Mala mía

Laboratorio de Padres

Por Gringo Ramia

Llego al laboratorio de noche. Agarro el manojo de llaves y busco (¿serán las mismas?) Pruebo, giro y abre. Todavía no me cambiaron la cerradura, suspiro y entro. Tanteo las luces, los tubos fluorescentes titilan y tardan en prender. El laboratorio se ilumina y el polvillo brilla en el instrumental. Algunas palabras se secaron en los recipientes pero a pesar del tiempo transcurrido todavía se respira algo de literatura, mezclado con reflexión, un poquito de crónica y algo de autorreferencia.

¿Cuándo fue que se me acabaron las palabras? Podría quedarme llorando (no estaría nada mal) culpando a todos por el tiempo perdido, redimiendo mis propias responsabilidades (tampoco estaría mal). Abro las ventanas, respiro el aire de la noche y me pongo en Walter White. Hay que hacer funcionar esto nuevamente.

Situación uno: un padre putea desaforado al árbitro de un partido de u-15 entre dos clubes de barrio. El padre no entiende nada de básquet y aplica todos los códigos del fútbol a su queja. El árbitro frena el juego y lo expulsa de la cancha. El padre amaga con irse a las manos, entre dos o tres lo frenan, sigue puteando en su retirada; cuando pasa cerca del banco de suplentes le grita a su hijo que ponga huevos, que así no va más la cosa, que por su culpa lo expulsan a él.

Situación dos: mal día en el trabajo. Las cosas no salen como tienen que salir. El país es una mierda y cada vez se vende menos. Las presiones se multiplican en la cabeza del flaco. Está volviendo tarde a su casa y antes tiene que pasar a comprar pañales, limones para el pollo y un disfraz para el acto de fin de año de su hija. Cuando llega le recriminan que alquiló uno de abejita en vez de mariposa. Putea a toda su familia y se manda a mudar. Va a volver a las dos horas, cuando todos estén durmiendo. Mañana va a ser otro día y ni él ni nadie va a hablar del asunto.

Situación tres: el viejo está en el sillón viendo tele. Es martes pero puede ser domingo o jueves. Nada cambia. Arrastra una depresión de 30 años. Ya nadie se acuerda bien las razones o los motivos, si es que alguna vez los hubo. Se baja una botella de vino todos los días. No molesta, no grita, no hace nada. Es un cuerpo en un sillón. La familia se acostumbró a eso. Y los años siguen pasando. En algún momento no va a estar más y sólo va a quedar el sillón y los almohadones.

No es menor la obsesión que tenemos muchos padres acerca de la herencia, de lo que transmitimos a nuestros hijos o hijas. Y la pregunta que motoriza estas palabras es: ¿Cómo hacemos para no transmitir la frustración, la angustia o la depresión a nuestros hijos? ¿Cómo hacer para no descargarnos con ellos, para no culparlos, para no involucrarlos en lo que es nuestro, en lo que tendríamos que solucionar nosotros? Dejo la tercera persona y me tiro de cabeza en la primera: ¿Cómo hago para no perder la paciencia con mi hijo después de un día duro de trabajo? ¿Cuáles fueron las frustraciones de mi padre? ¿Qué llevo yo adentro de todo eso?

La paternidad es un trabajo de todos los días, todo el día. Es el laburo más difícil del mundo. Hay que levantar la cabeza todo el tiempo, frenar el fútbol, enfriar el partido cuando lo primero que tendés a hacer es correr como desaforado.


Conclusión:

Cómo me gustaría tener una conclusión. La imagen que tengo es la siguiente: un loop constante, un ejercicio de consciencia que nos tranquilice, que nos imponga el amor antes que la histeria (tan fácil y tan a mano en estos días), aprender a pedir perdón, levantar la mano y decir, en el lenguaje universal, “mala mía”. 

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