Atlas de anatomía

Ecos de mañana | Por Matías Bragagnolo

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Llegué al hotel Punta Desnudez en abril, fuera de temporada.
Mi novio estaba de viaje por su trabajo y yo me había quedado sin trabajo. La plata nunca ha sido un problema en mi vida, con o sin trabajo estable, así que así, de un momento para el otro, se me ocurrió pedirle que, camino a su destino laboral de una semana, me dejara en Orense, un balneario anexo a un pueblo (¿o un pueblo anexo a un balneario?).

Me une a esa playa un vínculo casi carnal, definitivamente emocional, ya que los veranos de mi infancia transcurrieron todos ahí. Y para entonces, a mis veintiocho años, fanatizada como estaba con la fotografía y sin hijos aún, no se me pudo ocurrir mejor idea que volver al lugar que guardaba mis mejores recuerdos. Llevaba además casi diez años sin pisarlo, desde una viaje de nostalgia que habíamos hecho los cuatro hermanos solos después de la muerte de papá.

era una misión suicida desde el comienzo no lo sabíamos qué íbamos a saber si éramos tres mercenarios que ni siquiera habían completado la instrucción militar nos pagaban para que carguemos los cadáveres en el tranvía y los custodiáramos hasta la universidad donde los descargábamos para que el doctor los usara se imagina que nos ofrecieron una suma que hasta entonces jamás habíamos visto toda junta

Nunca había estado en Orense en otra estación que no fuera el verano. Me intrigaba cómo sería la vida cuando el frío lo cubría todo, la marea subía, los turistas se habían ido a casa y las casas de veraneo de la gente del pueblo se cerraban herméticamente hasta algún fin de semana largo sin lluvia. Quería fotografiar las salidas y las puestas de sol en la playa, los médanos, tanto los yermos como los arbolados, las calles de piedra, el mar embravecido...

oyó hablar de Pernkopf Pernkopf el médico una eminencia allá en Viena miembro del partido nazi decían que era y si no lo era trabajaba para ellos en un atlas de medicina lleno de láminas de cuerpos humanos diseccionados por él y dibujados por artistas todo un ejército de dibujantes a su servicio

Me alojé, como ya dije, en el hotel Punta Desnudez, que, dicho sea de paso, es el único hotel que siempre ha tenido Orense. Un hotel modesto, pero limpio y pintoresco. Una especie de torre blanca frente al mar, con habitaciones que dividen cada uno de los tres pisos como si fueran un queso o una torta cortados en cuatro porciones.

cuando se enteró que los norteamericanos tenían reservas indígenas donde todavía veneraban hermafroditas se le ocurrió que con las láminas de los genitales de esos cadáveres podía darle el toque final a su obra maestra el Tercer Reich le aprobó el presupuesto y hacia América nos trasladaríamos porque era mejor cazar a esos nativos allá y matarlos y cortarlos en pedazos y dibujarlos allá viajando de incógnito

Me había asegurado que estuviera abierto llamando por teléfono antes de salir de casa. “Con excepción de los feriados no abrimos el hotel fuera de temporada. Pero la embajada de Austria trajo a un ex-combatiente de la Segunda Guerra mundial a vivir acá sus últimos años, y con lo que nos paga está más que justificado tener el hotel abierto”, me dijo la esposa del matrimonio sexagenario a cargo del hotel. ¿Dueños? No estaba segura. Con mi familia siempre habíamos alquilado casas.

nadie sabía a ciencia cierta si el doctor Pernkopf estaba delirando ni con qué nos íbamos a encontrar en lo que era al fin y al cabo territorio enemigo decía que entre las tribus de aborígenes americanos había hermafroditas a los que consideraban cuerpos ocupados por un espíritu masculino y otro femenino bardajs les decía él que es prostitutos en árabe y en persa pero cuando los tuvimos a un tiro de piedra de prostitutos no tenían nada eran hechiceros que curaban, adivinaban el futuro y se encargaban de las exequias de la tribu o al menos eso fue lo que pudimos observar de esa tribu de navajos que llamaban a cada uno de esos hermafroditas nádleehí que quiere decir espíritu doble en el idioma de esos nativos

De más está decir que llegué sumamente intrigada por saber qué se escondía detrás del alojamiento del austríaco, a quien supuse viejo y decrépito.

cinco éramos en total con el dibujante llegamos por el pacífico en un portaaviones y desde ahí volamos por sobre el golfo de California y por sobre Sonora hasta llegar a Arizona donde tocamos tierra en paracaídas por entonces los Estados Unidos eran territorio neutral no por mucho tiempo más

Me aguanté de preguntar por el extranjero hasta que pasaron dos días y seguía sin cruzármelo. Me había sentado en uno de los sillones del lobby a leer, aprovechando junto a la ventana las últimas luces del día, relajada por la música bossa-nova que a los viejos les gustaba poner. “¿Nunca baja el señor...?”
“No, ya no”, dijo la señora. Marta. “Ya no. Y, Dios me perdone, pero así es mejor. Le llevamos la comida y las toallas y se sienta en una silla mientras le cambiamos la ropa de cama. Creo que no se ha bañado en los ocho meses que lleva acá. El olor es inaguantable, y no nos deja abrir la ventana. Antes bajaba y se sentaba ahí, donde está usted, toda la mañana, con su olor y sus delirios”.
“¿Delirios?”
“Delirios, sí. De a ratos. De a ratos hablaba”.
“¿En castellano?”
“Sí, claro. Habla muy bien el castellano. No mucho hablaba, de a ratos. Pero ese poco tampoco es muy coherente. Nada coherente. A mí había terminado por perturbarme. Por suerte dejó de bajar”.

caminamos a campo traviesa durante varios días y cuando ya llevábamos más de una jornada sin agua ni comida dimos con una tribu cuyo nombre ni siquiera conocíamos teníamos tanto hambre y tanta sed que no dudamos en hacernos ver el doctor insistía en que eran navajos nos acogieron con amabilidad y algunos incluso hablaban el inglés como el doctor por suerte una sola vez esa primera noche durante la cena uno de nosotros tuvo que abrir fuego matando a un ciego que deambulaba revoleando un palo cada vez que tenía alguno de los inexplicables ataques de ira que a nadie sorprendían por más que tuvieran vivir corriéndose de su camino errático

Durante los días siguientes dormí mucho y tuve horarios bien atípicos. Hubo días en que me levanté al amanecer y dormí después todo el día para después pasarme la noche leyendo alguno de mis libros o las revistas viejas que en cantidad tenían en el hotel. Revistas de historietas, revistas de chimentos, revistas de investigación científica... Todo podía ser útil para entretenerse en un lugar donde no había televisión y las señales de radio llegaban con bastante debilidad. Otros días llegaba de la playa cuando el viento frío terminaba por agotarme y merendaba jugando al ajedrez o al truco en el comedor con el viejo, Armando.

“¿De qué hablaba el austríaco?”

Me miró frunciendo el entrecejo. “Si le hubiera podido entender algo, le contaría. Pero era una incoherencia atrás de otra”.
Así de parcas eran las respuestas del matrimonio cuando del huésped extranjero se trataba. Y no eran evasivas: realmente no sabían nada del tipo. Parecían debatirse entre las ganas de que se muriera de una vez y el alivio que constituía para la economía del hotel tener a una embajada pagando todos los meses una suma que todo lo justificaba.

al amanecer nos encontramos con que éramos cuatro y nadie podía explicar qué le había pasado al que faltaba que era uno de mis dos compañeros si le interesa saberlo más tarde pudimos averiguar que le habían puesto piedras en la mochila cuando se durmió borracho con lo que habíamos tomado en la cena y borracho también se había ido al río a mear y ahí se había tambaleado y se había hundido en el agua con el peso que llevaba en su espalda

“¿Por qué se toman tanto trabajo los de la embajada? ¿Es un héroe o un criminal de guerra? ¿Una víctima a la que quien hacer callar o indemnizar?”
“Si supiera se lo diría. Pero nadie nos ha dado muchas explicaciones. Y con él no se puede hablar. Desvaría”.
Fui cada vez más carcomida por la curiosidad. Mi novio pasaría a buscarme ese fin de semana, el fin de semana siguiente al de mi llegada. Si no lograba hablar con el viejo loco antes del sábado iba irme con la mayor de las intrigas.

obsesionado con cumplir con la misión a toda costa el doctor nos prohibió que matáramos a los nativos que interrogamos para vengar la muerte de Ludwig no quería enemistarse con ellos hasta no haber raptado alguno de los hermafroditas a quienes todavía no habíamos visto esa misma noche tuve una pelea con uno de los navajos pelea que gané después de embocarle un puño cerrado en la boca abierta que gritaba al pelear mordió un poco pero no tardaron sus ojos en apagarse el doctor se negó a curarme la mano y ordenó con severidad a los otros dos que no se acercaran convencido que esos salvajes estaban todos enfermos de viruela y que para no contagiarse él mismo tendría que desangrar al hechicero antes de diseccionar sus genitales

Durante un par de noches me quedé por un buen rato con la oreja pegada a la puerta de su habitación en el tercer piso, la número 9. Desde el otro lado de la madera venía el olor a mugre, pero nada más. Era claro que si no tenía un interlocutor no hablaba. No estaba tan loco como para hablar solo.

dormíamos en la carpa con forma de hormiguero de unas viejas viudas cuando desperté y vi al doctor prendiendo fuego la choza qué hace doctor Pernkopf le pregunté y el muy mierda se echó a correr y yo lo seguí pero se montó en un cerdo enorme de los que criaban ahí y desapareció entre los pastizales a toda velocidad mi compañero el que junto conmigo seguía vivo tampoco estaba ni el dibujante y lo primero que hice fue buscar en la carpa vecina donde vivía uno de los hechiceros hermafroditas pero estaba vacía y su pareja estaba muerta y yo solo pude correr y correr buscando el punto donde todos nos reuniríamos para tomar un tren que nos permitiera cruzar la frontera con México, desde donde escaparíamos de regreso a Europa

Mi novio llegó y no dudé en trasmitirle mi curiosidad. Después de una tarde recorriendo juntos los médanos arbolados, decidimos que haríamos lo que fuera necesario para hablar con el viejo.

Lo que no sabíamos es que mientras nosotros tomábamos mate entre los médanos y fantaseábamos con encontrarnos algún animal salvaje (costumbre que, pese a la evidencia negativa, todavía seguía teniendo yo desde chica), nuestro viejo desconocido estaba muriéndose pacíficamente en su cama del hotel. Nos enteramos al volver con los últimos rayos de un sol casi tan frío como el agua del mar o el viento de la playa. El matrimonio parecía resignado, ni apenado ni aliviado. Y nosotros estuvimos a punto de meternos en la habitación número 9, pero por orden de la embajada debía permanecer cerrada con llave hasta que un representante llegara y la revisara. Y el matrimonio estaba dispuesto a cumplir con las instrucciones a rajatabla.

Por supuesto que nunca los encontré fui preso por vagancia antes de llegar a la frontera mientras pasaba lo de Pearl Harbor y los yanquis se convertían también en Aliados por desgracia me tomaron por loco y me devolvieron a mi país donde los soviéticos me trataron como prisionero de guerra hasta que volvió la República en el ‘55

Al pedo fuimos hasta la embajada de Austria acá en Capital Federal después de haber buscado en todos los diarios si había salido alguna noticia sobre la muerte del extranjero. Nadie parecía saber nada. Jodimos un par de días más con el tema, especialmente después de cenar, que es cuando más nos aburrimos, y ahora no pasa de ser una anécdota boluda que contamos cuando no hay otra cosa que contar en las reuniones con los amigos que la madurez nos ha dado.

Matías Bragagnolo

(La Plata, 1980). El sello Extremo Negro publicó sus novelas Petite mort (2014-Argentina / 2015-España; finalista de los concursos “Laura Palmer no ha muerto” en 2010 y “Extremo Negro - BAN!” en 2013) y El brujo (2015) y la editorial La otra gemela su novela La balada de Constanza y Valentino (2018). Cuentos suyos han sido publicados en antologías, revistas y diarios (Entre dientes, La Bruma, NCO de La Matanza, Relatos Sin Contrato, Hoy Día Córdoba, The Wax, Antología Penumbria de cuento fantástico Nº 41, El monstruo era el humano, Cuadernos de Ficción: Horror, etc.). En octubre de 2018 se publicó la novela corta El destino de las cosas últimas (editorial Indómita Luz).

Verdadero explorador de la oscuridad del alma humana, Bragagnolo propone una literatura revulsiva e impactante, muy a contrapelo de las modas literarias del momento. En un estilo barroco pero de calculada contundencia, trata temas diversos que tienen como eje común retratar la locura de la existencia humana en un siglo XXI en donde las desigualdades de siempre y los crímenes más abyectos se maquillan bajo el estéril barniz de lo políticamente correcto.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

04 Febrero 2019
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