Monjas que escriben poemas en la Córdoba colonial

Jaqueline Vassallo

Corría el siglo XVII y en su celda del Convento de San Jerónimo situado en la ciudad de México, Juana Inés de la Cruz escribía el siguiente estribillo que estaba destinado a ser leído en la celebración de la profesión de una nueva religiosa:

Vengan a la fiesta, vengan señores,
que hoy se casa una Niña, y es por amores,
de hermosura ella está llena,
y él de bellezas colmado:
él es un Clavel rosado,
ella en su amor, hoy se estrena,
y él la colma de favores.
Vengan a la fiesta, vengan señores .

Seguramente, se trata de uno de los escritos menos conocidos de Juana de Asbaje cuya obra literaria sobrepasa en cantidad y calidad a todas las escritoras conventuales de tiempos coloniales. Su genialidad ocupó la atención privilegiada de la academia que la estudió desde múltiples perspectivas; de allí que se produjera la invisibilización de las voces de mujeres que escribieron y reflexionaron en monasterios situados a lo largo y ancho de la América hispana. La excepcionalidad de Juana no dejó ver a otras, que también tuvieron talento para la escritura. Sin dudas, el “síndrome de la gran mujer” contribuyó a acentuar el anonimato de muchas otras, entre ellas, la poesía escrita por las monjas carmelitas de Córdoba, que vivían en una ciudad ubicada en los confines del imperio español.

Por entonces, los monasterios ofrecían a las mujeres espacios de creación y libertad, de estudio de interiorización, de experiencia y de belleza. Como todas las mujeres que transitaron el orden colonial, fueron consideradas inferiores, incapaces, menores perpetuas y por lo tanto, sometidas a tutela masculina. Sin embargo, el control que ejercía el obispo estaba mediatizado por el que ellas mismas practicaban en el desempeño de los cargos dentro de la comunidad. Incluso, en varias oportunidades, las decisiones de estas mujeres prevalecieron sobre las de aquél, como ocurrió en el convento de las teresas.

Evidentemente, en aquella sociedad jerárquica y tradicional, no cualquier mujer podía aspirar a ser monja. Además de las exigencias sociales y económicas prescriptas y el contar con “buenas costumbres, virtud y habilidad”, también había que tener cierta educación. La vida religiosa requería una educación más avanzada que la que podían tener algunas mujeres laicas de la época, quienes apenas podían leer el catecismo, firmar, escribir y dominar las “artes” femeninas: la cocina y el bordado.

La escritura fue una de las actividades más importantes dentro de los monasterios. Fue así como escritura de mujeres y escritura conventual se convirtieron en sinónimos. La escritura daba a las monjas la posibilidad de “escribirse y de escribir su deseo”, algo inédito para las mujeres de aquellos tiempos, aunque no podemos olvidar que escribían para un destinatario concreto: el confesor que solicitaba u ordenaba la redacción.

Una mirada interesante sobre esta cuestión la aporta la investigadora española Beatriz Ferrús Antón, quien nos dice que la escritura también era considerada como “labor de manos” porque estaba dirigida a evitar la “mala ociosidad” de las monjas. Es decir, se les instaba a escribir para mantener las “manos ocupadas, como podían también hacerlo con el bordado o la repostería. Es por ello que a los escritos de monjas no se les reconocía ningún valor literario ni de autoría, como tampoco existió demasiada preocupación por su conservación, lo que explica que se hayan perdido muchos archivos de monjas.

Tal vez por eso, los 29 poemas originales escritos por las teresas de Córdoba fueron hallados de modo casual en 1972, entre “las páginas de un viejo libro en blanco”, en el Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda, que había sido fundado cuatro años antes. El concepto de “labor de manos”, también puede ayudar a explicar el modo en que se rescataron y visibilizaron estos poemas en el siglo pasado: fue en 1986, en el marco de la II Exposición de la Feria Internacional del Libro de Córdoba, cuando se pusieron a consideración del público, pero sólo por el interés artesanal que tenían los documentos -con forma de tarjetones-, cuyos bordes habían sido calados en forma delicada.


Se trata de un corpus de veintinueve poemas. Veintiocho de ellos, escritos por un grupo de monjas carmelitas en 1804, en ocasión de la muerte de fray José Antonio de San Alberto quien había sido obispo de la ciudad entre 1780 y 1785. Y otro, escrito por la hermana “teresa” del obispo Moscoso y Oblitas, sucesor de San Alberto, quien también falleció ese mismo año.

Tal vez, sería oportuno leer estos poemas, teniendo presente el patio del primer claustro, desde el que hoy se puede ver la Catedral- que había sido consagrada por San Alberto en 1784-, y de este modo, recuperar la misma vista que pudo tener una de ellas al escribir el poema:

Catedral esposa amada
San Alberto fue tu Esposo
y lo fue tan generoso
que te dexó mejorada
por él quedaste blanqueada,
con famoso Altar mayor,
con un Coro encantador,
que publica, dice y grita
que este Sabio Carmelita
te fue un esposo de honor

En la actualidad, los guías del museo dedican especial atención a estas monjas que escribieron poemas. Una buena oportunidad para descubrir voces que han volado desde tiempos coloniales y que hoy llegan en momentos de enormes desafíos para todas las mujeres de este siglo.

 

 

 

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