Días de radio

Cultura | Por David Voloj

Te serruchan el piso.

–¿Puedo leer un cuento en el programa de radio?

–Sí, claro.

–¡Y también sé de animales salvajes! ¿Puedo hablar de eso?

–Sí, sí...

–¡Y me sé dos chistes nuevos, re chistosos! ¿Los cuento?

–Ehhh... Bueno, pero también tienen que participar los otros.

–Ah, claro, seguro... ¡Pero yo les puedo enseñar lo de la radio! Así vos no te cansás tanto y podés hacer otra cosa.

Hace tres años, con los alumnos de la primaria mantenemos un proyecto de radio escolar. Hacemos segmentos grabados con el celular o en vivo, de cinco minutos aproximadamente, que salen al aire por los parlantes en los recreos o en la entrada.

Comenzamos cuando estaban en 4º grado y, con el tiempo, aquellos que disfrutaban del espacio continuaron en 5º y en 6º. Al principio, la voz de los estudiantes más tímidos era un susurro casi imperceptible; al escucharse en las grabaciones de prueba, muchos querían borrar los audios o se rehusaban a reproducirlos para toda la escuela.

Acostumbrados a oír a los docentes, la idea de expresarse regularmente y contar algo para toda la escuela se presentaba como un imposible, en particular para quienes nunca hablaban en clases o tenían dificultades con la lectura. Sin embargo, el ejercicio de escucharse una y otra vez, de grabar, borrar, ensayar y volver a grabar, fue operando los cambios propios de cualquier proceso de aprendizaje.

Sin dejar de jugar (porque, en la escuela, ir a la biblioteca a hacer el programa de radio es prácticamente un juego), los chicos asumieron la responsabilidad de preparar y discutir los temas. Se hicieron cargo. Y hoy, lo que se habla depende de los intereses de cada grupo: un programa gira en torno a las noticias de actualidad, otro profundiza en algún contenido de ciencias, en la lectura de un cuento; en ocasiones contamos chistes y adivinanzas, una efeméride, y los más extrovertidos suelen despedirse cantando.

–Vamos a aprender a hacer un radioteatro con el cuento que leímos.

–No, no, profe. Es muy aburrido eso.

–¿Y de qué quieren hablar? ¿De ciencias?

–No, eso tampoco.

–Podemos opinar sobre el cuento…

–Mmm... ¿Y por qué mejor no lo actuamos, profe?

–¿En la radio? ¿Cómo sería?

–Es fácil. Como que alguien cuenta la historia y los otros hacemos de los personajes.

Es extraño, pero las voces de la infancia y la juventud aparecen silenciadas en los medios. En vez de ‘decir’, los menores son ‘dichos’, pensados, analizados y conceptualizados por los adultos. Periodistas, psicopedagogos, politólogos, comunicadores, locutores o simplemente personas grandes configuran la identidad de niños, adolescentes y jóvenes: definen quiénes son, qué son y qué deben ser.

El poder del discurso adultocéntrico (por decirle de algún modo) moldea el sentido común, fija mandatos, restringe acciones, limita la participación. El efecto en la subjetividad es significativo. Tal es así que, en otro colegio para jóvenes y adultos, la idea de tener una radio escolar que se emitiera por FM o internet potenció los temores.

–No profe, tengamos clases normal.

–Sí, sí… ¿De qué vamos a hablar?

–Además, a mí no me gusta que me escuchen.

–¿Y quién nos va a escuchar a nosotros?

A pesar de la resistencia, nos pusimos en contacto con la radio cooperativa La Ranchada (FM 103.9) y gestionamos un pequeño micro. Luego, buscamos ayuda en la Defensoría del público, el ente encargado de analizar lo que circula en los medios de comunicación. Y empezamos a capacitarnos.

Con generosidad y pasión, el escritor y comunicador Luciano Debanne brindó un taller de formación para orientarnos en el ejercicio del derecho a la comunicación, así como en la responsabilidad que supone elaborar contenidos. Convencido de que la escuela es un espacio de inclusión y construcción de ciudadanía, Debanne problematizó el concepto de verdad que circula en los medios, el lugar del enunciador, los modos de representación, y nos alentó a expresar nuestras opiniones.

Con los estudiantes de la nocturna fuimos por más, y desde hace dos años realizamos un programa de una hora en La Ranchada, con contenidos educativos que alternan con sus preocupaciones cotidianas.

Tantos reparos de los estudiantes para hablar en público invitan a pensar en la forma de la escuela, que históricamente reservó al alumno el lugar de la escucha y autorizó la enunciación a los docentes. ¿Será por esto que nos pasamos las clases pidiendo silencio?

Para colmo, cuando los docentes permitimos que los chicos hablen, lo hacemos con fines evaluativos: en una lección oral, en una intervención durante la clase donde probamos o no la pertinencia del comentario. Así es comprensible que los chicos no se animen a tomar la palabra.

La radio escolar, donde el protagonismo de los estudiantes tiene la potencialidad de ser real, puede convertirse en un espacio liberador, de creación y de derecho. Es una posibilidad, entre tantas, de imaginar otra escuela.

¿De qué vamos a hablar en el programa de hoy, chicos?
–Uhhh… No averiguamos nada, profe.

–¡Cómo que no!

–Y no...

–Pero tenían todo el fin de semana para buscar información sobre...

–Ay, profe. Si usted tuviera nuestra edad, ¿hubiera estudiado el fin de semana? Estaba hermoso para salir.

–Hablaremos de eso, entonces.

 

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