Bisturí

Literaturas Lusófonas | Por Miguel Koleff

En el último tiempo se ha repetido hasta el hartazgo una falsa ecuación que afecta el cumplimiento de la cuarentena y que provoca efectos indeseados difíciles de conjurar, aquella que coloca a la salud como alternativa de la economía, como si se tratara de dos polos opuestos y contrastables. Hay quienes pregonan que el cese de actividades productivas como consecuencias del encierro obligatorio puede generar una situación peor que la sanitaria desde que ralentiza el proceso de recuperación en el que el país está embarcado; por otra parte, quienes defienden el ASPO con uñas y dientes, muestran cuadros comparativos con otros países que ratifican el proceso seguido por Argentina en sus políticas públicas y alientan su continuidad, como reaseguro ante una eventual catástrofe.

A esa oposición irreductible –que cuenta con importantes adeptos en nuestro territorio- se suma otra de igual o mayor envergadura, la que hace foco en el excesivo control estatal respecto de nuestros cuerpos como si se tratara de un retorno virulento de la bio-política al escenario global. Esta sospecha –introducida inicialmente por el teórico italiano Giorgio Agamben- encuentra asidero en quienes piensan que las decisiones soberanas de los líderes mundiales rozan las prácticas totalitaristas y desconocen los principios de la libertad responsable de cada uno. Como en la disyuntiva anterior, hay quienes están de un lado y quienes están del otro valiéndose del paradigma «salud» y sujetándolo a variadas interpretaciones.

Este segundo debate es mucho más áspero que el primero porque pone en cuestión la idea misma de democracia. Da a entender que, si le creemos al presidente Alberto Fernández y le hacemos caso, estamos contribuyendo a ensalzar su poder y autoridad, aun a riesgo de legitimar sus excesos «de la mano de políticas sanitarias extremas» (Chuang, 2020, p. 7). Sin embargo, no somos los únicos emparentados en esta discusión, que nos sobrepasa. El colectivo Chuang, por ejemplo, se pronunció al respecto al fustigar la aplicación de «medidas particularmente punitivas y represivas para controlar [el virus]» (p. 59) por parte del Estado chino y de otros estados que se encolumnaron detrás de él. Estas van –ya sabemos- desde la obligatoriedad del barbijo y la distancia social, al confinamiento domiciliario por plazos progresivos y casi «eternos» de tan cíclicos. Si sobre las primeras no hay objeciones relevantes, el último provoca cierto resquemor al conspirar contra la ansiada autonomía de nuestras prácticas. Permitirle al estado que decida en nuestro nombre es algo difícil de asimilar fácilmente; tanto como cobrarle el descrédito que con la crítica se pretende.

La idea que entraña esta concesión de poder al Ejecutivo y que la hace tan sospechosa, tiene que ver con el despliegue de «nuevas e innovadoras técnicas de control social» (p. 48) que –una vez superada la pandemia- puedan quedar abigarradas en el funcionamiento institucional. La amenaza –en consecuencia- es la de entregar nuestros derechos (nuestras conquistas, nuestras luchas) a quien tiene la capacidad de asegurarlos como de deshacerlos según su antojo. La convocatoria a la policía como garantía de los decretos de emergencia instala esa inquietud y la hace productiva. Así las cosas, aquello que parece bueno de entrada puede no serlo; y por el contrario, el mal menor prevalecer sobre el mayor.

En vista de este escenario, no hay mayor velocidad que la de una buena decisión, como expresamos en el epígrafe y para ello la teoría del bisturí elaborada por Gonçalo M. Tavares en su novela “Aprender a rezar en la era de la técnica” (2007) no viene nada mal de cara al actual contexto. En ella, Lenz Buchmann, el protagonista, empieza a perfilarse en la actividad política después de un ejercicio profesional de 15 años como médico cirujano. Lo único que tiene para ofrecer a la comunidad a la que se ofrece liderar, aquello que es su marca registrada, además de la «mano derecha, exacta y mágica» (Tavares, 2008, p. 34) es el bisturí que ha manipulado a lo largo de su historia. Entronizado como cetro, es un símbolo de afianzamiento y coraje que augura buenas prácticas pero que no está ajeno a los descuidos como a las torpes manipulaciones que puede sufrir.

Hay que reconocer que no cualquiera tiene condiciones para manejar un bisturí. Se debe estar muy preparado para esa tarea y evitar que el pulso juegue una mala pasada al instrumentarlo, de allí que el profesional en la materia necesite de años de formación y entrenamiento para su correcto empleo. «El bisturí dentro del organismo busca reinstalar un orden que fue perdido» (p. 31), navega en medio de la «anarquía celular» y sabe diferenciar los tejidos buenos de los tejidos malos, los que deben ser protegidos y los que deben ser extirpados. «No nos ocupamos aquí de sentimientos, dijo una vez Lenz, nos ocupamos de venas y arterias, de vasos que revientan y que debemos recuperar, de hinchazones que sueltan sustancias que, venidas del interior, parecen sin embargo extrañas al cuerpo» (p. 20). El manejo del bisturí exige autocontrol, eficacia y precisión. «El médico en la Era de la Técnica es encarado como un habilidoso conductor de automóviles» (p. 29) y mientras desempeña su función, por pocas o muchas horas, un soberano en su reino.

Ahora bien, si de lo que se trata es de un daño más profundo que excede el cuerpo individual y que afecta a la sociedad en su conjunto, la intervención singular de un político ha de ser su equivalente por una simple razón de coyuntura. En la bata de un super-médico, el dirigente de turno debe vérselas en un rol inimaginable en otra circunstancia teniendo a su frente el vasto territorio convertido en un quirófano a disposición. Y lo que es más grave, debe proceder como si lo fuera y aunar en sí mismo las cualidades de un líder y las de un sanitarista. La metáfora puede ser excesiva en circunstancias corriente pero no en el marco de una pandemia, eso es fácil de constatar.
Y esta técnica elemental se construye sobre un protocolo que –además de ser bien informado- exige disciplina y buen juicio para que el bisturí no desande su camino y concrete diligentemente la acción requerida. Hecha esta concesión por la cual se reconoce y valida la égida de un buen gobernante, conviene ahora volver sobre los propios pasos y no abandonar el símil en este momento de peligro porque de su buen tino dependerá la nueva normalidad que se avecina sin suspicacias ni falaces acostumbramientos.

 

Fuentes consultadas
Chuang. (2020). Contagio social. Guerra de clases microbiológica en China. Rosario: Lazo Negro.
Tavares, G. (2008). Aprender a rezar na era da técnica. Posição no mundo de Lenz Buchmann. São Paulo: Companhia das Letras. Traducción al español de Letranómada.

 

 
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