A 10 años de la publicación de la novela El tiempo entre costuras

De mujeres y viajes

Por Jaqueline Vassallo

Ya han pasado 10 años desde que se publicó la novela El tiempo entre costuras, de la filóloga española María Dueñas, que a poco tiempo de su aparición se convirtió un suceso editorial a uno y otro lado del Atlántico.

El personaje central era Sira es una chica común, que vivía en el Madrid de los años 30 y que transitaba sus días en el taller de costura donde trabajaba como costurera junto a su madre y tenía un novio del barrio, con quien pensaba casarse. La compra de una máquina de escribir hizo que su vida cambiara radicalmente, cuando conoció a Ramiro quien la llevó a abandonar su vida y luego de una serie de engaños y vicisitudes, terminaron juntos en Marruecos.

La autora hizo que buena parte de la vida de Sira trascurriera entre Tánger y Tetuán del Marruecos español, mientras España se veía conmocionada por la guerra civil y los primeros años de la dictadura de Franco. Hay libros que te permiten viajar mientras los lees y luego, te llevan de la mano para que conozcas los lugares por donde transitan sus personajes. El tiempo entre costuras fue para mí, uno de ellos.

Tánger significó para Sira el acceso a un mundo nuevo y cosmopolita, de placeres, fiestas continuadas y donde finalmente fue estafada y abandonada por Ramiro. Tetuán fue la ciudad en donde pudo rearmarse tras el abandono y la pérdida de su embarazo, donde se superó a sí misma y en la que trabó lazos de amistad y solidaridad con Candelaria, Jamila, Félix, Rosalinda Fox y Marcus Logan.

Tánger fue durante muchas décadas la puerta de Marruecos- incluso de África-, y aún sigue siéndolo. Portuaria, fronteriza, y evocadora, fuente de inspiración literaria, la ciudad fue inmortalizada por muchos escritores ya que en ella se vivió una irrepetible época de libertad, durante las décadas que siguieron a la segunda guerra mundial.
El Tánger que recorrió y vivió la protagonista junto a Ramiro, con su bella costa, palmeras y eucaliptos, su puerto caótico, angostísimas callejuelas morunas y grandes avenidas, sigue prácticamente intacto. Minaretes y mezquitas, bancos y embajadas, hoteles e institutos de idiomas, cafés, zocos y algunas galerías de arte, conviven sin tensión, todos perfumados por el olor a especias sobrevuelan sobre las calles cercanas a los mercados. No en vano dicen que los zocos de Marruecos desprenden los aromas de Las mil y una noches, en cuyos cuentos se entremezclan distintas fragancias que provienen del clavo de olor, el cilantro, la hierbabuena, la canela, el cardamomo y el tan particular aroma del “ras el hanout”.

El Hotel Continental, por entonces la morada que compartió Sira con su pareja, todavía se yergue al borde de la medina, con balcón a la playa y acceso directo a una vista privilegiada del estrecho de Gibraltar. Construido durante el siglo XIX, aunque algo decadente, sigue manteniendo la atmósfera de un viejo hotel colonial.
La protagonista paseó por el recién construido boulevard Pasteur, la calle principal de la ciudad nueva, donde existían numerosos bares y cafés con terrazas, tal como podemos encontrar en la actualidad.

Sus días de juerga también trascurrieron en el Gran Teatro Cervantes, que en ese entonces, llevaba inaugurado más de dos décadas, gracias a la iniciativa del español Manuel Peña. Los días de esplendor del teatro, destinado al divertimento de la élite española residente en Marruecos, todavía pueden apreciarse en una muestra fotográfica que el Instituto Cervantes reitera con asiduidad.

Otra visita ineludible es el Café Hafa, fundado en 1921, en donde Sira y Ramiro amanecían con amigos “fumados”, bebiendo litros de té a la menta, logar donde también acudieron Paul Bowles y los Rolling Stones, en la vida real. Los tragos que bebió en el bar del hotel El Minzah, primero con Ramiro y luego con su amiga Rosalinda, siguen siendo lo mejor de la caótica ciudad.

Para una joven que contaba con una escasa educación formal, y que apenas conocía su Madrid natal, la cosmopolita Tánger le impactó en la constante presencia de otras lenguas y hasta acostumbró su oído a ellas; ya que entonces- como hoy-, se hablan varios idiomas a la vez.

Tetuán la recibió con el Rif como telón de fondo y un sinfín de casas blancas de la medina que trepaban por una colina. Su medina, que es tan laberíntica, y espectacular como la de la ciudad de Fez -aunque goza de menor popularidad turística- fue parte de su vida cotidiana antes de transformarse en una pequeña empresaria. En tanto que la ciudad nueva, la construida por los españoles del Protectorado, se transformó en su nuevo espacio vital, en el que abrió su selecto taller, Chez Sira, que era visitado a diario por mujeres europeas que buscaban cortes de calidad para lucir en la abultada agenda de la vida pública colonial.

La vieja medina, fue el escenario perfecto para que Sira se extraviara de noche, disfrazada de mora y con unas cuantas pistolas de contrabando a cuestas que debía entregar a unos masones de Larache, en la estación de ferrocarril. En la actualidad, el edificio de la estación ya no recibe viajeros ni trenes, sino que acoge el Centro de Arte Moderno de Tetuán, al que se arriba a través de la bella avenida Al Massira, un enclave estratégico de la ciudad, ubicado entre la antigua medina, el ensache español y los nuevos barrios del sur de la ciudad. La avenida recibe a los paseantes con sus palmeras y un maravilloso parque que es visitado durante el día por todo el mundo; y al atardecer, por las parejas que tan escasamente se dejan ver de la mano, en público.

El Centro está considerado uno de los símbolos más importantes de la memoria común y cooperación hispano- marroquí y andaluza-tetuaní. Allí se puede disfrutar de una fabulosa colección de arte marroquí, y una buena cantidad de cuadros pintados por el granadino Mariano Bertuchi, que vivió y pintó en Tetuán, en los tiempos en que desarrolla la novela y en la que fundó, unos años más tarde, la Escuela preparatoria de Bellas Artes.

Pero Sira no es un personaje construido que se pregunta por la condición de las mujeres marroquíes- ni siquiera de las españolas como ella-. En la actualidad, muchas mujeres visten a lo occidental y no llevan velo, sobre todo en ambas ciudades donde también se ven muy pocas usando burkas por las calles. Otras, en cambio, visten ropas ajustadas y luego ciñen en sus cabezas modernos y coloridos pañuelos, algo que aparece como contradictorio para el Islam ya que la ropa debe ser amplia para que no se puedan adivinar las formas de los cuerpos. La feminista y escritora Jocelyne Laâbi afirma que en la actualidad el velo se lleva más por una cuestión política que de creencia religiosa.

Muchas participaron políticamente, luego de que se declaró la independencia del país a mediados del siglo XX y otras tantas sufrieron la cárcel, la tortura y la muerte durante el reinado del dictador Hassan II. Y en los años 90 del siglo pasado, la Unión de Acción Femenina lanzó un llamamiento a la modificación del estatuto personal y recogieron un millón de firmas en busca de la eliminación de la poligamia, la necesaria existencia de un tutor, la igualdad de derechos y obligaciones para los esposos, el divorcio judicial y la posibilidad de que las mujeres ejercieran la tutela sobre los hijos. Derechos que en mayor medida, fueron reconocidos, por el actual monarca, Mohamend VI.

Pero el principal desafío que encara actualmente el feminismo marroquí es la lucha contra la violencia de género, en un país donde la infidelidad de las mujeres puede ser castigada con penas de cárcel, la violación dentro del matrimonio no se condena y un alto porcentaje de varones está convencido que las mujeres pueden disciplinarse a través de los golpes. Mujeres movilizadas y cuestionadoras, que están muy lejos de las marroquíes sumisas que aparecen en la novela.

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