El pueta maldito

Ecos de mañana | Por Cezary Novek

Escuchá El pueta maldito en su versión audiocuento

La primera anomalía, según me dijeron, fue que los posteos del Danilo dejaron de tener errores. El de Quinto de la mañana, vieras que bestia que era para escribir. Cuando le pidieron el examen y devolvió la hoja embellecida con una delicada caligrafía que, además, estaba compuesta por un perfecto castellano, nos empezamos a preocupar bastante, para qué te voy a mentir. Y, sí, la cosa pasó a castaño oscuro cuando empezó a subir esos poemas y lo tuvimos que llamar a Caorlin. No, obviamente que no lo tengo en redes sociales. Los otros profes tampoco. Pero los compañeros sí. Y siempre vienen con el chisme. Pobre chico. Tan tímido y calladito. Más fiero que agarrarse los huevos con la puerta de una catedral, pobre. Y encima se le murió la abuela hacía poco, cuatro o cinco meses. Llegaba siempre tarde y una vez le comentó al preceptor que no estaba durmiendo bien porque a la noche se le aparecía la vieja. Entraba por la puerta como si nada y se le sentaba en la punta de la cama a mirarlo. Le pedimos más detalles al prece, que es más chusma que la vieja del ’71. Y entonces el tipo dele tirarle la lengua le sacó charla al pibe. Parece que la finada no decía nada. Con lo verborrágica que era en vida. Parecía que declamaba en la radio cuando era joven. Se le sentaba todas las noches a mirarlo y el chico se hacía encima del miedo. Hasta que un día juntó valor y le preguntó que qué quería. La vieja habló sin despegar los labios, como hacen siempre los muertos cuando se te aparecen en los sueños: que no podía entrar a su casa, que no podía encontrarla, que no tenía dónde vivir, que cómo iba a hacer.

El pobre Danilo le dijo que a la casa la habían vendido y ahí nomás fue demolida porque el dueño nuevo quería hacer una playa de estacionamiento. Ahí parece que la vieja se enojó y le contestó algo así como que “entonces voy a vivir con vos”. Y cómo será el susto que se pegó que al otro día cayó con el pelo blanco de canas, como le pasa a algunos soldados cuando vuelven de la guerra. El director pensó que se había teñido para hacerse el turro y quedó como un paspado cuando lo quiso retar y el chico le dijo que era así su pelo. Y de la nada me vienen con esto de los poemas. Yo les dije que no le den bola, que seguro se le había dado por compartir textos de Rubén Darío. Esos poemas infumables que pululan por la red como ladillas en un telo. Pero no. Los chicos insistían que chequee. Y tenían razón. Esos poemas no existían en la red. Debían ser suyos. No quedaba otra. Parecían esas porquerías que escriben los “puetas” de pueblo, que se estancaron en la producción temprana de Lugones y nunca más bebieron de otras fuentes, aunque el tipo haya muerto hace más de ochenta años. Bueno, sí, no tiene todo el mundo la obligación de saber de literatura. Menos como está la educación hoy en día. Los profesores de Matemática no saben quién fue Lugones ni Darío, y los de Lengua tampoco sabemos calcular la superficie de una baldosa, para qué te voy a mentir. Entonces tenés que la mayoría de las personas no leen poesía –e incluso la odian– sin saber por qué. Y la culpa es de los encargados de transmitirla. Es decir, los profes. No se actualizan. Siguen enseñando con material que ya era viejo cuando sus padres eran chicos. Y qué querés. Los pocos que se dedican a la poesía terminan tirando la toalla cuando tienen que salir a laburar. O cuando se casan y la mujer los manda a laburar. O cuando tienen hijos y no les queda otra que salir a laburar. O cuando los padres se hartan de mantenerlos y los obligan a laburar, en fin.

Pero a veces no pasa ninguna de esas cosas. Ya sea que los padres tengan de sobra para sostenerle la gilada hasta que consigan un cargo. O que tienen contactos en cultura y logran ubicarlos de jovencitos, así se los sacan de encima de una vez y para siempre. Entonces se dedican a ambientar, tienen asistencia perfecta a todas las presentaciones, se la pasan chupando de arriba siempre que pueden. Se tirotean con las minas que están en la misma onda y así. Pasan los años y el alcohol les pasa factura. Mantienen un mínimo de funcionalidad como para cumplir horario en alguna oficina polvorienta de la biblioteca pública o algún edificio del gobierno. Se llevan un termo con ginebra o vodka, bien de canuto. Saludan a todo el mundo con una sonrisa adormilada. Y después los ves ahí todo el día, tranquilitos, dele que dele “tomar mate” y garabatear cuadernos. Y así salen los poemas. Sí, me fui un poco al carajo con los detalles, pero imaginate cómo pueden ser esos poemas. Un divague etílico derramado sobre una estructura gramatical perfecta como anacrónica. Que huele a naftalina, digamos. ¿Te hacés la idea, entonces? Bueno, Caorlin era uno de esos. Y lo tuvimos que llamar porque no quedó otra. Yo lo conozco porque es íntimo de un profe que tuve en la facultad. Y me contó que el tipo es grosso, que se leyó todo. Que puede ser un borrachín pero que tiene una memoria a prueba de balas. Y hasta colaboró como asesor de la policía en un par de casos. Ya sé que no hay que ser muy instruido para estar en posición de asesorar a la policía, pero este tipo ayudó a resolver casos. No me acuerdo cuáles, pero eran casos de esos que dan miedo. ¡Qué sé yo! Me contó el amigo del hijo de mi profe de la facultad. Me dijo que no le pregunte porque no le gustaba hablar de eso. ¿Me vas a dejar terminar o vas a seguir cuestionándome las fuentes? Te digo que yo lo llamé a Caorlin, pero no estuve ahí presente. Estaba del otro lado de la puerta. Típico de los directivos, que te dejan fuera cuando viene la parte más interesante.

Cuestión que estaba el chico ahí. El preceptor, el coordinador, la psicopedagoga, los padres de Danilo, el vice, el director y la secretaria. Afuera me quedé yo, tratando de atajar a los compañeros que se empujaban para tratar de parar la oreja contra la puerta. Yo no lo vi, pero el coordinador me contó. Y el preceptor me dijo lo mismo. Estaban ahí y el Danilo no parecía ni enterado de lo que estaba pasando. Quiero decir que parecía mirar todo con otra actitud, no la de chico retado que tuvo siempre, sino de compasión mezcla con pedantería. Y lo ponen a hablar con Caorlin, que nadie sabía bien qué podría hacer pero era el último manotazo de ahogado porque ni la psicopedagoga podía explicar lo que estaba pasando con él. De ser casi analfabeto pasó a escribir sin errores, con buena letra y luego a componer sonetos y poemas con un estilo más rancio que discurso escolar. Había levantado las materias de la nada, como si de pronto ya tuviera estudiado todo el secundario. Ni que le hubieran instalado un sistema operativo con conocimientos incluidos, como dijo uno de los profes. Los compañeros le empezaron a tener miedo desde el día que cayó canoso de la nada.

Encima le cambió la mirada y, para peor, se volvió más y más afeminado con el correr de los días. Se ponía litros de perfume y andaba siempre con una chalina al cuello, incluso los días de calor. Imaginate el quilombo que se nos podía armar si alguien decía algo sobre ese cambio. Con los tiempos que corren es menos peligroso robarse el mobiliario escolar que hacer comentarios sobre esos temas. No es joda, desaparecen muebles todo el tiempo y nadie dice nada, pero si llegás a llamarle la atención a alguien que llegó tarde o faltó sin avisar te pueden hacer un buraco así. Posta. Hay un profe que no venía nunca y la vez que le dieron el ultimátum metió abogados y dijo que lo discriminaban por rengo. Creo que nadie se había dado cuenta nunca de la renguera esa hasta que saltó el quilombo, pero bue. No, fue dos gestiones atrás, antes que yo entrara. Sí, te decía que en el colegio ya no sabían qué carajo hacer con el Danilo pero se tiraban el problema los unos a los otros como una papa hirviendo. Entonces entra Caorlin y lo saluda. Un viejo pelado, gordo y de casi metro noventa, imaginate. Capaz el alcohol lo mantiene en conserva porque parece de setenta pero tiene, fácil, diez años más. O quince. El Danilo lo miró de arriba abajo y no dijo nada. Caorlin le dijo que había venido porque estaba interesado en leer sus poemas, ya que sus maestros le habían comentado que era una joven promesa y que a ese material tan bueno debía revisarlo “alguien que sabe del tema”. Ese fue el chamuyo flojo que le inventaron los directivos para atenuar “lo violento de la situación”. La cosa es que el chico lo mira fijo un rato largo. Pero largo, largo. El aire se cortaba con una motosierra según el coordinador. Caorlin le sostuvo la mirada sin que se le moviera un pelo. Aunque después todos dijeron notar algo raro en su mirada también. El chico se dio vuelta, abrió la mochila y le mostró la carpeta llena de poemas con caligrafía estilizada. El viejo empezó a leer y los ojos se le abrían como si los fuera a cagar de un momento a otro. Sí, re ordinaria la imagen, perdón, pero te juro que parecía eso. Entonces se pone a pasar las hojas, cada vez más nervioso.

Busca algo y no para de hojear la carpeta hasta que encuentra un par de versos que parece reconocer. Y después otro, y otro. Entonces el viejo lo toma de las manos y le dice: “Rita, ¿sos vos?”. Y ahí nomás le metió un chape al pobre pibe. Los demás presentes se quedaron congelados donde estaban, porque –preparate porque acá viene lo mejor– el Danilo no lo rechazó. Más bien todo lo contrario. Y después de ese ratito que pareció durar una eternidad, se armó la batahola: se le tiraron encima todos, los separaron a puñetazo limpio, los directivos se metieron a atajar a los padres, la puerta se abrió, los chicos vieron el quilombo, el viejo Caorlin se descompensó, el chico se le tiró encima a abrazarlo y no lo quería soltar. La ambulancia se tardó tres horas y el viejo había estirado la pata para entonces. Estaban todos sacadísimos. Pero el peor de todos era el padre del Danilo, que lo pateaba a Caorlin y le decía todo el tiempo “¿de dónde la conocías a mi vieja? ¿De dónde, decime?”.

Cezary Novek

(La Paz, Entre Ríos, 1982).
Docente y periodista freelance. Coautor de El vaso ruso. Verdad, compromiso y batahola (Postales japonesas, 2010) y Letra muerta. Una novela en la argentina postapocalíptica (Llanto de Mudo, Fan, 2012). Autor de Ropa Sucia (2011), Comidos (2014, La Sofía cartonera, UNC), Los colores que no vemos (2015, Colección Leer es Futuro, Ministerio de Cultura Presidencia de la Nación) y La configuración del silencio (Contamusa, 2018) y Cada día es un pájaro que se muere (Color Ciego Ediciones, 2019). Participó de las antologías Mala sangre (Colección Pelos de Punta, 2015), Muertos (de amor y de miedo) (Ediciones de la Terraza, 2016) y Literatura barata y discos de goma (Color Ciego Ediciones, 2017), Mare Monstrum (Austrobórea, Chile, 2017) y El foso. Historias desde el abismo (Austrobórea, Chile, 2018). Colabora con los diarios Hoy Día Córdoba y Marcha Noticias, entre otros.

El audiocuento es una realización de “Staff de Cuentos Criollos”

@cuentoscriollo

13 Febrero 2019
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