La quincena perdida

Por Sebastián Menegaz

Libro en bolsa (Florence Debray: la hija de Danton) en la puerta me detuvo una lluvia de Ray Chandler. Quiero decir: parecía haberse desatado con el único propósito de introducir un impermeable. Que para mi sorpresa –¡miré para todos lados!– no lo hubo. «Geiger apareció a eso de las cuatro. Un cupé color crema se detuvo frente a la tienda y tuve una rápida visión del ancho rostro y del bigote a lo Charlie Chan cuando Geiger bajó y entró en el establecimiento. Iba sin sombrero y llevaba un impermeable de cuero verde, con cinturón». Retrocedí: esto desde luego era injusto. En The Big Sleep (de pronto me descubrí haciendo tiempo en una mesa de altísima rotación –Todo Marlowe, RBA–) la lluvia es una progresión de acordes de la mejor cepa. Una mano izquierda de la más académica prestancia. Nada menos hard-boiled. Es un «aspecto lluvioso» en las faldas de las colinas, cuando el sol palidece en el jardín de los Sternwood. Para después convertirse en una «atmósfera pesada» en la habitación de Mrs. Regan, cuando echada en una chaise longue, descalza, sujeta una copa y bebe un sorbo antes de dirigir una mirada fría por encima del borde. Es una descarga de truenos sobre las colinas y «un cielo rojinegro» cuando Marlowe, cauto, le sube la capota al coche, y son unas gotas espaciadas que dejan sobre el pavimento «huellas del tamaño de una moneda». Es una lluvia violenta que forma un charco junto a los pedales, antes de que Marlowe se ponga el impermeable y corra al bar más próximo, y a poco tan sólo el sonido de la lluvia golpeando contra el techo y las ventanas del norte (ningún coche, ninguna sirena, ningún ruido) cuando el ojo de vidrio en el cadáver de Geiger es lo único en él que conserva «una sensación de vida». Es –por cierto– en Killer in the Rain (uno de los cuentos que Chandler reformula y despliega en The Big Sleep, los de la revista Black Mask, publicado cuatro años antes, en 1935) donde una lluvia más arbitraria –pero con el mismo instinto verbal– dispone los impermeables en la utopía fashion del género («Pese a que el día se había vuelto cálido y despejado después de la lluvia, todavía llevaba su impermeable de gamuza») y de paso le sirve una cápsula retórica a las transiciones y al cambio de aire de los diálogos (a los hospedajes más infigurables de la peripecia) cuando la trama parece quedarse sola, como enajenada en su propio vigor. ¡Eso sí es hard-boiled! El genio de Chandler radica precisamente en haberse calzado el frac sin quitarse el impermeable.

En leer el hard- boiled (incluido a Hammet) para ahorrarle a los snobs el desengaño. (Un poco a la manera en que Puig lee el folletín que sus lectores definitivos no leerán jamás.)

Por cierto: dejé un mamotreto (Todos los cuentos) junto al otro (Todo Marlowe) y abrí un Piglia antepóstumo (¡ántumo!) (¿más fantasmal?) en un anaquel lleno de recuerdos: Pitol, Perec, Pérez Gándara. ¡Bendita lluvia! (Volver a tener veinte años). Wrong Pidgeon (El lápiz, en la compilación de RBA) es el título del último cuento que Chandler escribió, en el 59, el año de su muerte, veinte después de la publicación de The Big Sleep. El mismo donde Marlowe lee –en un motel, en Phoenix– la novelita hard-boiled con la que Piglia calcula la parábola del género; aquella que en 1841 «se abre en una oscura librería de la rue Montmartre» (adonde Dupin –la cláusula es un best off– va a buscar un libro y se encuentra con el género) y «se cierra en la pieza de un motel en Phoenix donde Marlowe lee, escandalizado, una novela policial barata». [«Me pregunté por qué leía esa basura cuando podía estar aprendiendo de memoria Los hermanos Karamazov»]. Pues bien: ¡esa basura perfectamente podría haber sido Killer in the Rain!

Los cuentos de Black Mask. Y The Big Sleep –la primera novela del Chandler estilista– su reescritura trascendental bajo la tutoría de otro reventado. Por ahí menos el de los Los hermanos Karamazov –es posible– que el de El jugador: «¡Cosa rara! Para ocuparme de algo, saco prestadas de la mísera biblioteca de aquí las novelas de Paul de Kock, que casi no puedo aguantar […] es como si temiera destruir con un libro serio o con cualquier otra ocupación digna el encanto de lo que acaba de pasar». (El mismo Dostoievski –en suma– que parece escribir el epitafio del Golem: «Apostamos y perdimos; luego perdimos dos veces más».)

Si yo fuera editor y me sobrara el dinero o el standing (no necesariamente la dignidad) fundaría una editorial dispuesta a brillar y apagarse como un petit palais con las térmicas chicas; como una araña semental en el orgasmo que la disuelve (quiero decir: ni independiente ni artesanal ni cartonera: una editorial dandy); le daría a traducir a María Martoccia los tres volúmenes de las memorias de John Houseman (Run-Through, Front and center, Final dress, todos publicados entre 1972 y 1983), armaría una selección con sus relatos más inverosímiles (empezando por el famoso backstage de La dalia azul) y lo titularía La quincena perdida. Es decir: el mismo título que John Houseman eligió (al menos en la traducción de Bruguera de 1979, creo que no ha habido otra) para su prólogo a la edición en libro del guión de La dalia azul. La novela en veremos que al propio Houseman (el Danton de Orson Welles) le pareció que podría ser una película ideal para Alan Ladd (o sea: una Big Mac). Era la guerra, Ladd debía enrolarse, la Paramount puso a George Marshall a filmar cuando Chandler todavía no terminaba el guión –Marshall que sacaba tomas más rápido de lo que Chandler se tronaba los dedos–, mientras Chandler, sobrio como un contable, no conseguía descubrir quién era el asesino. Con la soga al cuello (él y Houseman) Chandler exigió –para resolver el guion in extremis– tres requisitos: «A. Dos Cadillac tipo limusina, con chófer, apostados día y noche delante de su casa para: 1) Ir a buscar al médico (de Ray, de Cissy o de ambos) 2) Llevar y traer páginas del guión. 3) Llevar a la criada al mercado. 4) Contingencias y emergencias. B. Seis secretarias –en tres turnos de dos– preparadas y disponibles en todo momento, para dictarles, escribir a máquina y otras urgencias». El tercero era una línea telefónica directa con el despacho de Houseman de día, y con la central telefónica del estudio de noche. (Por lo demás, del insomnio se encargarían el ayuno, el bourbon y las inyecciones de glucosa). En la escena final del relato de Houseman, Chandler está tumbado en un sillón, inconsciente, y encuentra junto a un vaso medio vacío de bourbon unas páginas de guion, corregidas a mano, en las que lee la solución: Dad Newell. Como el propio Chandler, Houseman parece haber aprendido de Marlowe que crear las condiciones narrativas sobre las que un mito personal será restituido (esa ceremonia) es una de las operaciones fundamentales de la novela moderna.

Antes de irme volví a abrir The Big Sleep. «Crucé la calle y anduve dos manzanas hacia el este, en busca de la otra librería. Ésta se acercaba más a lo que yo buscaba: un local pequeño y estrecho, lleno de libros desde el suelo hasta el techo, y en el que cuatro o cinco personas hojeaban libros ociosamente y manoseaban las novedades. Nadie se fijaba en los demás». Cosa curiosa: es precisamente en esta librería donde Chandler pulsa la lluvia en una cesura. «Le di las gracias y me marché. Había empezado a llover y tuve que correr con el paquete bajo el brazo. Mi auto estaba en una bocacalle del bulevar, casi frente a la tienda de Geiger. Antes de llegar, ya estaba completamente empapado». Yo también.

 
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