El caso Greta y otros casos

El ser humano no debe contentarse con el papel de observador. Tiene responsabilidad ante al mundo, debe actuar, intervenir (José Saramago) | Por Miguel Alberto Koleff

El caso Greta ha conmovido al mundo en estos días. El discurso de la joven activista sueca Greta Thunberg en la ONU ha despertado mucho más que suspicacias por su tono audaz y virulento, la manera en que se paró delante de los líderes del mundo durante la Cumbre del Clima para acusarlos de inacción y falta de responsabilidad respecto de la crisis ecológica que nos azota. Y si bien ha sido más que significativo, no hay que olvidarse que su posicionamiento ante la causa se inició con las huelgas escolares de los días viernes de la que fue precursora en su propio país y que arrancaron aquella vez en que, solita, se instaló frente al Parlamento con un cartel de protesta.

Byung-Chul Han afirma que la revolución social descansa en la distinción entre explotadores y explotados y que este enfrentamiento ha sido diluido por la especial inteligencia del régimen neoliberal que no deja surgir resistencia alguna contra el sistema. «Debido al aislamiento del sujeto del rendimiento, explotador de sí mismo, no se forma ningún nosotros político con capacidad para la actuación común» (Han, p. 18) señala el autor. El diagnóstico, que se resume en estas palabras, abre dos frentes. Nos hace ver cuán anestesiados estamos ante problemáticas globales que nos afectan irremediablemente y – por otro lado- nos demuestra lo serviles que nos estamos volviendo al funcionamiento automático del mundo. Dos caras de la misma moneda que deja al descubierto el caso en cuestión.

Resulta difícil no concordar con el razonamiento de Han en este punto porque la globalización ha alisado el campo de lucha haciéndonos creer que no existen fronteras que defender. Nada más ajeno a la realidad que esa concepción homogeneizadora con la que el poder internacional pretende ilusionarnos. Si afecta de manera irrevocable las cuestiones ecológicas que atañen al mundo entero, qué decir entonces de la brecha económica entre pobres y ricos, el crecimiento de la desigualdad y el atentado contra los derechos humanos que se observa en nuestro continente y en nuestro país de modo cada vez más ostensible. El pensador coreano -que tiene la virtud de leer la contemporaneidad con una ferocidad inusitada- nos da una pista, sin embargo, al recordarnos que en los mismos dispositivos que nos manipulan, se cuece el germen de la resistencia y que -para reconocerla con lucidez- es necesario reconvenir la mirada y desamordazar la palabra.

La literatura es un buen recurso para aguzar la consciencia. A modo de ejemplo, traemos a colación dos episodios que funcionan como lumbreras. Los dos se enmarcan en el seno de la ficción lusófona contemporánea. El primero pertenece al brasileño Bernardo Carvalho, que en su novela Mongolia (2003) ilustra el derrotero de un hombre que «al caer el comunismo, en los años 90, se hace monje para imbuirse de una misión: construir tantos templos como los que fueron destruidos en las provincias de Gobi-Altai y Khovd» (p. 130). Pese a ser casi insignificante para el desarrollo de la trama, Ayush no es un personaje desdeñable. Él no aguarda que el poder de turno tome partido por el budismo soterrado tras los años de represión y haga justicia; asume el desafío en primera persona y se compromete con la tarea de su reconstrucción a partir de los elementos de los que dispone y que están a su alcance. Lo guía la secreta convicción de que –como Greta- algunos más imitarán su lucha y se pondrán manos a la obra para devolverle a Mongolia la identidad que le fue sustraída por el dominio de la fuerza. Podemos estar a favor o en contra de Ayush y juzgar su propósito con mayor o menor desmesura, pero no podemos ignorar que ese gesto de rescate cultural se inscribe a contrapelo de la lógica dominante que estabiliza el status quo.

El segundo recorte es más extenso pero está ligado a la misma lógica composicional y en un punto parece calcado a la experiencia de la adolescente sueca. Pertenece a la novela Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre (2004) del portugués Gonçalo M. Tavares. Como en el caso anterior, el foco se concentra en un personaje secundario que poco aporta a la intriga más allá de conmover a los protagonistas que se sorprenden con su acción cívica.

- Estamos en el mundo para boicotearlo –dijo [Fried Stamm]-. Hacemos afiches que después pegamos en las paredes… En el fondo estamos intentando avisar a las personas, esa es nuestra función. Se trata de hacer que ellas no olviden, no se inmovilicen mentalmente… buenos carteles, buenas imágenes, buenas frases, son ellas las que obligan a parar, a parar durante un tiempo, el tiempo necesario para digerir ocularmente, digamos, la imagen y después digerir el texto, la frase, pero tal vez una u otra necesiten de tiempo igual, y es por eso que buscamos imágenes y frases que remitan al cerebro y dentro del cerebro, a esa parte donde funciona la memoria (Tavares, 2015, p. 24).

Obsérvese que la pulsión de vida que une este fragmento al anterior es parecida y tiene que ver con la necesidad de realizar alguna contribución, aunque mínima, al gesto de horadar el sistema. La diferencia es más honda, por cierto, ya que traza un arco entre la decisión individual y el convencimiento colectivo. Mientras que la intención de Ayush es personal y solitaria; el de Stamm contagia a un grupo, el de su propia familia que lo acompaña en la empresa. «Somos cinco, pero estamos en toda Europa, como si fuéramos un ejército de cinco» (p. 24).

El voluntarismo de la joven Greta y la de los dos personajes literarios tiene un elemento central que los une. Opera con la memoria activa y hace de ella un arma ejecutora para la construcción del presente y del futuro. Como lo expresa el inclaudicable Fried, «se trata de un proyecto de acumulación: transmitir una inquietud progresiva, creciendo mes a mes, casi sin que ocurra por esa misma razón… Provocar una circulación de mensajes insatisfechos, de información indignada, repetir pequeños golpes para, finalmente, demoler, esa es, en parte, nuestra estrategia» (p. 25). Sus palabras apuntan a desandar ese camino de resignación y fracaso del que el capitalismo intenta hacernos cómplices.

Dicho esto, si «el hereje es la figura de la resistencia contra la violencia del consenso» (Han, p. 122) conforme proclama el crítico cultural que nos acompaña en la reflexión, podríamos englobar bajo el nombre de «herejía» los actos aquí descriptos y rendir homenaje a Greta y a esos tantos otros que nos ayudan a despejar el camino recuperando sus ideas al respecto: «herejía significa elección. El herético es quien dispone de una elección libre. Tiene el valor de desviarse de la ortodoxia. Con valentía se libera de la coacción a la conformidad» (p. 122).

Fuentes consultadas:
Carvalho, B. (2003). Mongólia. São Paulo: Companhia das Letras.
Han, B.-C. (2018 [2014]). Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. (A. Bergés, Trad.) Buenos Aires: Herder.
Tavares, G. M. (2015). Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre. Buenos Aires: Letranómade.

 

 
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