A ver si aprenden

La escuela en cuarentena | Por David Voloj

A un profe amigo se le ocurre hacer una clase de ciencia ficción distópica por Instagram. Parece una buena idea: trabajamos en el mismo colegio, en el mismo año, divisiones distintas y, lo que es fundamental, nos llevamos bien. Así es que armamos el guion, ensayamos un par de veces por videollamada y, cuando más o menos estamos conformes, les avisamos a los chicos. No es una actividad obligatoria (después subiremos el video a las aulas virtuales y compartiremos el enlace), pero participan muchos estudiantes.
-Profes, ¿conocen alguna obra que haya sido una profecía autocumplida?
-¿Qué significa el concepto de Hermandad en “1984”?
-¿La utopía no es lo que nos mueve?
-La esclavitud no desapareció.
La convocatoria y las intervenciones nos sorprenden, así que intentamos responder algunas dudas y también hacemos algunos comentarios de cine, recomendamos otras obras, analizamos noticias. Se suman chicos de otros colegios, amigos y ex alumnos que también hacen aportan a la charla.
-Esperamos la próxima edición, ¿eh?
-Profe, ¡extraño sus dictados!
Terminamos contentos, esa es la verdad. Nos decimos que salió bien, que fue un éxito. Pero ahí nomás, cuando apagamos el celular, aparece una duda: ¿habrá servido? ¿Aprendieron?

La última vez que escribí sobre la realidad escolar en estos tiempos de cuarentena hablaba de la doble presión que tenemos los docentes: por un lado, pensaba en el altísimo grado de exigencia que se da a nivel interno; y, por otro, en el control constante de nuestras prácticas por parte de distintos actores del sistema educativo.
Ese aspecto de la realidad no es el único que nos atraviesa. Y quizás sea peligroso ponderarlo, ya que puede hacernos olvidar las preguntas sobre el aprendizaje. ¿Se está aprendiendo? ¿Quiénes pueden hacerlo? ¿Quiénes no? ¿A qué se deben las dificultades? ¿Cómo nos damos cuenta? ¿Qué se pierde con las estrategias que desplegamos? ¿Algo se gana? ¿Qué?

Estos interrogantes, que están siempre presentes al momento de enseñar, hoy se resignifican y generan muchas dudas. Porque con la interacción áulica, cara a cara, uno ve al otro, percibe si entiende, si se aburre, si su mente viaja a otro lado. Esos indicios sobre el aprendizaje conforman todo un lenguaje no verbal que quedó en suspenso.
Además, a esta altura del año ya habríamos aplicado el método tradicional que le indica a la escuela quién aprende y quién no: la evaluación.

La nostalgia del pasado perdido, de aquellos “maravillosos días en las aulas” que parecen tan distantes, es engañosa. También es falaz la queja autocomplaciente por lo que sucede en la actualidad. Porque el sistema educativo es heterogéneo, siempre en crisis, en constante transformación y signado por la desigualdad. Habrá que apelar, entonces, a otros mecanismos y construir nuevos indicadores que nos permitan saber si realmente estamos enseñando, si el otro con quien entramos en contacto, aprende.
En este sentido, en aquellos centros educativos que cuentan con plataformas digitales (y cuyos estudiantes disponen de acceso a la tecnología) se desarrollan propuestas de foros, textos colaborativos online y otras alternativas que promueven prácticas constantes de escritura. A diferencia de lo que sucede con la oralidad, el uso de la palabra escrita supone una operación cognitiva de mayor complejidad. En cada texto, entonces, se puede leer tanto la apropiación de un contenido como el proceso de pensamiento de nuestros estudiantes.

Otro aspecto relevante y a la vez sorprendente es que todos los alumnos de un curso participen, por ejemplo, en un foro de discusión. Esto es algo muy difícil de lograr en el aula tradicional en tanto suelen ser siempre los mismos quienes monopolizan la palabra. ¿Por qué la virtualidad habilita la participación de otras voces? ¿Qué inhibiciones se superan a la distancia?

Un ejemplo: hace poco, en un colegio leímos “El basurero”, un cuento apocalíptico que escribió Ray Bradbury en medio de la Guerra Fría. El protagonista de la historia decide renunciar a su trabajo porque, ante un inminente ataque nuclear, deberá trasladar las víctimas en su camión contenedor. La familia depende de sus ingresos para subsistir, pero el personaje no quiere trabajar más: tiene miedo, miedo a acostumbrarse a tratar los cuerpos como basura.

La historia les gustó a los chicos así que, en un “foro”, lo pensamos en relación con el presente. Hablamos del trabajo de médicos y enfermeros, y de pronto apareció una noticia que nos impactó: Nueva York contrató camiones frigoríficos para trasladar las víctimas de covid-19 a la morgue. Uno de los chicos que no suele participar, escribió:
“Hola profe. Yo coincido totalmente con la moral de este hombre al negarse a tener que juntar cadáveres humanos y llevarlos en un camión de basura como si fueran eso. Pero también opino que no debería solo mirar a un costado y evadirlo, sino buscar una solución para detener la situación.”

Estar atento a estas experiencias sirve no solo para ver qué aprenden los estudiantes sino también qué vamos aprendiendo nosotros, de nuestras prácticas, y qué deberemos modificar cuando por fin volvamos al aula.

 

 
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