Chile: heridas que no cierran y sangran todavía

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

¿Qué es un país moderno? Porque desde hace tiempo venimos escuchando en Argentina ese latiguillo persistente: Chile es un país moderno, Chile es un país moderno, Chile es un país moderno. En primer lugar habría que re preguntarse qué es la modernidad. El gran Baudelaire ya hablaba del término “modernidad” en el siglo XIX y el teólogo alemán Romano Guardini en el XX se posicionaba con su libro “El fin de los tiempos modernos” (entre las ediciones cuyos títulos varían, hay una de Sur, dirigida por Victoria Ocampo). Si lo anterior, puede creerse reductivo a un grupo de élite o a una comunidad pequeño burguesa frente a las masas emergentes de comienzos del siglo XX, está Chaplin en 1936 con su: Modern Times. Es decir, “lo moderno” que se pretende nuevo o novedoso, ya es algo viejo y huele a naftalina. Pero el latiguillo está ahí, porque más que salvar un posicionamiento proactivo, parecería entusiasmarse en conservar y valorar una moral añeja y un conjunto de buenos modales. ¿Pero en verdad, esa modernidad que dicen valorar es tal? Como la pregunta en general molesta porque obliga a pensar, se cambia la palabrita por otra. Necesitamos un país en serio. Lo cierto es que toda la región del Cono Sur, está en permanente ebullición y el criterio de modernidad no dista mucho del viejo binomio de “Civilización y barbarie” planteado por Sarmiento. Como toda lectura maniquea, allí donde se manifiesta la civilización se esconde la barbarie y donde se manifiesta la barbarie se esconde la civilización. El tema es complejo y compete a toda la región. Los últimos acontecimientos en la hermana República de Chile son una advertencia, un alerta.

Si las viejas heridas no se cierran, volverán a sangrar tarde o temprano. Estado de excepción, toque de queda, militarización de las calles, son acontecimientos que lamentablemente nos retrotraen a las épocas más siniestras de América latina. La memoria es regional porque la articulación de las dictaduras en el Cono Sur estuvo orquestada por los subterráneos ríos de un poder espantoso. Lo que acontece en Chile no debe verse como un hecho aislado de la región, es algo que puede repetirse en otros países y que tiene que ver con los costos de no tomar algunas decisiones a tiempo. Pinochet representó una de las dictaduras más sanguinarias de América latina, y sin embargo permaneció como comandante en jefe del Ejército de Chile hasta el año 1998 y senador vitalicio de la República desde 1998 hasta el año 2002. Desde el inicio de las democracia chilena hasta 2002, hay doce años en los que uno de los máximos responsables de las horas más oscuras del hermano país se mantuvo con una cuota de poder y un manto de protección otorgado por los cargos que ostentaba. Las heridas siguen sangrando y estamos muy lejos de la modernidad o de la seriedad política. Sobre todo cuando el ministro del Interior y Seguridad Pública del actual presidente Piñera adhirió activamente a la dictadura pinochetista. Muchos dirán que no hay que volver al pasado, que es preciso mirar hacia adelante pero lamentablemente no son así las cosas. No se trata de volver al pasado, es el pasado el que volverá una y otra vez.

En tanto América latina no se decida a cerrar la vieja herida, el trauma, el agujero negro que apareció en su territorio, estos hechos de violencia volverán a surgir una y otra vez porque piden a gritos ser curados. Si Europa necesitó re construirse después de la Segunda Guerra Mundial y África necesita revisar su pasado colonial y sus insuficientes independencias, América latina y particularmente el Cono Sur, tendrá que revisar y curar su historia reciente de violencia y dictadura. Lo que otrora fue represión y autoritarismo a través de dictaduras militares, se repite hoy a través de dictaduras económicas de corte neoliberal, más sutiles en sus expresiones pero tan dañinas y miserables como las viejas dictaduras. Asimismo, es evidente la crisis de las instituciones clásicas y la oxidada memoria de los medios de comunicación. El pueblo chileno ganó las calles y enfrentó con valentía una nueva-vieja represión que creíamos olvidada. El recurso del presidente Piñera de movilizar al ejército en las calles en contra de la gente, es un evidente último recurso. ¿Qué queda después de esto? Para muchos, no queda otra cosa que renunciar y dar paso a una nueva conformación. El país serio y moderno, no era sino una bomba de tiempo a punto de estallar y terminó estallando.

Otra vez, “el derecho de vivir en paz” es violentado por quienes deben garantizar la paz social. La represión por parte del gobierno no tiene asidero y manifiesta una alta incapacidad de diálogo y de conducción. Mientras el pueblo en líneas generales se manifiesta firme pero civilizadamente, el gobierno esgrime su barbarie.

Lo que sucede en Chile, nos sucede y nos duele a toda la región y puede ser un espejo de los futuros conflictos en otras latitudes.

No se puede caminar hacia el futuro con las heridas abiertas porque se corre el riesgo de desangrarse en el camino. No se puede vivir lastimado de odio pero tampoco se puede vivir lastimado de olvido. Si no podemos salir del atolladero de los años 70, no es por una suerte de pensamiento regresivo o de vuelta al pasado, sino porque ese pasado no se ha cerrado de manera correcta y necesita ser curado.

 
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