Me voy a bañar

Lectura de viernes | Por Darío Sandrone

Una historia difícil

En 1853, en la ciudad costera de Cape May, Estados Unidos, abrió sus puertas el Mount Vernon Hotel, causando gran sensación mundial. Era la primera vez que un hotel tenía un baño por habitación y, más sorprendente aún, agua corriente en todos los sanitarios. Desde entonces no ha dejado de crecer en nuestra cultura (como nunca en ninguna otra) la idea de que el baño es una habitación más de la casa o un anexo del dormitorio. Hoy en día, darse un baño es algo íntimo que pertenece al cuidado personal y a la esfera doméstica. Para muchas civilizaciones antiguas, en cambio, era una actividad colectiva y social, que se llevaba a cabo puertas afuera y estaba menos relacionada con la higiene que con la regeneración del cuerpo y la recreación del espíritu. Los griegos, los romanos, los islámicos y los rusos montaron baños públicos: lugares amplios y acondicionados donde las personas recuperaban las fuerzas después de la actividad física o el trabajo. En concordancia con su época, disponían de asistentes y esclavos que garantizaban a los bañistas un relax sin preocupaciones. El siglo XX, en cambio, con Estados Unidos a la cabeza, adaptó el baño al nuevo espíritu individual en el contexto mecanizado que habían promovido Taylor y Ford. La mecanización del baño, como también la de la cocina (y de todo lo demás), permitió prescindir de otros (ayudantes, esclavos, compañeros) que fueron reemplazados por mecanismos para trasladar y drenar el agua, así como regular su temperatura y presión. Como vemos, el baño dice mucho de una época, por lo que recorrer su historia podría decirnos algo de la nuestra. No obstante, Siegfried Giedion nos advierte sobre las dificultades para recorrer, a diferencia de otros dispositivos, una historia del baño desde la antigüedad hasta aquí: “Uno se pierde a través de un laberinto de historias y anécdotas curiosas, cuyo estudio deprime y cuyo análisis no conduce a ninguna parte.” Por suerte, como en estas columnas no tenemos a donde ir, recorreremos algunas curvas de ese zigzagueante e inútil (aunque esperamos que entretenido) camino.

Los griegos también se bañaban

Desde los tiempos de Homero, y mucho antes también, bañarse se asociaba menos con la higiene que con la relajación. En La Odisea habla de la importancia de la ceremonia del baño para restaurar “la tarea que agota el alma”. Sin embargo, ese agotamiento no necesariamente tenía que ser producto de las batallas o el trabajo. En la Grecia antigua el baño era un eslabón dentro de las actividades del gimnasio, tal es así que “gymnos” significa desnudez. Los ciudadanos ejercían su libertad juntándose con sus pares en lugares comunes donde deliberaban, discutían y tomaban decisiones. El ágora o plaza pública era el lugar por excelencia, pero también el “gymnasion”, en el cual se añadía la actividad física. Se trataba de centros recreativos donde se educaba el cuerpo y la mente a partir de dos actividades. Por un lado, el “pentathlón” (lucha, saltos, lanzamientos), que se hacía en la palestra; por el otro, la discusión filosófica que se llevaba adelante en una sala semicircular con asientos, llamada exedra. Después del extenuante trabajo del cuerpo y antes del contemplativo ejercicio del alma, como una suerte de transición, correspondía darse un buen baño junto a otros. Las palabras agitadas y las anécdotas sobre el ejercicio iban dando paso lentamente, entre el agua, a las reflexiones más generales que terminaban en la exedra, donde adquirían un tono definitivamente teórico. En ningún otro período funcionó el baño con la regeneración humana en un sentido tan amplio, aunque los actuales vestuarios de clubes o centros deportivos pueden interpretarse como un eco algo desdibujado de aquellos baños griegos.

Los romanos

El Imperio Romano incorporó esa costumbre, como tantas otras de los griegos, a pesar de lo cual, la modificó y le dio su impronta, sobre todo a partir de los consabidos talentos ingenieriles que los romanos poseían en relación con el transporte del agua. Los famosos acueductos y un sistema de tuberías subterráneas crearon las bases para un paisaje que los griegos no hubieran soñado en sus gimnasios: enormes cantidades de agua, monumentales piscinas. Por otra parte, una innovación técnica que llegó para quedarse fue el agua caliente. El ritual del baño para los romanos constaba de tres niveles térmicos. Se comenzaba con el “tepidarium”, un baño en un cuarto tibio, producto de la calefacción subterránea, en donde uno rompía a sudar a la media hora. Luego, con el cuerpo ya preparado, se trasladaban al “caldarium”, un baño caliente que “marcaba los límites de la resistencia”. Finalmente, con los poros bien abiertos, el bañista se arrojaba al “frigidarium”, una piscina de agua fría que templaba el espíritu.
Más allá de las innovaciones técnicas, desde el punto de vista social, el baño público romano ganó una soberanía que en la cultura griega no tuvo, y posiblemente no haya tenido en ninguna otra. Si bien se conservó la palestra para practicar deportes (lucha, sobre todo) y un espacio para retozar similar a la antigua exedra, lo cierto es que bañarse con otros no era considerado parte de alguna otra actividad, sino una práctica comunitaria en sí misma. Para ello, los romanos construyeron grandes centros públicos donde los ciudadanos acudían a diario para bañarse. La jornada laboral romana comenzaba al amanecer y por lo general terminaba a la una o dos de la tarde. Los balnearios abrían al mediodía y el ciudadano medio los visitaba al finalizar el trabajo, antes de almorzar. El valor de la entrada era mínimo, posiblemente lo que vale un boleto de colectivo en nuestros días y, al contrario de los elitistas baños griegos, las termas romanas eran masivas y bulliciosas. Como señala Giedion, “detrás de las termas existía el conocimiento de que en la vida pública se necesita una institución para ayudar a restaurar el equilibrio del cuerpo cada veinticuatro horas”. En ese sentido, las termas urbanas contenían a la población civil, mientras que las de los campamentos militares lo hacían con las legiones, pues “los generales romanos sabían que los soldados cansados luchan mal”.

¿Hay más?

En nuestros días, los baños colectivos se han desplazado al mar, los ríos y las piscinas. La relajación, al spa privado. El baño propiamente dicho se ha constituido en una práctica solitaria. Las sociedades fuertemente liberales como las nuestras tienden a solapar al ciudadano con un trabajador productivo que, una vez terminada su tarea diaria, queda a merced de los dispositivos personales que tenga en su casa para higienizarse, relajarse y regenerar el cuerpo: ese delicado instrumento que le permite moverse, trabajar, pensar. A pesar de ello, es posible encontrar aún en nuestra jerga, como un vestigio, expresiones que provienen del fondo de nuestra cultura, de antiguas prácticas, como cuando decimos “me voy a bañar”, siendo que, en realidad, desde hace más de un siglo, no quedamos para bañarnos. Pero antes de llegar a eso, deberíamos incluir otros vestigios de antiguas culturas que reaparecen en las duchas hogareñas: el vapor y el aislamiento del mundo exterior. Para eso, deberemos decir algo de los rusos y los islámicos, tarea que quedará para la próxima columna.

 
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar