Situación de cuarentena

Vida urbana | Migue Magnasco 

Una taza de té reposa plácida sobre la mesa rectangular del comedor. Rara vez toma té. Pero está en situación de cuarentena y le gusta jugar ese papel a fondo. No para distorsionarlo, es decir, no va al súper y desvalija la góndola de alcohol en gel. Lo suyo es algo más inocente. Puertas adentro es en donde exagera el gesto: toma té, recalienta la comida en una olla vieja de metal toda abollada, habla de raciones, se pone ropa muy vieja. Un homenaje a la austeridad. Nadie se la pide, pero es su forma de tomarse la cosa en serio. Ya que no puede ser –como quiso tantos años- el superhéroe que salva a la humanidad, entonces es un superhéroe de lo micro. “Que es donde puedo hacer la diferencia”, dice mientras se lava las manos.

La ventana del comedor da hacia el departamento del frente, donde vive una mujer de unos treinta y algo, con su pequeño hijo. Eso lo sabe de antes, de todos los días, porque ahora no los está viendo a ellos. Mira con solemnidad hacia la nada. Con su taza de té humeante. Como si mirara desde la habitación de un palacio hacia un jardín extenso, inagotable. Es la escena que le gusta imaginar. Sería así: él, de pie, sosteniendo la taza humeante por la manija con la mano derecha, pensando en teorías extrañas sobre el virus, mientras mira por la ventana el gris atardecer de Birmingham. Por decir algún lugar de los que no conoce.

Pero la reflexión verdadera comienza con la selección de la música. ¿Qué puede estar a la altura de esta situación? No puede ofrecérsele inercia a algo tan extraordinario. Le pasa que disfruta de artistas nuevos, de hecho, se sabe muchas canciones y se engancha cuando aparecen en sus auriculares. Pero esto es algo más denso y, por tanto, requiere de otra densidad poética. Necesito más, dice, mientras niega con la cabeza. Da algunas vueltas, pero se revelan ante él, con toda claridad, sólo tres artistas: Carlos García, Carlos Solari y Silvio Rodríguez. Ya imagina los comentarios por la falta de mujeres. Pero no quiere ser políticamente correcto. Esos son los tres con los que genuinamente desea recordar la situación de cuarentena. El resto puede elegir libremente lo suyo, concluye.

Una sensación muy física lo asalta al tomar la decisión. De tranquilidad. Le pasa como cuando escucha al Presidente. Todo está jodido y es incierto, pero estamos en buenas manos, dice. No porque esas manos puedan salvar todo, no cree en los mesías, lo piensa más bien así: ante el evento global más dramático desde la segunda Guerra Mundial, podremos decir que se batalló con lo mejor que había. El escenario no admite “resultadismo”, ningún desenlace va a ser bueno, a lo sumo, será menos malo.

¿Por qué vuelve a Charly, al Indio y a Silvio? Por eso mismo, porque es lo mejor que se le ocurre. Porque, rápidamente, piensa que se podría armar un cadáver exquisito con fragmentos de sus letras, que encajaría perfecto con la situación de cuarentena:
Estoy verde, no me dejan salir. Habiendo compartido aquél temor, habiendo convivido en ésta desolación total, ya no es necesario más. Mi amor, la libertad no es fantástica. No es tormenta mental que da el prestigio loco. Es mar gruesa y oscuridad. Atrapado en mi libertad, si miro un poco afuera me detengo, la ciudad se derrumba y yo cantando. Cuando acabe este verso que canto, yo no sé, yo no sé, madre mí¬a, si me espera la paz o el espanto.

Pero no es eso lo central, la selección tiene otra intensidad mayor: la de sentirse un poco más a salvo cuando todo se vuelve sombrío. Un refugio ante el naufragio. Pero no cualquier refugio. Uno que, de tan cercano, de tan obvio, fue perdiendo consideración; pero que, al volver sobre él, resurge en la plenitud de su potencia. La parte del “ojalá pase algo que te borre de pronto”, el “vivir solo cuesta vida”, o el “y curé mis heridas y me encendí de amor”. Ese desahogo. Ese terreno firme sobre el cual pasearse ante tanta incertidumbre. No son solo las letras, es toda la relación: esas tonalidades, esas armonías, esos arreglos, esas voces, esas letras. Qué maravilla, cómo no se me ocurrieron a mí, dice. No existen diez millones de canciones así, son esas a las que se retorna siempre, sin escatimar señalamientos de desgastes. Pero hay algo de su presencia que es imponente, que alivia e inquieta y que, por tanto, las vuelve mejores contendientes para inclemencias de tamaña jerarquía.

Deja la taza ya vacía sobre la mesa, mientras elude la tentación de introducir nuevas analogías. Es que ya mastica una conclusión y por eso le surgen varias. Vuelve la mirada hacia la ventana y piensa en voz alta: por derecha y por izquierda podemos señalarle tensiones constitutivas, cuestionar a fondo y hasta insultar su existencia, pero el Estado es la canción más importante que se ha creado para defenderse colectivamente de los males del mundo que supimos construir. Está lleno de agujeros y paradojas, es verdad. Pero cuando se pone fulero, es lo primero que ponemos en la lista de reproducción.

 
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