello de su brazo se erizaba. Culpó al terror de ese frío que comenzaba a recorrer su espina y camino a su cama lo más rápido que pudo. Se ocultó bajo las frazadas y apagó la luz. Pero no logró dormir. El día de trabajo sería demasiado largo.

El alivio que sentiría cualquier sujeto al volver a casa después de una noche de insomnio, para Gabriela se veía boicoteado por aquel temor irracional de los sucesos ocurridos en noches anteriores. Las palabras de una de sus compañeras sobre el suceso no habían sido alentadoras.

—Es un ente que está mirándote. Las tres de la madrugada es la hora muerta— le había dicho. A pesar de haber reído con ganas ante aquel alegato irracional, en sus oídos resonaba aquella frase: Las tres de la mañana es la hora muerta.
Se arrepintió profundamente de no haber invitado a Francisco a dormir, pero quería escarmentarlo por esas escenas ridículas de celos. Tenía que entender que esto no era una relación. Sin embargo, en ese instante, estaba dispuesta a dejarlo pretender que ella era su novia, sólo para no pasar la noche sola. Tomó su celular con la intención de llamarlo, pero su racionalidad, aun debilitada, se lo impidió. Estaba tan cansada que hibernaría más que dormir. Seguro que esta vez no despertaba. Además, mañana no había que trabajar temprano. Su razón le decía que todo era producto del estrés, de la ansiedad. Su razón le decía que Mariana, su compañera, era una pelotuda.
Esa noche cenó ligero y lo acompañó con una copa de vino. El sueño la sorprendió a mitad de la primera página del libro que iniciaba. El sueño fue profundo. Pero algo la despertó a las tres y treinta y tres.

Abrió los ojos y sintió el libro aún en sus manos. Aunque no era necesario mirar la hora, tocó la pantalla del celular sólo para estar segura. Ahí estaban, las tres y treinta y tres y esta era la tercera noche en la que esto ocurría. Dos podrán ser casuales, pero no hay casualidad en el número tres.

Ya no se reía de Mariana. Necesitaba saber que ocurría. Intercambió el libro por el celular. Entró en el navegador y le solicitó a Google una búsqueda. La hora muerta. La primera sugerencia era de Mundo Paranormal. Mientras su razón se mofaba de sí, su instinto le decía que necesitaba saber más. Aparentemente, era normal despertar a esta hora ya que los espíritus y demonios están en su apogeo. Era la hora opuesta a la muerte de Cristo, pero Gabriela no era cristiana.

Un ruido interrumpió su lectura. Agua. Parecía que alguien hubiese abierto la canilla de la cocina. Parecía que alguien estaba moviendo platos o vasos. Encendió el velador. El pasillo hacia la cocina se volvió oscuro, pero los ruidos se detuvieron. Su razón, desesperada le decía que todo era producto de ese temor irracional que la envolvía. Le decía que era una pelotuda por leer esas cosas ahora y escuchar a la pelotuda de su compañera. Y aunque su razón estaba siendo destronada por el instinto, ambos complotaron y decidieron que lo mejor era apagar la luz y volver a dormir.

Dejó el celular en la mesa de noche. Se acomodó en la cama, bien en el centro. Estiró su brazo hasta encontrar el interruptor y apagar el velador. Cuando la lámpara oscureció, la pantalla del teléfono continuó emitiendo un gran destello que pasados los segundos desapareció. Todo era oscuridad.

Cerró los ojos. Como si al cerrarlos el sueño fuera invocado. Trató de desviar sus pensamientos, pero una idea es una gran infección imposible de detener. Un virus que se enquista en la mente.

Ruidos. Siempre hay ruidos en la noche. Ruidos, oía ruidos. No eran esos ruidos nocturnos, no. Era el ruido de una canilla cerrándose. Era el ruido de manos sacudiéndose el exceso de agua. Eran ruidos en pasos envueltos en algodón. Cada vez más cerca, más cerca, más cerca.
Silencio.

El colchón se hundió a sus espaldas. Alguien se acababa de sentar en el borde de su cama. El miedo se había adueñado de todo. Su instinto la había paralizado.
Dos manos se posaron sobre su cuerpo. Abrió los ojos y vio algo que su razón no pudo explicar. Un grito se escapó de su garganta y las manos del ente la arrastraron hacia la oscuridad.

Virginia (La Vampira) Ventura

(Villa Nueva, Córdoba, 1983). Es Profesora de Lengua y Literatura, Licenciada en Letras, Diplomada en Lectura Escritura y Educación y Magister en Filosofía, Religión y Culturas Contemporáneas. Se desempeña como docente en la UNVM, donde creó el Seminario de Ficción Gótica. Allí también dirige un equipo de investigación: El modo gótico en la literatura argentina. Es profesora en el Instituto Superior Jerónimo Luis de Cabrera y en el INESCER. Su tesis de licenciatura está dedicada al gótico y los vampiros, investigación que le otorgó el nombre de La Vampira. Su tesis de maestría está dedicada a las brujas en la literatura gótica. Lleva escritos diversos artículos sobre este género que la obsesiona. Ha publicado narraciones en diversas antologías. Publicó el libro de relatos Sangre (Llanto de Mudo, 2014; Apócrifa, 2018).

Investigadora y académica especializada en la literatura gótica anglosajona, en sus cuentos Ventura busca una nueva mirada del género, tratando de actualizarlo y traducirlo a la realidad cotidiana de nuestro país.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

31 Enero 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar