La vida en los bosques

La calle de las librerías por Sebastián Menegaz

Como empujó la puerta el comisionista (así se presentó –¡pensar de pronto en Desprez en la Route Ronde!–) el librero comenzó a rascarse un párpado. Suele hacerlo cuando lo pescan en falta: alarga la cara y la curva, como una banana, dejando el otro ojo a medio abrir, pero en alerta. «¿Héctor, vos no armaste el pedido para este señor de San Marcos Sierras, no?». ¡Por supuesto que no! ¡Habían estado desarmando el stand de la Feria del Libro todo el día! (El local parecía el zoco de Badreddin). «Dame un segundo que te los busco». Quiero decir: esto mientras el comisionista –que por cierto: ¿no lo había visto ya otra vez en otra librería?– se puso a hojear un Sinceramente. Al cliente sí –en cambio– lo había visto proceder. Es decir: oído. Llama por teléfono y consulta por el haber de cierto título, si no hay, lo encarga, si sí, no lo compra. Pero sigo sin acertar: al único que había oído era al librero –no podría afirmar ahora si a este mismo o a otro– leyendo una contratapa en voz alta al teléfono: «Me siento gris por dentro y por fuera y deseo vehementemente un cambio; pero desde hace tiempo me obsesiona la idea de estar demasiado ligado al mundo exterior; no puedo precisar los límites; hasta aquí el mundo exterior, aquí empiezo yo». Pero hago trampa: no sé si era esta. O si ésta –un Levrero– era la contratapa que leía yo en ese momento. De cualquier modo era un recorte del texto, en primera, y le infundía a la escena un efecto dramático que era una delicia. Lo que no es equívoco, por cierto, es que el librero (tuve que despejar el pasillo) hizo a un lado unas pilas y extrajo de una mesa revuelta un Thoreau. ¡Caramba! ¿Para el lector que vivía en las montañas? (¡O mejor!: en los bosques). La vida sin principios (Godot, 2019). ¡El rebelde de mamá! Dejé lo que estaba haciendo –que vaya a saber qué era– para hojear una edición de Walden (se reimprime mucho en épocas de gran confort) nada más para ver si me seguía pareciendo, como la última vez –la primera debo reconocer que no tanto– un escritor desopilante. Quiero decir: su biopic, desde el día que alguien –comiendo en mi mesa– la imaginó protagonizada por Owen Wilson (el Owen Wilson de La familia de mi novia) ya no hubo vuelta atrás.

Sus biógrafos –por lo demás– son su mejor partenaire. El efecto Chasman que tanto preocupaba a Henry James en sus biografías futuras. (Aunque un estilo omnívoro, en ocasiones dolorosamente caníbal –que no es el caso de la dieta de habas de Thoreau–, lo protegía del ridículo mucho antes que su sigilo). ¿O sólo a mí –que es posible: la lectura es un reino de un sólo súbdito– saber que Thoreau y su amigo Edward Hoar, en 1844 [tenían 27 años] incendiaron accidentalmente 1200 hectáreas de bosque en Walden, o bien que Ellery Channing, un tanto irresponsablemente, unos pocos meses después le dijera: «Ve, construye una cabaña y comienza el gran proceso de devorarte a ti mismo, no veo otra alternativa ni otra esperanza para ti», y en dos meses (siempre que dos meses basten para definir un espíritu influenciable) Thoreau levantó una cabaña y se instaló en una tierra propiedad de Emerson, en los bosques de Walden, a veinticinco cuadras de la casa de sus padres; Thoreau que por cierto, desde 1841 era el tutor de los hijos de Emerson (aunque también hacía trabajos de mantenimiento y de jardinería) y que en casa de los Emerson vivía, y que tras residir, con alguna intermitencia, durante dos años en el bosque, volvió a ella para ayudar a Lidian Emerson con la casa mientras Emerson estaba de viaje por Europa; saber, en suma, que en su cabaña del bosque Thoreau recibió la visita del recaudador de impuestos local, Sam Staples, quien le reclamó seis años de impuestos atrasados, que le correspondían a Emerson, y que Thoreau se negó a pagar clamando su oposición a la guerra mexicano-americana y a la esclavitud, y que fue encarcelado por ello, siendo liberado al día siguiente, cuando su tía, contra sus deseos (los deseos de Henry) pagó la deuda, y que a raíz de este episodio, en fin, Thoreau escribió la Desobediencia Civil; saber en suma estos pormenores (que por cierto nada tienen de indigno) y después tomar algunos pasajes de Walden al azar, no postulan acaso una comedia involuntaria? «Me fui a los bosques porque quería vivir con un objetivo: hacer frente solamente a los hechos esenciales de la vida. […] Deseaba vivir en profundidad y extraer todo el jugo, de un modo tan espartano que eliminara lo superfluo». «El primer verano no leí libros; tuve que escardar las habas». «En la ladera sur de una colina, excavé mi sótano, en un lugar donde, anteriormente, una marmota había excavado su madriguera; midió casi dos metros cuadrados por algo más de profundidad; llegué a un fondo de arena fina, donde, sin duda, no se helarían las papas durante los inviernos. Escaloné los lados, sin empedrar y, sin haber conocido jamás la luz del sol, la arena prosigue, todavía, en su lugar. El trabajo me llevó casi dos horas». «Cuando hacía calor en el atardecer, me sentaba en mi bote y tocaba la flauta…». El paroxismo de este tono (su mejor enunciación) posiblemente se encuentre practicando un pequeño torniquete: leer la descripción del leñador canadiense, «un hombre homérico de verdad, de nombre tan poético y adecuado que siento no poder transcribir» [«un hombre solitario y sereno, dichoso con su destino»] como si Thoreau conversara con él mientras pescan sollos en el Boiling Spring: «Hay en usted una cierta originalidad positiva, aunque sea leve; muchas veces, me doy cuenta de que piensa por sí mismo y que tiene opiniones que le son propias. […] Aunque vacile o no se exprese claramente, siempre tiene, en su interior, un pensamiento que es sólido. Pero sus ideas son primitivas, afines con su vida eminentemente animal. […] Lo que sugiere la posibilidad de que pueda haber hombres geniales en la escala más baja de la especie, que aunque permanezcan ignorantes y analfabetos, tienen puntos de vista que les son propios».

¡Lástima que Thoreau dejara pasar la oportunidad de ser vecino de un analfabeto genial para consolidar su vocación de papanatas adorable! Quiero decir: Lord Timothy Dexter. (Esto cuando regresó a la civilización). Ahí estaba sino –¡rumbo a San Marcos Sierras!– Una vida sin principios para comprobarlo: «Justo después de un amanecer de verano, divisé a un vecino caminando junto a su yunta de bueyes. Estos arrastraban lentamente una pesada piedra labrada […] rodeados por una atmósfera de industria. […] Era una persona haciendo un trabajo necesario, pero irritante y penoso. Observé esto haciéndome un ligero reproche, ya que miraba desde detrás de una ventana y no estaba ahí, codo a codo, agitándome en trabajos similares. […] El día pasó, y por la tarde, en el patio de otro vecino –que tiene muchos sirvientes y gasta dinero como un tonto, mientras que no aporta nada para el beneficio de la comunidad– vi la misma piedra de la mañana, al lado de una caprichosa estructura, pretendiendo adornar el patio de Lord Timothy Dexter». Ese patio, por cierto (si fuera en esta o en alguna otra de sus mansiones, en New Hampshire, en Chester) estaba adornado con las estatuas de cuarenta hombres del siglo: Washington, Jefferson, William Pitt. O por supuesto: Timothy Dexter. ¡El mismo que había hecho su fortuna gracias al bullying y a su nulo sentido de la perplejidad! Quiero decir: en parte gracias al sentido del humor de los tilingos de Nueva Inglaterra. Que lo alentaban a emprender negocios absurdos y se mataban de la risa. Negocios que no obstante resultaban exitosísimos por obra de un azar keatoniano. (El mismo –si se quiere– que rige la vida de Forrest Gump). Hacer a Timothy Dexter despachar un cargamento de mitones de lana a las Indias Orientales, o mejor aún: uno de carbón a Newcastle, podía mantener a la dicción entretenida toda una semana en ese final de frase: foolish. Entre sus muchos sirvientes, Thoreau omite que Lord Dexter contaba con un ama de llaves negra que presentaba como la hija de un príncipe africano, un adivino y su propio Poeta Laureado: Jonathan Plummer. (Nadie piensa que de Emerson pudiera pensarse lo mismo). Y para ser virtualmente analfabeto –esto tampoco parece haber tocado la sensibilidad de Thoreau– escribir esa autobiografía, A Pickle for the Knowing Ones or Plain Truth in a Homespun Dress, sin signos de puntuación y con mayúsculas aleatorias, compuesta en buena medida de quejas contra los políticos, la iglesia y su esposa, y asimismo un apéndice (¡a partir de la segunda edición!) con trece líneas de signos de puntuación sueltos, para que los lectores –que mucho se habían quejado– pudieran disponer de ellos con libertad, en fin, era algo digno de mencionarse.

A Stevenson (un hermano espiritual de Thoreau –ojo: no así filosófico ni artístico–) no se le hubiera escapado un vecino así. No hace falta peinar sus Forest notes (1876) para ejemplificar la generalidad que el escocés conquista en el inciso más inaplazable: Morality. «Aquí no hay nada que pueda estimular un sentimiento moral. La gente que te encuentres puede estar vieja, desgastada por el trabajo, o apenada; pero los verás enmarcados por el bosque como si fueran figuras pintadas en un lienzo». Como el propio Stevenson, que toma su «ración de bosque» entre los pintores (aves migrantes) de Fontainebleau; anidado entre las raíces extendidas de un haya, con un libro abierto sobre el regazo. «Nos sacará de pronto de nuestra abstracción algún amigo que grita: ¡Oye! Quédate donde estás, ¿de acuerdo? ¡No te muevas! Eres el motivo perfecto. Y tu respondes: Bueno, está bien, siempre que pueda fumar». Entre los motivos perfectos de Stevenson –por cierto– se cuenta Desprez: «el vendedor de pintura de Fontainebleau, caminando trabajosamente con su cargamento semanal y con una maleta llena de mercancías». «Desprez, déjame un verde malaquita». «Desprez, ponme tanto de lienzo». (Thoreau –el utopista– ni siquiera retiene el nombre de su leñador homérico.)

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