Crónica de una cuarentena accidental

Desde Italia, especial para HDC | Francisco Moulia

Estoy en un pueblo de Italia que tiene 500 habitantes, de los cuales 400 son ancianos. Gente dura, que trabajó la tierra toda su vida, que sobrevivió a la segunda Guerra Mundial y amasa pasta casi todos los días, con una vehemencia que no se entiende si tiene que ver con la pasión o con la bronca. Llegué a Collelongo el 18 de febrero, cuando el coronavirus todavía era un problema chino. Escribo esta nota hoy, 24 de marzo, cuando no nos podemos mover de nuestras casas ni para hacer las compras, y tuvimos que improvisar barbijos con esos protectores mamarios que usan las mujeres cuando están lactando. En muy poco tiempo el Covid-19 dejó de ser simplemente un virus para transformarse en la trama paranoide y omnipresente que llena nuestros días. No voy a meterme con los aspectos técnicos de la pandemia, en internet está toda la verdad y toda la mentira al respecto. Tampoco voy a abordar las diferentes teorías conspirativas que fui escuchando en este último mes respecto de su origen; algunas más originales que otras pero todas incomprobables. Voy a hablar de lo único que puedo, que es lo que estoy viviendo: estar atrapado en un pueblo de Italia, en medio de las montañas, usando un protector mamario como barbijo para que no me pongan una multa en euros.
Hace dos semanas me engripé. Venía de 42 grados de sensación térmica y 87% de humedad en Buenos Aires, y el invierno italiano me llevó puesto. En teoría no fue coronavirus. O, por lo menos, no esa cepa que ataca el sistema respiratorio. La verdad es que no hubo diagnóstico, solo días de estar postrado en la cama, en un charco de transpiración febril, con dolores musculares que podría definir como sádicos. Al cuarto día, la fiebre bajó y el residual del virus se concentró en la parte derecha de mi cara en forma de sinusitis. Como era previsible, la gente del pueblo se enteró de mis síntomas y pasé de ser esa criatura exótica argentina con la que todos querían interactuar a un probable portador de coronavirus y, por ende, un potencial asesino involuntario de ancianos.
En este momento estamos encerrados en una casa de piedra cuatro personas, de entre 30 y 40 años, una niña de seis y la Nona, que tiene 87. También están Trix y Nina (dos gatos) y Esod (el perro). Los animales se quedan adentro hasta las 17:30, porque desde las 4:00 da vueltas por todo el pueblo un camión fumigador. Varias veces al día pasa la intendenta en su Fiat 500 blanco y, sacando el megáfono por la ventana, nos recuerda que está prohibido cualquier tipo de contacto físico: saludo de manos, abrazo, beso y todo lo que sigue. Para una sociedad que tiene una tendencia natural al contacto físico, a las demostraciones de afecto palpables, estas medidas de prevención son una desgracia. Ese metro de distancia obligatorio entre dos italianos está cargado de una frustración que solo se mitiga a fuerza de pirotecnia verbal. Pero, bueno, hay un virus implacable colonizando las células del mundo, una fuerza homicida desmadrada; preservarse tiene sentido. Incluso me llama la atención que, dentro de todos los consejos sobre cómo prevenir el contagio, no se diga nada de los celulares. Tenemos que lavarnos las manos 75 veces al día, está bien, pero para volver a meter los dedos en una pantalla que es, prácticamente, un inventario de gérmenes.
No sé si tiene que ver con un mecanismo de defensa frente a la alienación del cautiverio, pero tengo que confesar que de a poco esta cuarentena me va resultando terapéutica. La parálisis mundial que sentenció el coronavirus, más allá de que comprima bastante nuestra realidad, también nos propone un espacio de reflexión. Y en mi caso puso a discutir entre sí a mis prioridades.
Esto que voy a contar ahora puede parecer una digresión y tal vez lo sea, pero también surge de este ejercicio reflexivo en el que se convirtió mi cuarentena: Nona, esta señora de 87 años con la que estoy compartiendo techo, tuvo a un general y dos soldados nazis viviendo en su casa durante la Segunda Guerra. En la casa de al lado, la de sus tíos, había un joven espía británico al que ellos, previendo quizás el desenlace de la guerra, habían decidido ayudar. “Siempre estaba ahí, con ese coso (por sus señas, un estetoscopio) apoyado en la pared, escuchando y tomando apuntes en una libreta. Yo era chica. No entendía nada. Pensé que era como un médico de casas”, dice Nona, regurgitando flema de risa. Una tarde, por alguna razón que todavía no le queda del todo claro, Nona robó un cuaderno (“negro, con el escudo ese”) de uno de los soldados nazis, fue a lo de sus tíos y se la entregó al espía británico. El chico tenía 19 años; ella, 10. Pudo tratarse de un arrebato de enamorada o creyó que el inglés se estaba por quedar sin hojas donde escribir; quizás solo una travesura. Como sea, a las dos semanas empezaron a caer las bombas y un par de días más tarde, entraron los tanques. La historia de amor, de amistad o de agradecimiento entre Nona y el espía británico quedó trunca: los nazis descubrieron al inglés y lo fusilaron antes de que entraran los aliados.
Qué tiene que ver esto con el coronavirus… En el Decamerón, esa obra emblemática, un grupo de personas se encierra en una casa a contar historias para protegerse de la peste negra. Nosotros –gatos y perro incluidos– hace horas escuchamos el relato de guerra de la Nona frente al fuego de la chimenea, bajándonos los protectores mamarios solo para darle un trago a nuestra copa de Genziana (un digestivo casero con 60% de graduación alcohólica). Esta reclusión tiene que ver con darle un portazo en la cara al coronavirus, sí, pero también nos desafía a reinventarnos como sujetos narrativos. Somos una especie que se consolidó a fuerza de rituales. Narrarnos tal vez sea el más antiguo y elemental de ellos.
Por lo pronto, yo sigo acá, en Collelongo, sin pasaje de vuelta. Mi prioridad en este momento es conservar cierto equilibrio mental que evite que las paredes de este cautiverio se me vengan encima. Para eso no me queda otra que aceptar las circunstancias y tratar de traducirlas en algo que valga la pena. Esta crónica quizás tenga que ver con eso.
Como todo, el coronavirus en algún momento pasará. Hay personas que piensan que cuando eso suceda la vida va a seguir como si el virus nunca hubiese existido; a mí me cuesta creer que estas semanas en las que se suspendió el mundo no vayan a producir algún cambio. Aunque mi optimismo arbitrario también puede que sea parte de una estrategia para sobrellevar la reclusión. Se verá.


Escritor, autor de “Los infieles” (Hojas del Sur, 2019)

 
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