Protestas de la abundancia / #OccupyWallStreet

Manhattan Follies por Esteban Maturin

En estos días, en que las impresionantes puebladas de las ciudades chilenas nos sorprenden por su capacidad de movilización, apenas después que otras similares hicieran retroceder a las medidas de ajuste en Ecuador (y antes aún, otras en Perú), esa emergencia tan activa de la sociedad civil puede llevarnos a creer que es una tendencia propia del Sur (como se decía en el siglo XX, del “tercer mundo”). Sin embargo, ésa sería solamente media verdad: el Norte desarrollado también siente la protesta civil en las calles. Inclusive la mismísima capital del mundo: Manhattan.

El movimiento espontáneo de protesta que está haciendo temblar el statu quo internacional reconoce sus antecedentes más inmediatos en las “sentadas” que comenzaron en la madrileña Puerta del Sol. Y los “indignados” españoles manifestaban su inconformismo en grados: primero contra las medidas conservadoras y de ajuste económico frente a la crisis financiera; luego hacia el gobierno; y luego, en un tercer nivel ascendente, hacia la corrupción general del sistema. Y este último nivel es el más interesante desde la perspectiva de los cambios estructurales, porque, en definitiva, lo que se está cuestionando es la capacidad (y los límites) de representación del sistema representativo.

Aquellos “indignados” madrileños fueron adoptando, también ellos en su funcionamiento interno, grados ascendentes de protesta. Así, las originales concentraciones de estudiantes, relativamente pequeñas en número, y las guitarreadas en las tardecitas y noches veraniegas, fueron sumando el acompañamiento cada vez más plural de colectivos sociales. La creatividad irónica y punzante de las consignas y de las pancartas fue mutando en programas políticos, y las marchas en las diversas ciudades, con jornadas “de formación cívica y ciudadana”, terminaron decantando en un partido político. Un partido que se llamó “Podemos” en un primer momento, y más tarde, ya viviendo en su seno algunos de los vicios que habían criticado tan acerbamente en sus orígenes, se fue dividiendo, fraccionando y fusionando hasta el actual “Unidas Podemos”. Aunque sin el tamaño de las protestas españolas, el fenómeno “anti-sistema” también comenzó a hacerse sentir en Francia, Italia, Gran Bretaña y, sorprendentemente, en los Estados Unidos de América.

Por su distribución geográfica como por su constitución sociológica y de estratos económicos, y por la índole de sus reivindicaciones, el movimiento de los “indignados” dejó de ser un fenómeno del hartazgo de las clases medias europeas, para pasar a ser uno auténticamente “global”. Y alcanzaron los titulares de la gran prensa del mundo cuando, al inicio de la segunda década del siglo XXI, los “indignados” comenzaron a cortar los puentes de acceso a Nueva York y a sentarse en los escalones de mármol de los grandes templos financieros de Wall Street: los “indignados” llegaron al ombligo del mundo.

Como había ocurrido en Madrid, aquellas primeras manifestaciones de 2011 fueron apenas de un par de decenas de jóvenes, a quienes los duros agentes del New York Police Department - NYPD controlaban de cerca y miraban con una expresión de extrañeza: en la variopinta jungla humana que llena a diario las veredas del mayor distrito financiero, unos jóvenes protestando contra el capitalismo pueden ser incluso una llamada para el asombro. Pero al día siguiente fueron más, y al siguiente, más aún. Siguiendo la mecánica de la protesta madrileña, a ese grupo inicial se le fue sumando gente de una extracción más diversa y plural: algunos profesores universitarios, intelectuales respetados por la opinión pública, columnistas de la prensa seria y líderes gremiales. Con el aumento de las concentraciones, comenzaron las marchas, y el movimiento se puso un nombre: #OccupyWallStreet. Y esto sí que fue una novedad: la protesta anti-sistema se instalaba en el corazón del sistema; y no solo por algunas noches, sino que llegaba para quedarse.

Con el crecimiento de la protesta, también comenzaron las detenciones. Una cosa es que el NYPD permita una marcha exótica de jóvenes bohemios, y otra que el epicentro neurálgico del poder económico sea cuestionado por movilizaciones con presencia gremial. Para fines de ese año, cuando una multitudinaria marcha de varios miles de neoyorquinos ocupó el puente de Brooklyn, la policía realizó más de 700 arrestos.

Pero, como nuevamente lo estamos viendo hoy en Chile, a la protesta social ya no la frenan los bastonazos policiales, por brutales que sean. Con cada teléfono celular convertido en una máquina de fotografiar y de filmar, las protestas alcanzaron un nivel de difusión que no habían tenido nunca. El discurso de los movilizados, las pancartas advirtiendo contra la inyección de dinero público para salvar a los grandes tiburones de la banca mientras la debilidad de la economía golpea a la gente común y a la tasa de desempleo, saltaron desde el ombligo neoyorquino hacia puntos tan distantes como Boston, Chicago, San Francisco, Seattle, Nueva Orleans y Los Ángeles.

En España los “indignados” lograron formar un partido político; en Estados Unidos, en cambio, terminaron por aportar al alzamiento de Donald Trump. Pero allí siguen, en algunas esquinas del distrito Sur de la Gran Manzana, con sus carpas y sus (¿inocuas?) pancartas.

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