El siglo de Chespirito

Por José Emilio Ortega 

No es evocación. Representa materia viva, tanto en Youtube, como en las cadenas televisivas que repiten, desde hace cuatro décadas, los mismos capítulos. Hoy como ayer, millones de niños, recitan a la perfección y en variados idiomas las presentaciones del “programa número uno de la televisión” protagonizado por nuestro amigo: el “súper comediante Chespirito” (Roberto Gómez Bolaños, Ciudad de México, 1929 - Cancún, 2015), disfrutando de personajes o clichés maravillosos y perennes.

Nuestra Babel contemporánea atesora remembranzas, estudios, producciones periodísticas, entrevistas a los actores –a veces componiendo el personaje-, que vivificaron aquella saga nacida a fines de los 60, con producción activa hasta 1992 en el formato tradicional –unitario de televisión- y diversas producciones “paralelas” -teatro, discos, circos, comics, merchandising. La troupe compuso sucesos cinematográficos: “El Chanfle” (1979) y su secuela (1982). Desde 2006, se incorpora la novedad tecnológica con el animé, recuperando y actualizando muchos guiones escritos por Gómez Bolaños para “El Chavo”.

Se han elaborado auténticos mitos en torno a estas caracterizaciones, también sobre las miserias que entre los integrantes de aquel grupo irrepetible se suscitaron, con romances, celos, rupturas, batallas legales. Demasiada estrechez para un hito que debería apreciarse como monumento de la cultura hispanoamericana, próximo a cumplir sus primeros 50 años.

Un hijo del milagro económico mexicano

En la segunda mitad del siglo XX, México abandonará su perfil rural, protagonizando entre los años 40 a 60 un suceso socioeconómico. La tradicional producción agrícola, en una coyuntura de valorización de los commodities, fue la base del desarrollo industrial, en una primera etapa orientado a la sustitución de exportaciones. El PBI mexicano creció a tasas espectaculares hasta arañar los 30.000 millones de dólares a fines de los 60 (superando ampliamente al PBI argentino, históricamente mayor). El Estado invierte en infraestructura que facilita los intercambios y potencia a determinados rubros: la construcción, los transportes, la producción de manufacturas, las comunicaciones. Se diversifica el empleo, se dispara el consumo y se produce una acelerada urbanización: nacen ciudades y crece la población. El antiguo D.F. concentrará un tercio de la población y será una megalópolis, sede de la primera Olimpíada en un país en desarrollo (1968) y de un Mundial de Fútbol (1970). Se construyen los gigantescos campus de la UNAM, autopistas, redes de metro y los más importantes edificios latinoamericanos por su tamaño, como el de Pemex.

En ese torbellino hace carrera Gómez Bolaños, un joven de familia culta que incursiona en la ingeniería mecánica (tras algunos años, desertará). La experiencia le resulta provechosa: la lógica matemática, el valor de las ecuaciones, la comprensión de los fenómenos industriales y el método lo preparan para su primera vocación profesional: la publicidad. En esa capital (CDMX) que en los 50 ya alcanzaba los tres millones de habitantes, se destaca como creativo, tomando el pulso a los medios de comunicación. Al fenómeno de la radio, se suma la televisión, con un paulatino crecimiento que se disparará luego. El publicista incursiona en la producción de programas y particularmente de guiones, incluso para la pantalla grande: allí se gana el apodo de “pequeño Shakespeare”, donde su enorme talento se conjuga con su modesto 1,62 de estatura. Más rápido que nadie, decide su seudónimo.

A Chespirito lo invade la intuición: la televisión ha llegado para quedarse. La afinidad de la audiencia con la pantalla chica ya no sabe de dificultades. Los aparatos se cuentan por millones. Es tiempo de telenovelas, noticieros, o programas “ómnibus”. En México hay dinero, con un vecino rico que no dejó de suministrar nunca celuloide –provocando el gran boom del cine mexicano de esos años-, y habrá inversión asegurada en las cadenas de TV. Llegará su gran oportunidad: “Los supergenios de la mesa cuadrada”, en la naciente señal “TV Independiente”, donde recluta a jóvenes que lo sorprenden (Rubén Aguirre, María Antonieta de las Nieves) más un veterano en el que confía: Ramón Valdez, curtido en muchas películas junto a su hermano “Tin Tan” y el mismísimo Cantinflas. Repasando esos programas encontramos a los bocetos de “Don Ramón” –el “Ingeniebrio R. Valdez”-, la primera versión del “profesor Aguirre Jirafales”, y una mocosa preciosa e insoportable antecesora de la “Chilindrina”.

En plena evolución ficha a un joven director que innovará, Enrique Segoviano. Lector de los clásicos españoles, Bolaños percibía que como en tiempos de Cervantes, su Quijote y las novelas de caballería, saturaban en los 50 los superhombres cuyos poderes alejaban al personaje de la forma humana. Alguien común, cuyo escudo sea un corazón, capaz de ayudar a pesar de las limitaciones y el miedo, nacido en México -furgón de cola del hemisferio Norte-, que con un lenguaje claro apelara a planos amigables, a disputas divertidas, a giros de comedia pensados para grandes y chicos, sería fácilmente apropiado por las franjas que, por millones, ya contaban con un TV hacia 1970.

Relata Gómez Bolaños que a los quince días de la primera emisión del “Chapulín Colorado”, ya era efusivamente reconocido en la calle. Mientras daba forma a otros personajes en su programa semanal, lo sorprende el éxito de un segmento con actores adultos haciendo de niños, en un divertido sketch que transcurría en una plaza. Toma un riesgo y manteniendo la idea de espacios públicos incorpora una trama (la vida en un conventillo, o “vecindad”) con más actores, “repartiendo mucho, y muy bien”, decía, los chistes entre todos. Nace “El Chavo del 8”, donde tendrán cabida los ya reconocidos “supergenios”, cooptando además a una estrellita en ascenso, Carlos Vllagrán, como el terrible Quico, la muy joven Florinda Mesa –recomendada por Aguirre- como doña Florinda, la mamá de aquel; al médico y barítono Edgar Vivar como el cobrador de los alquileres, y una española con mucha experiencia en cine, Angelines Fernández –presentada por Valdez- como la recordada “Bruja del 71”.

Con sus dos programas estrella, pasando al gigante Televisa Bolaños conquista el mundo. Es imposible estimar la audiencia de sus programas, como los dólares generados en derechos de transmisión: ambos se cuentan por cientos de millones. Su retórica simplista pero profunda y la apelación al plano literal de las palabras –tan común en los más chicos- contagió el acento mexicano a niños de toda Hispanoamérica; al punto que en Colombia, alguna vez, sus programas se prohibieron por tal motivo, regresando tras manifestaciones multitudinarias. Llega a Rusia o China, entre una treintena de países en donde las series aún se ven.

Como al Quijote, muchas veces reimpreso y traducido pero soslayado como bisagra artística hasta su rescate por la Inglaterra culta del siglo XVIII, Bolaños transitará algún tiempo hasta ser valorado en su total contribución. Utilizando recursos de su tiempo, fue capaz de la más grande hazaña hispanoparlante, a fuerza de costumbrismo e ingenio: como el Calderón de la Barca que en el largo periodo de oro español -que vinculó poder, recursos y arte- también abrevó de la inagotable fuente cervantina.
Podemos sentirnos orgullosos, eso sí, los más grandes. Compartimos junto a Chespirito su siglo, siendo quizá su primera materia prima. Con nosotros aprendió cómo ser inmortal. ¡No contaban con (nuestra) astucia!

 

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