Ese centelleante término medio

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

¿Qué se le puede hacer decir a un texto?, o bien ¿Se le puede hacer decir cualquier cosa? El interrogante surgió a raíz de una fructífera e intensa discusión que tuve en una reunión del equipo de investigación en el que participo, y hago esta mención porque fue desde allí que salió la semilla de esta nota y porque -nobleza obliga- el propio equipo colaboró en el desarrollo del interrogante, a tal punto que sus devoluciones fueron las que enmendaron y moderaron un escrito propio, una trabajo que iba a ser presentado y compartido unas semanas más adelante.
La cuestión es que -me pongo como ejemplo porque es lo que tengo más a mano, no por vanidad, o tal vez sí, por la vanidad en la grandeza del error- yo hacía decir a unos cuentos del escritor riojano Daniel Moyano, algo que no sólo el autor no había elucubrado, sino algo que la propia textura ficcional no preveía, según los cálculos estéticos de mis compañeros y compañeras del equipo, al escuchar mis pareceres por escrito. Surgió de ese modo, como un manantial inmemorial, la regresión a esa pregunta tan interesante como, lo digo así, irresoluble: ¿cómo voy a hacerle decir a un cuento algo que ni las lecturas o perspectivas más osadas lo permiten?

La hermenéutica inicial, la ligada de algún modo estrictamente a las fuentes religiosas, que busca comprender el sentido oculto del texto en cuestión, tiene una zona de clivaje importante en el propio concepto de “malentendido”, del filósofo y teólogo Frederich Schleiermacher, del siglo XVIII, para quien- “el método del comprender tendrá presente tanto lo común -por comparación- como lo peculiar -por adivinación”. (H. G. Gadamer, en Verdad y Método, p 244). Es decir que, al comprender un texto, debemos ajustarnos a la tradición (comparación), a lo que se dijo antes sobre él, como a la singularidad de lo leído en la instancia presente de lectura (innovación, adivinación). He allí la dificultosa y por ello hermosa tarea. Un texto es esa continua interrelación, que busca sus propios límites, aunque no los demarque claramente. “El comprender debe pensarse menos como una acción de la subjetividad que como un desplazarse uno mismo hacia un acontecer de la tradición, en el que el pasado y el presente se hallan en continua mediación”. (H. G. Gadamer, Verdad y método. p. 360). Una máxima apriorística de la disciplina hermenéutica, en tono casi bromista, es que “no se puede leer la Biblia como un manual para reparar naves espaciales”. Esto es decir, ni más ni menos, que hay lecturas que serían aberrantes -en términos de Umberto Eco-; igualmente, las que me interesan son las que flirtean con esa innovación, las que luchan con la tradición de lectura y, en esa fricción con la actualización, resumen ese combate; eso da como producto final determinado desplazamiento estético.

Leer Axolotl, de Cortázar como un manual para reparar heladeras. No, ya sería mucho. Pero leerlo (algo de eso también discutimos en el equipo) como la instancia del personaje cuya transformación acuática espejada, es el derrotero del nacimiento dentro del útero, esa es una lectura difícil, pero que en su fricción con la tradición y la singularidad de la adivinación (cada lector de ficción es una especie de espectador frente a un truco de magia que busca desbaratar) hace surgir la justificada interpretación. Leer el cuento de Hansel y Gretel como el de dos malos ecologistas, que nunca pensaron en darle de comer a los pájaros, sino en tirar las migas para volver a su casa, y por ello las aves las hurtan y descomponen el camino de vuelta a su casa. Lo de la vieja bruja y el posible canibalismo es la venganza, justamente el precio de su carne que van a pagar por no cuidar la Naturaleza, ya que la tentación de los hermanos fue la artificial atracción de caramelo que los hizo ingresar en la casa dulce. El final del cuento no lo vamos a cambiar: es un final feliz.

La ciencia hermenéutica, la interpretación de textos, boya entre el horizonte de la literalidad y el horizonte de la pura metaforización. En ese prisma, en ese punto, el lector (aquel que no debe demostrar en un paper o ponencia lo que ha encontrado, pues el que debe demostrarlo apela a las herramientas de las disciplinas teóricas y metodológicas de la investigación literaria) es el artífice del desciframiento, es el constructor. Me gusta compararlo con el mago principiante, o directamente el mal mago: aquel que, haciendo los trucos frente al auditorio, los hace tan mal, tan evidentes sus gestos y escondites, que el público se ríe, es decir, “lee” en el mago al payaso. El prisma, el centelleante término medio entre adivinación y tradición, cuenta para cada lector que busca unir dos extremos de un ovillo por momentos demasiado inestable.

 

 

 
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