Gracias / des-gracias

Sociedad | Por Silvia N. Barei

Me enviaron hace unos pocos días un pequeño y bello video con imágenes animadas de personal de salud, de seguridad, rescatistas y choferes, cargando gente en sus espaldas, cubriendo con sus cuerpos, bloqueando puertas y ventanas, atrasando las agujas del reloj, salvando a alguien que se ahoga en un pozo verde con forma de coronavirus, corriendo una carrera contra la muerte, barriendo bichos, haciendo un puente o un dique, saliendo de un laberinto con un paciente a cuestas.
Y la música que acompaña las imágenes es la canción de la resistencia partisana, aquella del “Bella ciao”, emblemática de la lucha contra el fascismo, que dice en su primera estrofa: “Una mañana me levanté/ oh hermosa, ¡hola!/ oh hermosa, ¡hola!/ y encontré al invasor”. Y pensé que, si aún cantamos, dibujamos, bailamos, escribimos, reímos, cocinamos, cuidamos, debe ser porque, a pesar de todos los pesares, nos quedan fuerzas para dar gracias y para pelear contra el invasor. Y me puse a hacer un pequeño e insuficiente punteo de todas nuestras Gracias y Des-gracias, porque estamos en “alerta sanitaria” y es nuestro deber cuidar y cuidarnos, pero no debemos olvidar que también estamos en “alerta social” y es nuestra opción pensar, analizar y proponer soluciones. Y pensar también, hasta desde la lengua, cómo nos incluimos. Todos, todas, todes.

GRACIAS

Aplausos a quienes nos cuidan, a les “militantes de bata blanca” en la primera línea de combate, a quienes cocinan y nos mandan la comida en bicicleta, atienden una estación de servicio o una gomería, al verdulero, el carnicero y el almacenero de mi pueblo y de todos los pueblos del planeta.

A la parte de la clase política que entendió que la gente es más importante que la economía, que su primera obligación es cuidarnos y que la Patria nos incluye de norte a sur.

A quienes trabajan desde su casa, a quienes fabrican barbijos, producen y reparan respiradores, lidiando con esta abismal sensación de que la vida ha quedado en suspenso.

A quienes limpian los hospitales, los transportes, las veredas, recogen la basura de todas nuestras ciudades, nuestras calles, nuestras casas.

A tantos educadores que dan clases de todas las disciplinas, de dibujo, de música, de idiomas, de gimnasia, de ballet porque siguen a sus estudiantes, aunque estén a una pantalla de distancia.

A quienes trabajan en los diarios y las revistas y en todos los canales de TV, porque son quienes saben y eligen la información que sea más cierta y que menos duela. Y a este diario, que piensa que lo que yo escribo le sirve de reflexión o de consuelo a alguien.

A las tripulaciones de Aerolíneas, que traen compatriotas de todo el mundo, a quienes están en aeropuertos y en puestos de control; a los curas de las villas y a quienes buscan contra reloj una vacuna para inocular al mundo entero.

A les artistas que arman videos y entretenimientos; a la música, las películas y los libros que nos acompañan, sobre todo a García Márquez, a Camus y a Saramago por habernos avisado, aún cuando no quisimos escucharlos. Y al libro de Alice Munro, “Dear Life”, por recordarme que “ hay cosas que no pueden ser olvidadas porque, si no, no nos perdonaremos a nosotros mismos.” Y a Monica Walsdstedt por habérmelo regalado.

A la señora y el jardinero que trabajan en mi casa, porque se cuidan y me cuidan, a mis vecines que no veo porque no salen, y a quienes ponen música, tocan, cantan o hacen mímica desde una terraza, un patio, un techo, un balcón.

A quien usa barbijo, pero también a quien tiene humor para disfrazarse de cocodrilo para salir a la calle, al que le hace las compras al abuelo y al que le da de comer al perrito que dejaron en la calle.

Al muchacho chino que atiende su supermercado chino, que usa guantes y barbijo mucho antes que todes, que nació en Argentina y nunca fue a China y sin embargo, tiene su negocio vacío.

A quienes se arrodillan ante los muertos del mundo y a quienes llevan nuestros muertos a algún lugar, que, sea cual sea, se volverá sagrado desde ahora.

A los animalitos domésticos que nos acompañan y a los más salvajes que han salido a pasear por la tierra, sabiendo que no podemos hacerles daño.

A los pájaros, al río, al aire transparente y a las plantas que florecen antes de que llegue el invierno, porque saben que necesitamos la belleza del mundo.

DES-GRACIAS

El covid-19, su número de enfermos y de muertos, los rapidísimos ciento y pico de días de un “asesino planetario”.

Quienes sostienen que el Estado sólo debe preocuparse de la economía, las privatizaciones y la austeridad.

La falta de ayuda de los ricos más ricos que piden que se les exceptúe del pago de impuestos, ocultan sus fortunas en paraísos fiscales y apuestan al darwinismo social.

Quienes especulan con las necesidades de la población, aumentan los precios, tiran la leche en una zanja y solo entienden la lógica de la especulación, la acumulación y las políticas insolidarias.

Quienes no respetan la cuarentena y salen en barcos, autos y camiones como la vaca estudiosa de María Elena, pero sin haber aprendido nada.

Los femicidas, las que están encerradas con un violento, el sistema de indefensión de las víctimas sumado a los inadmisibles ataques a quienes nos cuidan.

Les niñes y jóvenes que no tienen ni computadoras ni modos de acceder a Internet y sin embargo siguen estudiando.

Los delitos y los ciberdelitos, el tráfico de droga, de armas, de personas, por pasos fronterizos ilegales.

Las revueltas carcelarias, las contaminaciones de los geriátricos y la indefensión de los barrios más carenciados.

Las fake news, los chismes, las mentiras programadas de los oportunistas.

Quienes niegan que este nuevo coronavirus sea grave y lo explican como una “gripecita sin importancia”, apostando a la “inmunidad del rebaño”.

Las recetas de desinfectantes no solo para lavar las superficies, por parte de quienes no pueden ni quieren proporcionar camas, medicamentos, tratamientos o ayuda a sus pueblos.

El desdén por el cambio climático, la contaminación y los comportamientos ecodepredadores.

La soledad de las calles, de las ciudades, de la sierra y del mar.


Un antiguo proverbio chino dice “El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”, dando a entender que todos los acontecimientos, por más ínfimos que sean, están relacionados y repercuten entre sí. El meteorólogo Edward Norton Lorenz lo usó como metáfora para explicar la posibilidad de que un hecho, en un lugar y un momento dado, pueda provocar acontecimientos de incontrolable magnitud.
Un virus nuevo, al que no se le dio mucha importancia porque estaba allá lejos, en el extremo de Asia, ha desatado esta secuencia, ha puesto al mundo al borde del caos, ha exacerbado al mismo tiempo, la solidaridad y los embustes. “Un mundo se derrumba, cuando todo termine la vida ya no será igual”, nos dice Ignacio Ramonet. Y nos preguntamos: ¿seremos capaces de salir mejores?, ¿aprenderemos a dar las gracias y a evitar las desgracias?

 

 
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