La política en la escuela

Por David Voloj

Estamos en el comedor escolar. Después de tantas denuncias y reclamos, la calidad de la comida ha mejorado un poco. La base sigue siendo hidratos de carbono y azúcares (polenta, fideos, arroz, pollo con papas, milanesas de vez en cuando), y hay que reconocer que no representa una dieta balanceada bajo ningún punto de vista. Pero luce y sabe mejor: los chicos comen con más ganas.

–¿Vio, profe, que levantaron el asfalto en la avenida? Es como si hubiera caído una bomba.

–Sí, lo vi… Me parece que fue el increíble Hulk. El otro día venía en el ómnibus con él, y de pronto se enojó, bajó y rompió todo.

–¿En serio?

–Dicen que vive del otro lado del canal, de acá a ocho cuadras.

Algunos chicos se ríen al imaginar la situación.

–Sí, profe, sí, bueno… Ahora, en la avenida hay máquinas arreglando.

–Claro, no puede quedar la ciudad así. Parece ser que vino el intendente con un casco y estuvo todo el día trabajando.

–Hammmm… Ya, ya… Qué va a venir el intendente. ¿Podemos hablar un poco en serio?

El profe de educación física que está con nosotros me mira. Después, en el recreo, me llama la atención sobre un detalle de la conversación: para los chicos es divertido y hasta verosímil que un personaje de Marvel viva acá, en Córdoba, e incluso que viaje en el mismo colectivo que los profesores. Pero nunca se creerían esa historia ridícula en la que el Intendente iría a trabajar, y menos aún en tareas de albañilería y construcción, al rayo del sol, como la mayoría de la gente del barrio.

La política se hace presente en la escuela como preocupación recurrente de niños, adolescentes y jóvenes. Va más allá de las planificaciones y secuencias didácticas que preparemos los docentes. Se trata de una especie de “intuición” que tienen ciertos estudiantes (cada vez más) acerca de la importancia del compromiso, y en donde la política tiene que ver con el interés y la participación. Esto se percibe, por ejemplo, en la voluntad de intervenir en los acuerdos de convivencia (en algunos colegios, del reglamento), en las críticas a las modalidades de evaluación o sanción, en la organización a la hora de visibilizar situaciones de violencia de género.

A su vez, las elecciones impactan de manera directa en la secundaria, ya que se presenta la posibilidad (voluntaria entre los dieciséis y los dieciocho) de emitir por primera vez el voto.

–¿Quién quiere que gane el domingo, profe?

–A ver, yo creo que…

–Usted es zurdo, seguro que le va a votar a los kirchneristas.

–¿Por qué decís eso? En todo caso, sería a la izquierda. Pero…

–Son lo mismo profe, lo mismo. Todos vagos planeros.

Esta escena post Paso se dio, con ligeras variantes, en varios colegios en donde trabajo y me acompaña hasta ahora. Y al revisarla en mi memoria, me digo que la escuela o puede reproducir la lógica de los debates que se suscitan en televisión. Carece de sentido acusar al otro de esto o de aquello, de reducir el debate a una chicana vacía con aspiraciones irónicas. Eso es espectáculo vacío.

La educación, en cambio, es una actividad esencialmente política que consiste en desplegar estrategias para que cada sujeto se libere de las múltiples formas de coacción que lo atraviesan. Entonces, lo importante deja de ser a quién votaremos, y aparece una preocupación pedagógica: qué es lo que los estudiantes entienden acerca de la sociedad en la que viven, cuánto les afecta, qué lugar ocupan los otros en su imaginario.

Ya en 1993, en la provincia de San Luis, el pedagogo Paulo Freire sostenía que toda situación educativa tiene una direccionalidad: “Ésta no es una invención de los subversivos, como piensan los reaccionarios. Por lo contrario, es la naturaleza misma de la práctica educativa la que conduce al educado a ser político (…) Esto no significa ser partidario de este o de aquel partido, aun cuando yo considero que todo educador debe asumir una posición partidaria.”

Tres novelas resultan fundamentales para problematizar qué se entiende por política, y su lectura se abre al pensamiento crítico. Se trata de Farenheit 451 de Ray Bradbury, Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell, ficciones distópicas en las que el ser humano se encuentra sometido a un pensamiento único. Las tres obras coinciden en que la única forma de resistencia está en la cultura, la educación, la literatura, la ciencia, el pensamiento. Por eso, quienes ejercen el poder promueven el odio y el entretenimiento mientras queman libros, hacen desaparecer las obras de arte o intentan reducir el vocabulario al mínimo.

“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar” dice un conocido pasaje de la novela de Huxley. Y después amplía la idea: “Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.”

La interpelación directa de los chicos, lejos de ponernos en una situación incómoda que nos llevaría a cambiar de tema, se presenta como una posibilidad para debatir en torno a nuestra forma de mirar el mundo. ¿Qué entendemos por democracia? ¿Cuál es el alcance de una elección? ¿Cuál sería el concepto de “planero”, de “facho”, de “zurdo”? ¿A quién le convienen estas definiciones?

Supongo que es una tarea difícil. Los prejuicios del sentido común están ahí, e incluso atraviesan a los propios compañeros docentes que miran y oyen con el recelo de la policía del pensamiento orwelliana.

–Acá no nos hablan de política, profe. Dicen que para no llenarnos la cabeza.

–Pero la cabeza no es una botella vacía.

–¿Vio? ¿Se escuchó lo que acaba de decir?

–Ehhh, no, no sé… ¿Qué dije?

–Una metáfora, profe. Es obvio: cabeza, botella, llenar, agua, ideas… una metáfora. Ahora sabe que prestamos atención en clase. Pónganos un diez, no hagamos la prueba y sigamos hablando.

Por David Voloj

Estamos en el comedor escolar. Después de tantas denuncias y reclamos, la calidad de la comida ha mejorado un poco. La base sigue siendo hidratos de carbono y azúcares (polenta, fideos, arroz, pollo con papas, milanesas de vez en cuando), y hay que reconocer que no representa una dieta balanceada bajo ningún punto de vista. Pero luce y sabe mejor: los chicos comen con más ganas.

–¿Vio, profe, que levantaron el asfalto en la avenida? Es como si hubiera caído una bomba.

–Sí, lo vi… Me parece que fue el increíble Hulk. El otro día venía en el ómnibus con él, y de pronto se enojó, bajó y rompió todo.

–¿En serio?

–Dicen que vive del otro lado del canal, de acá a ocho cuadras.

Algunos chicos se ríen al imaginar la situación.

–Sí, profe, sí, bueno… Ahora, en la avenida hay máquinas arreglando.

–Claro, no puede quedar la ciudad así. Parece ser que vino el intendente con un casco y estuvo todo el día trabajando.

–Hammmm… Ya, ya… Qué va a venir el intendente. ¿Podemos hablar un poco en serio?

El profe de educación física que está con nosotros me mira. Después, en el recreo, me llama la atención sobre un detalle de la conversación: para los chicos es divertido y hasta verosímil que un personaje de Marvel viva acá, en Córdoba, e incluso que viaje en el mismo colectivo que los profesores. Pero nunca se creerían esa historia ridícula en la que el Intendente iría a trabajar, y menos aún en tareas de albañilería y construcción, al rayo del sol, como la mayoría de la gente del barrio.

La política se hace presente en la escuela como preocupación recurrente de niños, adolescentes y jóvenes. Va más allá de las planificaciones y secuencias didácticas que preparemos los docentes. Se trata de una especie de “intuición” que tienen ciertos estudiantes (cada vez más) acerca de la importancia del compromiso, y en donde la política tiene que ver con el interés y la participación. Esto se percibe, por ejemplo, en la voluntad de intervenir en los acuerdos de convivencia (en algunos colegios, del reglamento), en las críticas a las modalidades de evaluación o sanción, en la organización a la hora de visibilizar situaciones de violencia de género.

A su vez, las elecciones impactan de manera directa en la secundaria, ya que se presenta la posibilidad (voluntaria entre los dieciséis y los dieciocho) de emitir por primera vez el voto.

–¿Quién quiere que gane el domingo, profe?

–A ver, yo creo que…

–Usted es zurdo, seguro que le va a votar a los kirchneristas.

–¿Por qué decís eso? En todo caso, sería a la izquierda. Pero…

–Son lo mismo profe, lo mismo. Todos vagos planeros.

Esta escena post Paso se dio, con ligeras variantes, en varios colegios en donde trabajo y me acompaña hasta ahora. Y al revisarla en mi memoria, me digo que la escuela o puede reproducir la lógica de los debates que se suscitan en televisión. Carece de sentido acusar al otro de esto o de aquello, de reducir el debate a una chicana vacía con aspiraciones irónicas. Eso es espectáculo vacío.

La educación, en cambio, es una actividad esencialmente política que consiste en desplegar estrategias para que cada sujeto se libere de las múltiples formas de coacción que lo atraviesan. Entonces, lo importante deja de ser a quién votaremos, y aparece una preocupación pedagógica: qué es lo que los estudiantes entienden acerca de la sociedad en la que viven, cuánto les afecta, qué lugar ocupan los otros en su imaginario.

Ya en 1993, en la provincia de San Luis, el pedagogo Paulo Freire sostenía que toda situación educativa tiene una direccionalidad: “Ésta no es una invención de los subversivos, como piensan los reaccionarios. Por lo contrario, es la naturaleza misma de la práctica educativa la que conduce al educado a ser político (…) Esto no significa ser partidario de este o de aquel partido, aun cuando yo considero que todo educador debe asumir una posición partidaria.”

Tres novelas resultan fundamentales para problematizar qué se entiende por política, y su lectura se abre al pensamiento crítico. Se trata de Farenheit 451 de Ray Bradbury, Un mundo feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell, ficciones distópicas en las que el ser humano se encuentra sometido a un pensamiento único. Las tres obras coinciden en que la única forma de resistencia está en la cultura, la educación, la literatura, la ciencia, el pensamiento. Por eso, quienes ejercen el poder promueven el odio y el entretenimiento mientras queman libros, hacen desaparecer las obras de arte o intentan reducir el vocabulario al mínimo.

“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar” dice un conocido pasaje de la novela de Huxley. Y después amplía la idea: “Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que, gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.”

La interpelación directa de los chicos, lejos de ponernos en una situación incómoda que nos llevaría a cambiar de tema, se presenta como una posibilidad para debatir en torno a nuestra forma de mirar el mundo. ¿Qué entendemos por democracia? ¿Cuál es el alcance de una elección? ¿Cuál sería el concepto de “planero”, de “facho”, de “zurdo”? ¿A quién le convienen estas definiciones?

Supongo que es una tarea difícil. Los prejuicios del sentido común están ahí, e incluso atraviesan a los propios compañeros docentes que miran y oyen con el recelo de la policía del pensamiento orwelliana.

–Acá no nos hablan de política, profe. Dicen que para no llenarnos la cabeza.

–Pero la cabeza no es una botella vacía.

–¿Vio? ¿Se escuchó lo que acaba de decir?

–Ehhh, no, no sé… ¿Qué dije?

–Una metáfora, profe. Es obvio: cabeza, botella, llenar, agua, ideas… una metáfora. Ahora sabe que prestamos atención en clase. Pónganos un diez, no hagamos la prueba y sigamos hablando.

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