El último lector

La calle de las librerías | Por Sebastián Menegaz

Que irrumpa en la librería un viejo compañero del secundario y de pronto uno se agache detrás de una mesa, y que ahí abajo, por cierto, todavía perplejo ante la reacción mecánica que uno acaba de ofrecer (¡caramba, crecer juntos arrojándole bordes de pizza a los patos del Suquía!, ¿por qué?) encontrar una caja abierta –la existencia aparentemente todavía sin marcar– con una flamante traducción al castellano (la única) de la primera novela –¡su joven Törless!– de Anthony Powell, Hombres del ocaso (Fiordo, 2019); supongo que eso sí, en fin, es una coincidencia. Quiero decir: ¿correspondía, por poco que uno pertenezca a los sectores más librescos de la clase media inglesa –y como Julian Barnes se ha ocupado de enseñarnos–, exclamar: «¡Igual que en Anthony Powell!»? (Siempre he esperado una inflexión como esta para citar una N. del T.: «Novelista contemporáneo inglés [Powell] en cuya principal obra, A Dance to the Music of Time (doce volúmenes), la utilización narrativa de la coincidencia es elevada a la categoría de método estructural)». En El loro de Flaubert –circula todavía en las mesas de novedades una reedición que celebra no se sabe muy bien qué–, Barnes también instruye el correcto uso de la expresión: «A menudo ocurre que la coincidencia, por poco que se la analice, no tiene nada de notable: es muy típico, por ejemplo, que no sea más que el reencuentro, después de varios años, de dos compañeros de colegio o de universidad. De todos modos suele invocarse el nombre de Powell para dar legitimidad al acontecimiento».

No fue el caso. Powell y Flaubert, por otra parte –creo que el profesor Geoffrey Braithwaite a esto no lo menciona–, concibieron su obra más celebrada (Powell) y más ignorada (Flaubert –la más incomprendida probablemente siga siendo Madame Bovary–) a partir de un estímulo común: la contemplación dramática de una pintura (¡digámoslo con Barthes!) densamente alegórica. (Y en ellas –por cierto– se le fue gran parte de la vida). Entre paréntesis: Roberto Calasso, a propósito de aquella que en Tiepolo despliega, para quien esté dispuesto a pasarla en limpio, la serie macabra de los Scherzi, sugiere una «novela circular y perpetua», «donde cada escena [cada grabado] podría seguir a cualquier otra y anteceder a otra cualquiera». Powell (Nick Jenkins) parece intuir un ritmo afín (la memoria como una fiesta descontrolada donde la escritura vendría a encender las luces) (¡por esto básicamente Powell es menos Proust que inglés!) en la escena de Poussin en «que las Estaciones, tomadas de la mano y mirando hacia afuera, bailan siguiendo las notas de la lira que toca el alado y desnudo barba gris. La imagen del Tiempo trae pensamientos de inmortalidad: de seres humanos, mirando afuera como las Estaciones, moviéndose de una forma intrincada, pisando lentamente, metódicamente, a veces un poco extrañamente, en evoluciones que toman una forma reconocible: o rompiéndose en giros aparentemente sin sentido, mientras que los intervinientes desaparecen sólo para reaparecer de nuevo, una vez más dando forma al espectáculo: incapaz de controlar la melodía, incapaz, quizá, de controlar los pasos del baile». (No nos queda otro remedio que reconocer que leer este fragmento detrás de un anaquel, ¡ocultándonos de qué sino del vigor hirsuto y alado de ese viejo desnudo!, me hizo sentir que Los Piojos –muy despacito: parecían languidecer como Venus en los parlantes del local– tocaban la música del tiempo.)

Por cierto: a tono con el vuelo crítico de Maxime Du Camp (mejor arrojar el manuscrito al fuego y tratar de inventar Madame Bovary) no había en cambio en stock –¡desde hacía años!– ni un solo volumen de Las tentaciones de San Antonio. («Un libro muy extraño», según se limita a apuntar, en su lapsus más británico, Julian Barnes). Tampoco un Brueghel de Taschen que reprodujera al menos la pintura. No importa. Para Paul Valéry la influencia de Flaubert hay que buscarla menos en Brueghel que en Goethe. «No pienso en el cuadro de Brueghel que vio en el palacio Balbi, en Génova, en 1845. Esa pintura ingenua y complicada, combinación de detalles monstruosos –demonios cornudos, bestias horribles, damas demasiado tiernas, toda esa imaginación superficial y a veces divertida– le despertó quizá un deseo de brujerías, de descripciones de seres imposibles […] pero el impulso mismo que le hizo concebir y abordar la obra, me parece más bien provocado por la lectura del Fausto». El goce poético con el que Valéry frecuenta aquello que detracta, suele ser, como aquí, de una dignidad intelectual a tal punto proveedora, que a cada paso lo remueve de la moda para resetearlo en la modernidad como si cumpliera –a veces muy a pesar suyo– las funciones más equívocas de un doble agente; acarreando al campo de resistencia que supone lo moderno (no así la contemporaneidad) noticias de su tradición. Las tentaciones de San Antonio es un cuerpo de ese polen. «La multiplicidad de episodios –escribe Valéry–, de apariciones y cambios a la vista, de tesis, de voces diversas, engendra en el lector una sensación creciente de ser presa de una biblioteca vertiginosamente desencadenada en la que todos los volúmenes vociferasen sus millones de palabras al mismo tiempo, y todos los cartones sublevados vomitasen sus estampas y sus dibujos a la vez. “Ha leído demasiado”, nos decimos del autor, como se dice de un hombre borracho que ha bebido demasiado». O bien en cuanto al héroe mismo –esa «pobre y lamentable víctima, en el centro del torbellino infernal de fantasmas y de errores»–: que es «mortalmente pasivo, no cede ni resiste […] tenemos constantemente, como la reina de Saba, un furioso deseo de pellizcarlo». ¡Y por cierto que no está hablando de Joyce! (de Roussel, de Kafka). El que sí lo hace es Foucault, que halla en la euforia, en la profecía (más o menos como se espera de cualquier crítico inquieto) lo que Valéry ya ha descubierto (y paladeado) en el escrúpulo. «Los personajes fantásticos de los libros circundan a San Antonio, inmerso en la lectura y ajeno a todo. El libro engendra el infinito de los monstruos». (¿Otra vez los Scherzi?) Las tentaciones son un episodio en la vida de la imaginación occidental recalca Foucault, y por supuesto, lo dice todo con suma perfección, pero sin fatalidad: «Lo imaginario no se construye contra lo real para negarlo o compensarlo; se extiende a lo largo de los signos, de libro en libro, en el intersticio de las relecturas y los comentarios; nace y se forma en el entre dos de los textos. Es un fenómeno de biblioteca» (vertiginosamente desencadenada…)

Me fui resuelto, deseoso –¡con verdaderas ganas!– de llegar a la siguiente convicción: Madame Bovary no es sino una nota al pie en Las tentaciones de San Antonio. Y en mi evidencia –¡por cierto!– había un pelo de Raymond Roussel. «Se oyeron tres golpes en el escenario; comenzó un redoble de timbales, los instrumentos de cobre tocaron acordes simultáneos, y al levantarse el telón apareció un paisaje. Era la encrucijada de un bosque, con una fuente a la izquierda, a la sombra de un roble. Campesinos y señores, con la manta al hombro, cantaban todos juntos una canción de caza; luego apareció un capitán que invocaba al ángel del mal elevando sus brazos al cielo; apareció otro; se fueron y los cazadores volvieron a comenzar. Emma volvía a encontrarse en las lecturas de su juventud, en pleno Walter Scott. Le parecía oír a través de la niebla el sonido de las gaitas escocesas que se extendía por los brezos […] Se dejaba mecer por las melodías y se sentía a sí misma vibrar con todo su ser como si los arcos de los violines se pasearan por sus nervios, no tenía suficientes ojos para contemplar los trajes, los decorados, los personajes, los árboles pintados que temblaban cuando los actores caminaban, y las tocas de terciopelo, los abrigos, las espadas, luego una prostituta, después la esquina de un templo, la cara de un soldado, un carro con dos caballos blancos que se encabritan. Estas imágenes van llegando bruscamente, a sacudidas, destacándose en la noche como si fueran pinturas de color escarlata sobre madera de ébano. Su movimiento se acelera. Desfilan de manera vertiginosa. Otras veces se detienen y van empalideciendo gradualmente, terminando por diluirse. O bien se echan a volar e inmediatamente llegan otras. Todas eran imaginaciones que se agitaban en la armonía como en la atmósfera de otro mundo. Pero una joven se adelantó arrojando una bolsa a un gallardo escudero. Se quedó sola, y entonces se oyó una flauta que hacía como un murmullo de fuente o como un gorjeo de pájaro. Atacó con aire decidido su cavatina en sol mayor; se quejaba de amor, pedía alas. Emma, igualmente, hubiera querido huir de la vida, echándose a volar en un abrazo».

La cita por cierto que es extensa. Tal vez la justifique corroborar, por si hiciera falta, que a partir de “luego una prostituta”, y de aquí en más, hasta “inmediatamente llegan otras”, el pasaje ha sido engordado con otro –sin modificar, lo que nada prueba– extraído de Las tentaciones.

 

 
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