El sueño de los naturalistas (II)

 Manhattan Follies| Por Esteban Maturin

En la anterior columna de estos Manhattan Follies (que están terminando, ya que concluirán con los apuntes que publicaremos en esta sección hasta fin de año) presenté la que es, para mí, una de las perlas culturales de Occidente enclavadas en Nueva York: el Museo de Historia Natural. Esas cuatro manzanas que reúnen, bajo un único techo, a los 27 edificios con 46 salas, donde se exhiben los principales momentos de la formación del mundo y de la evolución de las especies con las que compartimos la Tierra.
A este complejo de salones que acaban de cumplir un siglo y medio de existencia, al que se accede por el costado Oeste del gran pulmón neoyorquino (Central Park West y 79th. St.), hay que dedicarle más de una visita si se quiere disfrutar con alguna holgura de la multiplicidad de sus colecciones y la vastedad temática que éstas despliegan. Además de las exhibiciones temporarias que están en rotación permanente (hasta fines de 2020 estará “Tiranosaurius Rex, el último depredador”), algunos de los puntos centrales de ese universo natural con 32.000.000 de especímenes preservados entre vitrinas y corredores, según los apuntes que periódicamente registro en mis cuadernos, son los que anoto a continuación:

SALA DE LA BIODIVERSIDAD
Desde bacterias a mamíferos, el “Espectro de la vida” se despliega en este gran espacio del primer piso del Museo Americano de Historia Natural. Enormes paredes cubiertas, hasta el último centímetro, con la multiplicidad de formas en que la vida fue abriéndose paso. Para que las relaciones entre los ejemplares, la variedad y la estrecha interdependencia queden en evidencia, un espectacular “diorama selvático” interactivo complementa, con videos, sonido y hasta aromas propios de los hábitats naturales, la experiencia de caminar por el medio de una selva virgen.

SALA MILSTEIN DE VIDA MARÍTIMA
Una de los especímenes mayores, de los más de treinta millones que acumula el Museo, es la enorme ballena azul colgada del techo. Junto a los esqueletos de los dinosaurios, la ballena de 28 metros nadando en el aire es un espectáculo que se fija en las retinas y en la memoria. Es la tradicional primera parada en las recorridas, y al enorme cetáceo embalsamado lo rodean proyecciones de videos de alta definición, interacciones y modelos de más de 750 criaturas marinas. Es difícil no sentir que se está, en efecto, recorriendo el lecho del fondo del mar.

ROSE CENTER PARA LA TIERRA Y EL ESPACIO
En el lateral Norte del complejo de edificios, la tierra y el mar se complementan con otra de las atracciones ineludibles: la proyección hacia el espacio exterior. El Centro Rose es un gigante cubo ultramoderno, de material transparente, que contiene al Planetario Hayden. En él se pude experimentar un viaje por el espacio mediante un simulador de realidad virtual. Suspendiendo un poco la credulidad racional cotidiana –como nos proponía Carl Sagan en las introducciones de los capítulos de su histórica serie- podemos trasladarnos hasta el mismo instante del “big bang” y percibir cómo pueden haber sido los momentos iniciales del universo. Tras el cubo translúcido del Rose Center, la Sala del Planeta Tierra y el “Sendero cósmico” intentan compilar, didácticamente, la evolución de los últimos trece mil millones de años, hasta hoy a la mañana.

SALA MARGARET MEAD DEL PACÍFICO SUR
Entre los sueños de mi adolescencia, uno recurrente era convertirme alguna vez en antropólogo. Luego, ya en la Universidad, leí los textos de Margaret Mead y recordé aquellas intuiciones. Cada vez que paso por estas salas dedicadas a la gran antropóloga (1901-1978), que hizo de las islas de la Polinesia y la Micronesia el centro de sus estudios, y desde dónde proyectaría su gran contribución teórica, vuelvo a recordarlos. Está en el tercer piso, muy cerca del lugar donde Mead tuvo su propio laboratorio en el Museo; y se enfoca en las culturas del Pacífico Sur. Las vitrinas con las máscaras tradicionales, de madera y de corteza, de Papúa-Nueva Guinea pueden alimentar otros sueños: pesadillescos.

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