Hubris, mafia y ajedrez: hay Peaky Blinders para rato

Diario Serial | Por Debret Viana

La quinta temporada de Peaky Blinders acaba de ser subida a Netflix y parece gozar de una inusitada salud. Mientras son frecuentes las series que agotan su potencial en las primeras temporadas, y estiran su continuidad refritando la mecánica del suceso inicial o bien facilitándonos la fuga de la vigilia con peripecias de relleno que ya poco tienen que ver con la gracia inicial, Peaky Blinders brilla con el fulgor de las cosas que están apenas comenzando.

Cancelando toda chance de spoiler voy a evitar narrar el clásico de qué va y en lugar de eso he aquí una arremolinada lista de elementos que forman parte de la nueva temporada.

Corre el año 1929 y Tommy Shelby, el mejor Corleone desde Michael, se metió en política. El crack de la bolsa dejó a la familia al borde la quiebra, está el IRA por un lado, los comunistas por otro, espías, doble-agentes, gitanos, Churchill, cocaína y ataques de pánico, Tommy todavía hace gin, pero se volvió adicto al opio y es atravesado por episodios oníricos que oscilan entre Lynch y la última temporada de Bojack Horseman, y a todo esto, el fascismo comienza a dar los primeros fuertes pasos en Londres.

Si bien no hay ocasión histórica que la narrativa de Steven Knight, el escritor y showrunner de Peaky Blinders, deje afuera, sostiene la elegancia de no ser servil a ninguna: las circunstancias están ahí, pero la serie no se distrae en explicarlas ni las deja cobrar un protagonismo absoluto: tiene algo mucho más interesante que contar: a Tommy

Shelby, el mafioso sanguinario y de buen corazón, héroe de la primera guerra, frío, calculador, atribulado y pendenciero, con mambos existenciales avant garde que forjan líneas exquisitas, de una literatura infrecuente en la serialidad contemporánea.

Tommy Shelby, a lo Don Drapper o Walter White, es la verdadera historia y la medida de las cosas; la trama nos interesa en tanto qué va a hacer Tommy con todo esto.
Pero hay siempre un procedimiento narrativo que algún espectador mañoso podría acusar de chapucero en Peaky Blinders, como se lo acusaba de tramposo a Conan Doyle, por permitir que Sherlock resuelva el caso gracias a esa pista que nunca fue mencionada: mientras vemos cómo se abren ante Tommy Shelby mil frentes de batalla sabemos que hay un plan que está pergeñando en el horizonte, hay una manera gloriosa y exquisita en que todas las piezas serán articuladas para dar la estocada final e hilvanarlo todo en una victoria inapelable, pero todo esto ocurre por el rabillo de nuestro ojo: lo vemos y no lo vemos: lo vemos tarde, cuando ya está pasando, y nos damos cuenta de que lo vimos pasar y no lo integramos a la ecuación del relato porque pasó rápido, o estaban pasando muchas cosas a la vez, o para ser francos no había modo de urdir un relato que aunara la dispersión de circunstancias que iban sucediéndose.

Pero Tommy lo hizo, porque su habilidad es precisamente esa: la de detectar el relato que subyace en los eventos diseminados, y ver en el caos que ruge alrededor como un tornado inminente la posibilidad de un camino.

Una de las mayores riquezas de Peaky Blinders se sostiene impecable en esta nueva temporada, que inicia una trama de por lo menos dos temporadas más: la densidad narrativa. La ostensible espesura del relato da cuerpo, contiene y enmarca las peripecias de la familia Shelby.

La complejidad con la que está elaborada cada escena, dispuestas muchas de ellas con la extensión teatral tarantinesca que promueve sublimes duelos actorales (una alternancia de monólogos y silencios que dan en el espacio al actor para que vaya a fondo; memorables han sido en las temporadas anteriores los duelos entre Cillian Murphy vs Tom Hardy, Murphy o Hardy vs Adrien Brody, Murphy vs Helen McCrory, la entrañable Polly) también es un recurso eficaz que da cuenta como pocas series del poder del contexto: tan viva es la elaboración de las diversas problemáticas de la época que es arduo ver cuál es un peldaño por la cual la trama va a ascender, y cuál un señuelo, grato en sí mismo, pero concluyente en sí mismo.

La quinta temporada arriesga: más lenta que las otras, apuesta a un viraje en la dinámica de la mafia de la familia Shelby, pero es fiel a la estética y a la forma; a pesar de críticas inconformistas que la acusan de las cosas que ya estaban en la serie desde la primera temporada (caminatas en cámara lenta, mucho Nick Cave y brit-pop, cliffhangers excesivos y resueltos con sencillez, plot-twists a espaldas del espectador, cierta morosidad y explosiones tan arbitrarias como estilizadas, etc.) al menos yo no tengo dudas de que Peaky Blinders, superadora de Boardwalk Empire, va en camino de desbancar a The Sopranos como la serie de gángsters del siglo XXI, y es también de las pocas series actuales que alcanzan una quinta temporada rebosante de salud.

Además de que me dio una de las mejores líneas del año: “Hay una parte de mí que no me es familiar; y no dejo de encontrarme a mí mismo ahí”.

Con todo, el asunto ahora es cómo han de lidiar los Shelby con el advenimiento del fascismo en Europa; ¿será Peaky Blinders la narrativa británica del período entre guerras, o Tommy, salido y trastornado por la primera guerra mundial estará implicado también en la segunda, y si es así, qué rol, quizás cercano a Churchill, quizás indispensable para que Inglaterra resista, ejecutará con su agraciada hubris, que oscila entre el elegante ajedrecismo y la pulsión suicida?

 

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