Intermitencias: La muerte masiva

Literaturas lusófonas | Miguel Koleff

…em menos de quarenta e oito horas
qual rastilho de pólvora, qual nova
epidemia, alastrou a todo o país (José Saramago).


El coronavirus es, por cierto, muy peligroso, pero si no estuviera asociado a la muerte masiva tal vez sería más llevadero. Ese es –en realidad- el verdadero problema que trae aparejada la enfermedad; contradice la idea de que morimos en el momento justo y de que nuestra muerte es individual, nos pertenece de manera unívoca. La muerte masiva degrada «mi» muerte, al decir de Heidegger, y eso es lo imperdonable. Según Byung-Chul Han, “La muerte no supondría una violencia si fuera un final resultante de la vida, del tiempo de la vida. Solo así es posible vivir la vida desde sí misma hasta el final, morir en el momento justo. Sólo las formas temporales del final generan, contra la terrible infinitud, una duración, un tiempo pleno, lleno de significado”. (Han, El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, 2019 [2009], p. 22).

Recuperemos dos pensamientos del extracto reproducido. Por un lado, la violencia que supone que nos arranquen la existencia cuando a la Parca se le da la gana y sin consultarnos; y por otro lado, la consideración sobre la «vida plena», esa que le daría sentido y justificaría su continuidad. Aunque los dos están imbricados, sobre el segundo mucho no podemos decir ya que depende de nuestra responsabilidad y de nuestro esfuerzo en función de las circunstancias en las que nos toca actuar y/o intervenir. Pero sobre el primero cabe detenernos un poco más. Porque trasunta violencia; y porque no respeta la singularidad de cada quién; aparece así de la nada, nos fulmina y nos reduce a un cadáver de entre los muchos que se «amontonan sin cesar», según la fórmula de Walter Benjamin en su tesis 9 de “Filosofía de la Historia”. Este punto es crucial en el contexto del Covid-19 y no podemos ignorarlo: perturba, molesta y nos pone en estado de alerta.

Quien mejor se ha referido a este tópico es, posiblemente, el escritor portugués José Saramago, que, en su novela “Las intermitencias de la muerte” nos plantea alguna reflexión sobre el asunto. Al comienzo del libro, aparece «la muerte» como personaje (escrita en minúscula) que –declarada en huelga- deja de incidir en la vida humana y desaparece de escena, para luego -después de algunos meses- retomar las tareas y ponerse al día con los fallecimientos pendientes. Acción esta que ejecuta sin piedad, y sin medir la forma en que socava el sistema administrativo, político, económico y social, abarrotado de tanta demanda.

Hagamos el esfuerzo de detenernos en esta fase que, bien podríamos llamar la de la “muerte masiva”, y pensemos como se parece a la que estamos viviendo de manera global cuando, a cada minuto, el número de óbitos se extiende considerablemente por efecto de un virus incontrolable. Los féretros de cartón de Guayaquil podrían servir de ejemplo y explicar un colapso semejante sin necesidad de ahondar en detalles escabrosos. Vayamos a la cita: “Mucho más que una hecatombe. Durante siete meses, que fueron tantos los que duró la tregua unilateral de la muerte, se fueron acumulando en una nunca vista lista de espera más de sesenta mil moribundos, para ser exactos sesenta y dos mil quinientos ochenta, que descansaron en paz por obra de un instante único, de un segundo de tiempo cargado de una potencia mortífera que exclusivamente encontraría comparación en ciertas reprobables acciones humanas. A propósito, no nos resistiremos a recordar que la muerte, por sí misma, sola, sin ninguna ayuda exterior, siempre ha matado mucho menos que el hombre (Saramago, 2005, p. 141).

Tal como se expone en el fragmento, la «potencia mortífera» se desencadena con un poder aniquilador sin precedentes. Finalmente, es su prerrogativa, lo que le corresponde ejecutar después de un período de inactividad y alcanza a aquellos que ya estaban marcados. A diferencia del coronavirus, que prolonga la agonía en una curva cada vez más creciente, la «hecatombe» de Saramago afecta un solo país y se produce en una fecha concreta. Fuera de ello no hay diferencias. El ser humano desaparece como si fuera una mosca y las condiciones productivas se alteran radicalmente.

Si a la medicina le importan los vivos; a la política, la funcionalidad del sistema; y a la seguridad, el cumplimiento de las obligaciones dispuestas por el Estado; a la filosofía y a la literatura lo que le preocupa es conocer la razón de esa metamorfosis que nos hace devenir en cifra a expensas de un proyecto de vida. O, dicho de otra forma: cuál es el sentido de nuestro paso por este mundo si es tan fácil borrarnos de un plumazo. A Saramago eso no se le escapa y avanzadas algunas páginas, jaquea a la propia muerte con el amor humano que nunca pudo entender haciéndola actuar de manera más amable y generosa. Para el autor, queda claro, el modo de vivir se estrecha al modo de morir.

Algunos pensadores de la actualidad, al analizar el efecto devastador de esta pandemia, profetizan el fin del capitalismo, considerando que este sistema económico y social ha invertido las prioridades y nos ha alejado significativamente de aquello que nos constituye como especie. No podemos saber a ciencia cierta si el pronóstico es acertado o no, pero lo que sí podemos chequear –y sobra evidencia- es que para cuidarnos del virus debemos potenciar lo que este orden mundial ha querido siempre de nosotros: que seamos individualistas, que estemos solos, que mantengamos la distancia, que temamos los contactos próximos y que abandonemos la emoción y el sentimiento que comunican los besos y abrazos que antes creíamos imprescindibles. Han señala que «la revuelta contra la muerte, la hipertrofia del yo y la ciega negación de lo distinto se condicionan y refuerzan mutuamente» (Han, Muerte y alteridad, 2018 [2012, p. 10). En las medidas adoptadas para protegernos se construye este perfil, lo vemos a diario, lo que no deja de ser curioso porque va a contrapelo de lo que esta muerte, igualadora y colectiva, quiere enseñarnos. Ella avasalla las clases sociales, neutraliza las diferencias articuladas por las mañas del poder y nos hace parte de una misma comunidad de víctimas, incluso a pesar de nosotros mismos.

La novela de Saramago comienza y termina igual: «Al día siguiente no murió nadie» (Saramago, 2005, p. 274). La frase coincide pero las circunstancias no. Al final del libro, aquello que era la predicción del horror que empezaba a instalarse, se transforma en la promesa de algo distinto: un futuro que puede llegar a escribirse con mayúscula y que dependerá de los sobrevivientes.


Fuentes consultadas
Han, B.-C. (2018 [2012). Muerte y alteridad. Buenos Aires: Herder.
Han, B.-C. (2019 [2009]). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. (P. Kuffer, Trad.) Buenos Aires: Herder.
Saramago, J. (2005). As intermitências da morte. Lisboa: Caminho. Traducción al español de Alfaguara.

 

 
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