Las cosas del tener

Lecturas de viernes | Por Leandro Calle

Entre tanta xenofobia que se escucha en estos días en algunos niveles políticos, se me vino a la mente el antiguo Hotel de Inmigrantes. Claro, en su mayoría, italianos y españoles, de los cuales hoy nos enorgullecemos. Sin embargo no fue tan así en su momento, como lo comprueban algunas piezas teatrales como las de Armando Discépolo o Florencio Sánchez. Poco a poco, esas olas migratorias –ya lo sabemos- se fueron integrando y fueron a su vez conformando la Argentina que dio en llamarse “crisol de razas”. Parece que ahora, para algunos sectores sociales y algunos funcionarios y ex funcionarios políticos, las comunidades boliviana, paraguaya y peruana se convierten en una amenaza y ponen en peligro la argentinidad o los derechos de los argentinos. No hay mucho análisis que realizar en estos casos sino tal vez poner de manifiesto el nivel de individualismo y de egoísmo de la “posmodernidad” argentina. Aparte de haber sido como decía González Tuñón un país de aluvión, tuvimos nuestros exilios en las épocas más oscuras y fuimos recibidos por muchos países de América latina y de Europa.

Ese intercambio gestó una manera de ser, un estilo, una cultura. En definitiva somos seres de paso, deberíamos pensar todo el mundo como nuestro, cuidarlo en todas partes, quererlo. Lo que en el fondo nos retrae y nos retuerce es la posesión, el “tener”. De ahí el título de esta columna recordando esa maravillosa película de los años ochenta que tocaba de refilón la vida y exilio de Miguel de Molina, el cantante español que recaló en nuestras tierras perseguido por el franquismo, entre otras cosas por su homosexualidad. La película se llamó: “Las cosas del querer” con Ángela Molina y Manuel Bandera. Nuestro problema hoy en día, es que ni siquiera parecen acomodarse las situaciones hacia un querer (deseo, amor) o ser, para decirlo de una manera filosófica. El triunfo del capitalismo en el mundo occidental está determinado por el acopio, la posesión, la tenencia de cosas y personas, con el progresivo olvido de sí. Son “las cosas del tener”, una cultura del atesoramiento que llenándonos nos vacía y genera una escala de desproporciones y asimetrías insólitas y ridículas. Nombremos al menos tres desproporciones de la posmodernidad.

La primera, la producción alimentaria. Antes, existían hambrunas en el mundo y la producción alimenticia del mismo no era suficiente para satisfacer el hambre. Pero hoy no es así. Hoy el mundo podría abastecer a todos los seres humanos sin embargo el hambre continúa haciendo estragos en diferentes partes del planeta. La acumulación de alimentos convive con el hambre de los pobres. En décadas pasadas cierto economista argentino dicen que decía que había que “arrojar las cosechas al mar” para posicionar el precio del trigo. Cuando menos lo pensamos, no solo echaron la economía a las profundidades del abismo, terminaron arrojando gente al mar. Así estamos.
Otra desproporción del mundo moderno y posmoderno es la del armamento. ¿Cuánto se gasta en armas? Con el bendito tema de la seguridad, las grandes potencias continúan con la carrera armamentista y las ojivas nucleares. Alcanza para destrozar el mundo varias veces conjuntamente con la destrucción ambiental que ya es un hecho. No somos ingenuos, entendemos que la guerra es un negocio para ciertos países, pero resulta inapropiado, desproporcionado y violento la producción de armamento, la fabricación de guerras estúpidas y los ataques preventivos.

La tercera desproporción, entre varias más que el lector puede agregar, es la información. Estamos abarrotados de información y de almacenamiento informático. Recuerdo un viejo amigo que bajaba música por internet de manera obsesiva. Un día me comentó, tengo tres mil horas de música clásica almacenadas. Antes que yo profiriera una palabra, agregó: no sé cuándo voy a poder escuchar todo esto. Hay una hipertrofia de la información que a su vez se repite por diversos medios. No hay mucha originalidad. Los noticieros terminan siendo repeticiones de información que viene enlatada con la consecuente opinión de café más o menos condimentada –depende quién hable- y casi siempre bastante pasatista y superficial.

Las tres desproporciones, tienen que ver con el tiempo. Cada vez hay menos tiempo. Sin embargo los avances tecnológicos en lo alimentario (producción y conservación); en lo armamentístico (precisión y destrucción) y lo que respecta a la información (velocidad de las noticias y conexión simultánea con los acontecimientos) son de una rapidez inconcebible para otros momentos de la historia. Pero no alcanzamos a digerir. Tragamos todo sin poder asimilar. Habrá que aprender de la naturaleza. Los árboles crecen lentamente. Habrá que aprender de los árboles para poder encontrar cobijo para una humanidad que avanza no sabemos hacia dónde. ¿Qué significa entonces avanzar?
Habrá que tomar la punta del ovillo por el otro lado como alguna vez dijo el pensador argentino Rodolfo Kusch: “Decir estar es asumir la transitoriedad del ser, pero es también lo sustancial para que haya ser o para que surja la posibilidad de predicarlo.

Es desenredar el ovillo por su otro extremo. No es escuchar al ser como punto de partida metafísico, sino es escuchar al otro como punto de partida ético, por no decir antropológico”. El filósofo argentino plantea una contienda personal que desarrollo como la teoría del “estar” frente al tema del ser. Podemos agregar al ser y al estar esta manera obsesiva de tener. Estas “cosas del tener” que poco tienen que ver con el querer pueden servir para preguntarnos ¿quiénes somos como humanidad? ¿Dónde estamos, y hacia dónde vamos yendo?

 
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