Morir donde se ha sido niño

Por Diego Tatián, especial para HDC.

No pudo entender las últimas palabras de Emiliano, pero la clara expresión de sus ojos en ese momento lo acompañó para siempre. La bala le había dado en la cabeza y sangraba mucho. Todas las tardes, Alberto Barral bajaba por las largas escaleras de zoológico de Córdoba y lo recordaba entre las jaulas de los animales bajo el griterío de los pájaros. Cuando era niño, Emiliano lo llevaba a la vieja cárcel de Sepúlveda para ocultarse a leer en un escondrijo junto a uno de los muros que solo ellos conocían. Emiliano leía escritores anarquistas mientras Alberto deletreaba cuentos infantiles con grandes dibujos en colores. La labra directa de la piedra se la había enseñado él, en el taller que les había instalado su padre Isidro -también picapedrero y también anarquista-, no lejos de la Casa del Moro.

Una vez tallaron un oso polar que incluso con la colaboración de sus hermanos Martín y Pedro les llevó meses enteros en terminar, y finalmente perdieron dinero. Cuando mucho tiempo después Roberto Viola le propuso compartir el trabajo para el Puente Antártida Argentina que le había encargado el gobierno de la ciudad, menos por nostalgia que por un secreto homenaje a Emilio, Alberto aceptó el encargo, a condición de que la figura fuera la de un oso polar. En el oso que había hecho con sus hermanos -el de Sepúlveda- aprendió los rudimentos de la talla a mano, y habría logrado aprender muchos más secretos de la piedra de haberse podido hacer el monumento a Rubén Darío que Azorín le encomendó a Emilio -cuya maestría ya se extendía por toda España-. Pero solo lograron terminar los primeros bocetos cuando estalló la guerra y debieron abandonar Sepúlveda, alineada con el franquismo. Emilio se le murió entre los brazos en un sórdido hospital de Madrid, por una bala sin destino que impactó en su cabeza, mientras trataba de decirle algo que no entendió. Hubiera querido recordar el poema que hacía muchos años Antonio Machado le había dedicado a su amigo Emilio Barral para escribirlo en un papel y dejarlo doblado en la mortaja que lo envolvía, pero el entierro debía hacerse rápido y no había tiempo para sentimentalismos.

Con tres perros y una gata, Alberto Barral vivía muy cerca del zoológico de Córdoba, en una casucha muy pequeña al lado del natatorio municipal del Parque Sarmiento que se llenaba de bañistas todos los veranos. Disfrutaba de oír el vocerío infantil y la carcajada de los jóvenes nadadores mientras trabajaba. La mañana de marzo de 1940 en que llegó a Córdoba -directo de Chile, tras cruzar el mar desde Marsella a Valparaíso- lo esperaban su coterráneo Fernando Arranz y su amigo cordobés Manuel Rodeiro. Al poco tiempo conoció a Malanca y Blanca del Prado -le gustaba ir con ellos a La Estancita, donde recogía bloques de piedra y piezas olvidadas en un cementerio indio-, a Taborda, a Deodoro, a Roberto Viola… A fin de cuentas, Córdoba era un lugar como cualquier otro y él vivía en medio de un parque sin pagar un centavo. Luego de terminar su clase de modelado en la Escuela Normal, hacía largas caminatas con Luz Vieira Méndez. Querían descifrar el secreto de la ciudad, que presumían escondido en algún rincón de un barrio cualquiera, y confiaban su revelación a esas caminatas por las calles sin rumbo cierto. Pero Córdoba no revela nada a quien no ha sido niño en ella.
Cuando se enamoró de Consuelo Grunauer, su vida de cantero y labrante en Segovia, donde todos lo llamaban Gelasio, había quedado ya muy atrás. Pero ese temprano trabajo familiar, aprendido como se aprende una lengua, se atesora en la exquisita cantería de la “Fuente de los monos”, frente a la iglesia de los Capuchinos; en la escultura “El oso polar” hasta ahora -después de un recorrido largo- en el Museo Caraffa; en la “Fuente de los leones”, frente al Museo Sobremonte; en la “Loba marina” del Rosedal o en los “Hipocampos” en el Jockey Club, como también en las muchas tallas funerarias que hizo en Córdoba, para Saúl Taborda en Unquillo, para Deodoro Roca en Ongamira, y para otros amigos (los mausoleos de la familia Viñas, de la familia Blanck, de la familia Fruh).

Trabajaba como quien se propone liberar algo capturado en la piedra, una figura oculta aprisionada en la materia que desde hacía mucho tiempo esperaba ser hallada y rescatada de su sueño. Consuelo lo veía lidiar con el mármol, la piedra azabache, la caliza y el granito, como si estuviera en retardo de algo, apurado por rescatar lo que había visto y ya no le era posible detenerse hasta encontrarlo. Compartía todo su tiempo con él, a excepción de las noches en que se juntaba a emborracharse de jerez con Fernando Arranz y terminaban a la madrugada cantando viejas canciones del Frente Popular: “si me quieres escribir / ya sabéis mi paradero / en el frente de Gandesa / primera línea de fuego...”

Cualquier lugar es bueno para morir, pero no para vivir, le dijo un día Juan Larrea, con quien se encontraba cada tanto para hablar de viejos amigos comunes que nunca más volvieron a ver. Él no pensaba así. O más bien pensaba al revés. Córdoba era un buen lugar para vivir, pero no para morir. Un día de 1969 volvió a Sepúlveda. El escondrijo de lectura en que, cuando era niño, pasaba las siestas con Emilio, ya no existía. Y en Sepúlveda murió, al llegar el otoño.

 
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