La librería de Praga

La calle de las librerías | Por Sebastián Menegaz

 

Desperdigados, desparramados –retuve este verbo con la gracia de un volatinero–, dispersos (no obstante: sin disolver el núcleo del disturbio) sobre una mesa… ¿grand cru? ¡Marina Tsvetáieva! Quiero decir: todas las ediciones (peninsulares, las de los móviles más elocuentemente equivocados) que la librería estaba en condiciones de albergar. Venidos, por cierto, desde los ángulos más recónditos. No habían manado de la mesa, no habían emergido en ella con el recogimiento –o el rezongo– de una mortandad de peces. Habían llegado, migrado, desde los anaqueles. Que ahora con verlos a la distancia parecían intactos, y sin embargo (sucede a menudo con ciertos autores) a punto de desplomarse. ¡Brasas, restos de alguna fogata que había venido a calentar las manos de un cazador precedente! (He conocido libreros que lo hacen a propósito: figuran un interés obsesivo, plantan las huellas de un lector inmerso en su tormenta mental para inducir ese estado, la actividad eléctrica en otros –y reconozco que funciona–). Alcé los Diarios de la Revolución de 1917. Después, la correspondencia (la couple epifánica, pagana) con Rilke y Pasternak (Cartas del verano de 1926). ¡Mirar al librero por sobre el filo de un guion largo! (Fingía tener problemas con un posnet –el cliente, no obstante, parecía convincentemente implicado–). Abrí Un espíritu prisionero por el índice y lo cerré, creo, por Zossen. En la calle, detrás de la vidriera –hacía diez minutos que me había enterado, en otra librería y con un año de retraso, de que Sergio Pitol había muerto– no apareció Praga: «Y un día, de repente, me hice la pregunta: ¿Por qué has omitido a Praga en tus escritos?». (No recuerdo hasta hoy haber leído nunca una mejor manera de comenzar un libro dedicado a Rusia.)

Pitol [estamos en la Introducción (los preparativos) de El Viaje] busca en sus diarios de esa época (la época que vivió en Praga, entre 1983 y 1988) sin suerte. «Me extiendo ampliamente en a) la mefítica atmósfera que respiraba en la cancillería, b) las visitas que frecuentemente recibía de México […], qué comentan los amigos, qué hacen, qué temas discutimos, c) mis males físicos, medicamentos, doctores, clínicas, convalecencias en spas fantásticos, d) mis lecturas; tal vez la mayor parte del espacio está dedicado a ellas». Esas (que lo son) relecturas –«eslavas y germánicas […] acorde con la historia y conformación de Checoslovaquia»– trazan un camino de postas (Ripellino, Thomas Bernhard, Ingeborg Bachmann, los formalistas, Bajtín, Chéjov, Gógol –el caballo desde luego es Kafka–) que conecta los extremos de un universo curvo: «En el centro de la ciudad [de Praga] había dos espaciosas librerías soviéticas siempre atestadas de público. Pero ningún checo o eslovaco ponía un pie en ellas». Eran turistas rusos. Incluso «había rusos que llegaban por la mañana a Praga, y regresaban por la noche a Moscú, sólo para comprar docenas de esos libros que venderían en Moscú o en Leningrado a precios tan exorbitantes que aun viajando en avión resultaba un negocio». Libros (escritores rusos) que en la URSS volaban de las mesas a razón de las tiradas exiguas reservadas a las obras que diferían del canon oficial, siempre (canon después de todo) más lento de reflejos que la memoria histórica, y siendo además que «en Moscú se podían comprar sólo con moneda fuerte, del mundo occidental, y que en Praga pagadas en coronas checas les resultaban un regalo». En ese veranito editorial de Praga, en fin, Sergio Pitol recuerda la Biblioteca Negra de Stalin: Mandelstam, Babel, Bulgakov, Andréi Bély (¡el espíritu prisionero en persona!), el propio Pasternak, Anna Ajmátova y –en realidad son las dos primeras que nombra– Marina Tsvetáieva. Encontrar –en suma– sus libros desparramados sobre una mesa como un contrabandista ruso. O un espía mexicano cuando cae la noche.

En Praga, Tsvetáieva vivió menos de un año, entre 1923 y 1924, en el ático de la calle Švédská que ocupó junto a ese Ulrich de Kakania de las guardias blancas: Sergei Efron. Fue el rito de paso (de Berlín a París) de un exilio más à la clé. Frecuentaba los puntos de reunión de los exiliados rusos: el Hotel Beranek, la iglesia de San Nicolás, la redacción del diario ruso de emigrantes, The Will of Russia, y en consecuencia (estaba al frente) el Café Slavia. Turbulenta. Gestual. Erotómana. ¡Y aclaro que no estoy describiendo su prosa! (Por cierto: la escultura del cid Bruncvik, junto al Puente de Carlos, le parecía que tenía su mismo peinado). Sale fácil, por lo demás, invocar la redacción de ese diarito de exiliados hojeando a Pitol: «En circunstancias infrahumanas [léase: Siberia] Ariadna [Efron, su hija] comienza a establecer, desde aquel punto perdido en los mapas, contacto con amigos y familiares de su madre [que ya se había colgado en un cuarto de pensión de Tartaria, en 1941], escritores contemporáneos, editores, redactores, todos aquellos que pudieran tener conocimiento del paradero de los papeles de su madre […] todo, puede decirse, quedó desparramado [¡he aquí el verbo y su emboscada!] en casas de amigos, o de gente que fue amiga y se volvió enemiga […] Al volver del exilio Ariadna hurgó las señas de redacciones de Moscú, Berlín, Belgrado, Praga, París, y se informó de ediciones difícilmente localizables y textos publicados en revistas y periódicos inexistentes desde hacía décadas, y también los inéditos». Ariadna Efron que por cierto, en 1923 había sido enviada a un liceo en la campiña checa, y que con el tiempo se había unido a Sergei Efron y al Partido, tanto como Georgui, su hermano, a su madre y a un paroxismo de orden contrario: la posesión. ¡Y de pronto ahí estaban esos libros! Quiero decir: los de Marina y Ariadna. Que «en sus últimos veinte años [los últimos veinte años de Ariadna, que murió en 1975] fue la madre de Marina, su conductora, el ama de su destino». Como si nada. O si se prefiere con esos modos distraídos y ligeros que tienen los libros de llevar a cuestas su régimen de excepción.

Con Ajmátova, por su parte, la une más el amor por el lugar común que el espanto. (Y un libro de Galaxia Gutenberg que lo prueba a pesar de sí mismo). Lo dirá Joseph Brodsky: «el talento no necesita para nada de la historia». (No así los malos críticos). De cierta manera, el suicidio de Marina Tsvetáieva activa el mito de la resistencia pasiva de Ajmátova, y dispone a partir de aquel el juego de las siete diferencias. La reina trágica que en el caso de Ajmátova instruyen Isaiah Berlin y el biotipo, resiste en la medida que Tsvetáieva no. Y asimismo en la medida que Tsvetáieva resurge. Un autor y una autoridad: no suele ser otra la fórmula más habitual de convivencia entre dos contemporáneos. El propio Brodsky da fe de ello con unos atinadísimos 21 años. Protesta, se subleva cuando Ajmátova le dice que su poesía en realidad no debe interesarle tanto como él cree. Esa mujer, ¡nada menos!, «que sólo con hablar te transformaba». (Lo que era –todo, lo uno y lo otro– desesperantemente cierto). Pitol recuerda que durante su estancia en Moscú estuvo presente en infinitas reuniones donde siempre había alguien discutiendo los enigmas que la vida de Tsvetáieva y la de su familia concitaban. «Si fue o no cierto que en su fase final en Moscú, en sus años de proscrita […] se había encontrado con Anna Ajmátova, y si lo fue, qué sucedió en aquellas visitas […] Unos decían que en una larga caminata por los bosques, una tarde de invierno, envueltas en chales de lana, Ajmátova le recitó de memoria su Réquiem, mientras Marina movía los labios y las manos simulando estar conversando […] para confundir a los observadores de oficio».

¿Vale aclarar llegado este punto que Pitol tampoco está describiendo su prosa? Ajmátova decía –esto lo recuerda Brodsky– que Tsvetáieva comenzaba sus poemas por un do agudo. Lo mismo sucede con la entonación de su prosa. Esto en palabras del propio Brodsky, que detecta en esa prosa una postura somática (artística) ante la experiencia primordial de una época: la desintegración no se enuncia, no se informa, es el estigma de un estilo. «En su escritura de ese período, los treinta [escribe Pitol], siempre autobiográfica, todo se diluye en todo: lo minúsculo, lo jocoso, la digresión sobre el oficio, sobre lo visto, vivido y soñado, y lo cuenta con un ritmo inesperado no exento de delirio, de galope, que permite a la misma escritura convertirse en su propia estructura, en su razón de ser […] nada parecería importante, pero todo es literatura».

Todo es –por cierto, y dejemos que ella siga con esto– lectura. «Como he abierto el paquete, no –antes de abrirlo me extasié con su peso (¡tanta felicidad asegurada!), después ante su vista: el cartón azul en el que se encontraban, y para decirlo mejor se erguían imbricados el uno contra el otro, los dos tomos, y a continuación –ante los caracteres góticos (¡que adoro!), después a la vista de los nombres –nórdicos, noruegos, tan amados. Pues bien, los he rondado hasta la noche del segundo día, no contenta con no leerlo, con no hojearlo, no tocarlo con mis manos, había que ver cómo lo metí en la mesilla de noche (literalmente como un perro –¡su hueso preferido!) hasta el punto de ni siquiera rozarlo –quizá incluso he, como un perro, gruñido por lo bajo –como testimonio de una felicidad anunciada: de un festín: ¡Schmaus!».

 

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar