Fe a oscuras

Sobre “Lobo alucina”, de Claudia Huergo. Borde Perdido editora. 2018

Por Nicolás Jozami

Lobo alucina es una invitación a deshabitarse. El texto está dividido en cuatro secciones fronterizas, en lo que de afinidad contiene ese adjetivo. Afín en cuanto a que une precisamente a partir de lo que separa. Esas secciones son “Abecedario de la culpa”, “El parentesco exacto”, “En todo lo que oscurece”, “Y no un guadal”. Trazando un recorrido, uniendo las cuatro partes, obtenemos una clave para sumergirnos en la poesía de Huergo: no todo es lo que parece, y hasta hay que desentrañar la apariencia.

En la primera, la culpa tiene sus letras, que deben ser dispuestas de cierto modo por cada habitante del lenguaje para formar significación; en la segunda, ¿dónde está el límite fronterizo en el parentesco, la filiación, la representación o la (deleuziana) alianza?; en la tercera, cada objeto, cosa, ser, oscurece, por lo que hay que ver cómo miramos para llegar a su luz; por último, el guadal aparente otra vez es como la ilusión (alucinación) óptica en la ruta (de la experiencia), algo que nos anuncia su ser pero que finalmente, no lo es.

Pero entremos al poemario para constatar estas percepciones mutables que pueblan el sentido estético que ofrece Huergo. La idea de frontera surge en el primer texto. “También queremos ser extranjeros para alguien”, y qué más extranjería que la del lenguaje: “El lenguaje es una piel suelta que demarca la zona que separa”. La poeta arremete con la furia de la representación, de la presencia inaudita que no deja lugar al goce del desvanecimiento y la metamorfosis: “Todos nosotros simulábamos orfandad”, escribe en el segundo poema. En este abecedario, yo trocaría la felicidad por el deseo. “Hay un hambre que sólo se dice a boca cerrada: la felicidad es un lobo insaciable”. Sin lenguaje, la insaciabilidad muda del deseo crece. Las metáforas y hasta metonimias sobre el aparato físico-fónico, su densidad y espesura (“siento vergüenza del mundo y de mis dientes”) cobran un tinte magnánimo. El sujeto tiene ese parentesco distante -inconsciente- con el deseo de nombrarlo todo, y aquí “todo” es su experiencia, como la de las fiestas navideñas con la abuela, quien “hace rato que alisa con su manita las flores de hule (del mantel)”.

En la segunda sección, el acercamiento y la lejanía son los modos del alucinar. La infancia se zurce con el final, ya que “El patio es una morgue improvisada” donde la trampa, el escondrijo, está en el vocablo “improvisada”, es decir, hecho con lo a mano, sin poder reflexionar ni pensarlo mucho. “Vengo de la conversación de otro”, es saberse en el cenagoso guadal de las voces, donde la intermitencia de nuestra nota debe ser buscada, asimilada, para reconocer nuestra capacidad existencial en el lenguaje.

En la tercera, las trampas son reflejadas por la cárcel de la vivencia deseante, que busca su abecedario correspondiente. Huergo escribe: “Debajo de la mesa./En el ventiluz/atrás del espejo/sobre la boca de tormenta/en el ojo cansado. Todos los días/trampas se tejen./Cuando duermo/la araña del sueño/me trabaja los párpados”/. La amenaza del silencio podríamos decir que es signo de una época, en parte de la nuestra, pero un silencio que se trama y aparece –paradójicamente- por la exacerbación del decir, como si estuviéramos acostumbrados en nuestra experiencia cotidiana a grafitis escritos uno encima del otro con velocidad y voracidad lobuna (piensen en los zócalos informativos de los noticieros), que dejan el sentido en grado cero, silenciado (no silencioso). Para comprobar en parte esto que digo, remedo en versos de otro poeta que, en contemporaneidad con la autora de Lobo Alucina, inscribe y presiona sobre los mismos temas; Alexis Comamala, en un texto de su libro La noticia es el diluvio (2014) escribe: “Durante largos años/creí/percibí/conseguí/fui pensando en esto/me engañé/me condené/me quebré/fui pensando en esto/tuve miedo/espanto/pánico/las arañas construyen silencio/debajo de mi lengua”. (Los creadores, aún trabajando en rutas distintas, están en tal sintonía, que comparten el deseo de su letra por las zonas oscuras de su tiempo).

La última sección, abjura del más allá de la experiencia, que nunca será, por más religiosa, contenida, apresada que se pretenda. El juego es aparecer a dios: “Apostada en esta silla de la espera/Hay quien cree que es un trono/y tira los dados./El juego es aparecer a dios/y volver a tirarlo/hasta perder”/. La repetición de la conjunción “y” como magma del vínculo deseante con el objeto del placer. El mundo a los golpes pregunta lo que ya sabe, como nuestro inconsciente nos tira información para que recordemos algo más de nosotros mismos. El guadal, aguacero, el inhóspito deshabitarse advierte sobre la no filiación en la búsqueda del lenguaje personal. Queremos ser extranjeros para alguien en la poesía de Huergo, pero a la vez, necesitamos atrapar para conocer, en una fantasmática que quiere encarcelarse a sí misma, ya que yo “anzuelo verte”, en una precisa definición de la captación, del deslumbramiento con la muerte, la petrificación, la imantación de la ansiedad del encuentro que momifica.

La autora aúlla y anuncia una salida, recorrido el poemario: una fe ciega en lo que se puede decir y hacer a oscuras, como forma de no atraparse a uno mismo, de alucinar: “Multiplicad como peces todo lo que se pueda hacer a oscuras:/sin despertarnos,/sin explicarnos. Esa es mi fe”.

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