En la cárcel

Apuntes de clase | David Voloj

–Profe, profe. Tenemos que hablar acerca del práctico.

Gonzalo habla bajito. Tiene alrededor de cuarenta años, pesa unos cien kilos y me saca una cabeza, mínimo. La cara de bueno de las clases anteriores revela preocupación: como cualquier docente podría intuir, Gonzalo no va a entregar el práctico en tiempo y forma.

–Yo quería hacer lo que pidió. Pero hubo problemas en mi pabellón. Mucho quilombo, se agarraron dos que casi se matan. No dormí en tres días, le juro. Aunque bueno, en realidad, siempre duermo con un ojo abierto.

Para proteger su identidad –y al igual que el resto de los estudiantes que se mencionen a continuación–, Gonzalo solo se llamará así en los márgenes de esta columna. En la actualidad, cursa una de las carreras que, a través del Programa Universitario en la Cárcel (PUC), la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba dicta en el Penal de Bouwer. Le pone ganas, pero es difícil.

Con el correr de las clases, te das cuenta de que la situación de todos los estudiantes privados de su libertad se parece. Quien decide asistir clases, por ejemplo, deben ser llevados hasta el área educativa por el personal del servicio penitenciario, que no siempre dispone de vehículos (ni predisposición). Además, es difícil plantear actividades grupales porque los internos están alojados en pabellones diferentes. Como si fuera poco, en la cárcel no hay (al menos en teoría) acceso a internet, de manera que cualquier búsqueda de información se debe hacer a la vieja usanza. Tampoco se cuenta con otra vía de comunicación más allá de las clases presenciales, ni existe un aula virtual para acompañar el proceso de aprender.

–Pero no es solo eso, profe. Acá te la hacen difícil los otros, los que no hacen nada, o los guardias. Es como si les jodiera, como si no quisieran que uno estudie.

Ahora es Mario el que explica por qué no leyó los textos obligatorios. Cuenta que, días atrás, le requisaron la celda y le rompieron los cuadernos donde tenía las anotaciones de clase.
–¿Qué se puede esconder en estos apuntes? ¿Qué, digame? Además hay otra cosa. Yo vengo de Villa Dolores y allá nos van a buscar tarde, nos tienen esposados y esperando hasta que llega el camión. A veces, dicen que no había personal para traslados y te vuelven a meter en tu celda.

En el Penal de Bouwer se pueden cursar estudios primarios, secundarios y universitarios. Sujetos privados de la libertad son trasladados de distintos centros penitenciarios en día y horario fijo, avisado con antelación, siempre y cuando los papeles que se gestionen tengan sello y firma de la autoridad competente.

–Te bajan la sentencia por estudiar, ¿no?

Mario tira el pucho y se ríe.
–Por la primaria y la secundaria, seis meses. Pero esto, la universidad, da risa. Son cuatro días por materia aprobada. Nada.

–Y entonces, ¿por qué estudiás?

–Porque acá, si no ocupás la cabeza en algo, te volvés loco.

La fisonomía carcelaria de Bouwer sigue la línea de las escuelas provinciales edificadas en lo que va del siglo XXI. Paredes anchas y lisas de concreto premoldeado, techos de chapa, pasillos amplios, ventanas enrejadas. En la licitación de la penitenciaría y el colegio, esas dos instituciones fundamentales para el ordenamiento social, los gobernadores optaron por empresas con gustos similares en materia de arquitectura. De manera involuntaria, el peronismo local hizo realidad la primera y más obvia metáfora que cruza por la mente de cualquier alumno de secundaria al momento de pensar a qué se parece una escuela.

Cuando un docente termina la clase, los estudiantes se acercan, se sacan dudas, intentan estirar el tiempo, te hablan de su vida, te preguntan de vos, te piden lápices, marcadores, liquid paper.

–Yo caí en cana cuando tenía diecinueve –dice Javier–. No sabía leer ni escribir, nada de nada.

–Disculpá pero, ¿cuántos años tenés?

–Cumplí cuarenta y uno el mes pasado.

La edad de Javier te desubica. Resulta inverosímil que haya pasado más de la mitad de su vida preso.

–Ya debería haber salido. Pasa que tengo perpetua y me rebotan todas las peticiones.

Javier cuenta que la cárcel se convirtió en el lugar donde pudo alfabetizarse. Ahí cursó la escuela primaria, la secundaria y, en la actualidad, Historia y Bibliotecología. Pasó por varias cárceles, estuvo con algunas mujeres, tuvo cuatro hijos. Ha solicitado audiencias con el juez para salir en libertad y, como le sucede a Morgan Freeman en la película Sueños de libertad, lo rechazaron en cada oportunidad.

Es difícil pensar que este hombre que me habla fue un niño que no pudo sostener su trayectoria educativa ni siquiera en el nivel primario. La paradoja es que, en una sociedad desigual e injusta, la cárcel se convierte en una oportunidad para aprender algo básico como leer, como escribir, algo que el afuera le roba a tantos durante la infancia. De allí la importancia y el valor de la escuela en este espacio donde casi todos los derechos parecen estar suspendidos.

En un ejercicio de escritura creativa que realizamos, Javier contaba que, a medida que aprendía a leer y escribir, redactaba cientos de petitorios y cartas en los que denunciaba el maltrato, la falta de atención médica, la calidad de la comida, las pésimas condiciones de higiene. En vez de pensar en sí mismo, buscó la forma de modificar las condiciones de vida en el encierro.
Nunca obtuvo respuesta.

Cuando uno revisa las estadísticas, lo primero que salta a la vista es que la mayor parte de la población carcelaria es pobre. Y quien cae preso, casi siempre cae por robo calificado. Claro que las leyes en Argentina parecieran tener cierta predilección por penalizar a quienes comparten una misma clase social, porque tanto en Bouwer como en cualquier otra cárcel del país casi no hay empresarios, mucho menos jueces, y no hace falta preguntarse por la cantidad de senadores, diputados o ministros.

Y es extraño pensarlo pero, aunque los estudiantes del PUC completen sus estudios y obtengan un título universitario, tener antecedentes penales es un impedimento para insertarse en el mundo profesional. Bah, el cinismo legal los excluye de cualquier trabajo digno.

Ya Platón, hace más de dos mil años, se cuestionaba si había algo ‘natural’ en las leyes o si la idea que tenemos de justicia es en realidad el derecho del más poderoso. Hoy, en tiempos en que el sentido común reduce la justicia a que alguien “se pudra preso”, cabría recordar el interrogante platónico y pensar para qué sirve la cárcel, luchando cada día para que se sostenga el derecho a la educación, el derecho a la dignidad.

 
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