Tiempos modernos

Por Patricia Coppola

Hace un par de noches, después de un día en el que terminé abrumada y agotada por la virtualidad en todas sus formas, otra vez frente a la pantalla, esta vez la del televisor, entre cifras de muertos e infectados, búsqueda de series o películas en Netflix y demás, tuve la estupenda idea de volver a ver a Charles Chaplin. 

Si creemos que nada es pura casualidad, escogí “Tiempos modernos”, filmada hace ya más de 80 años, donde un obrero enloquece luego de trabajar durante horas ajustando tuercas en una fábrica. La genialidad de Chaplin muestra un mundo mediado por las máquinas: la voz del jefe se escucha a través de una pantalla, y hasta se inventa un aparato para comer y así optimizar el tiempo de trabajo.

Chaplin describió en sus películas las situaciones desesperadas de los marginados de siempre. En “Tiempos modernos”, la desocupación durante la Gran Depresión se cobra sus víctimas. Y volví a emocionarme, a reírme y a sorprenderme con el eterno “Charlot”.

Sin demasiado esfuerzo me asalta el paralelo con la “nueva realidad”, “la nueva modernidad”, y la “nueva normalidad”, que la cuarentena agudiza ferozmente. Entre los muchos daños que la pandemia ha producido entre nosotros, uno de los más graves es tal vez el que afecta al ámbito educativo, el que se ha distorsionado totalmente y los resultados quedan librados a la buena voluntad de los actores involucrados. 

¿Será generacional? Me pregunto con cierta tristeza tanguera, ¿será que mis alumnos y alumnas, a los que en clase presencial les tengo que pedir que apaguen sus celulares, prefieren educarse virtualmente?

Pero como me arrebata la pasión de enseñar, lo hago día tras día de manera desolada, a destajo. De un día para el otro los profesores y profesoras salimos a reformular nuestro modo tradicional de trabajo, casi todos sin ninguna experiencia previa: organizamos el material, el calendario, distribuimos tareas, comenzamos, algunos por primera vez, a manejar aulas virtuales. Muchos docentes duplicaron las plataformas o consiguieron cuentas prestadas para armar reuniones; bajo la presunción que todos, con dedicaciones y contextos familiares disímiles, contamos con el acceso adecuado. Mientras tanto, los aprendizajes funcionaron (y seguirán funcionando) de manera asincrónica y nosotros, a la distancia, esperanzados en que nuestros alumnos y alumnas entiendan lo que mandamos en escritos, cuadros y guías de estudio, o, en algunos casos, en videos artesanales que grabamos con escasa o ninguna experiencia. Es que somos docentes, no somos expertos en pedagogía virtual ni en informática.

También tuvimos que actualizar nuestro lenguaje: pasamos de “hagan silencio” a “¿pudieron ingresar a la plataforma?”, de contestar una pregunta mirando a los ojos, con espontaneidad o ironía a “ingrese al foro correspondiente y allí trataremos de aclarar sus dudas”. Hablamos en clave de zoom, pdf, streaming, tutorial, moodle, conectividad, sincronismo, la web… ¡ya! 

¿Me quieren explicar cómo hacen los que enseñan Letras, por ejemplo? Tal vez sea generacional, por eso no me doy cuenta: es que yo conocí a García Márquez y a Cortázar por “la Figueroa”, mi profesora de Literatura de 4to año, en el Garzón Agulla. Una vez me hizo pasar al frente a leer un fragmento de “Rayuela” y se me atravesó en la garganta para siempre.

Hace unos días recibí un mensaje (virtual, por supuesto) de un ex alumno, me decía que extrañaba los pasillos de la Facultad. Y otra vez, la garganta comprimida. Y recibo otro mensaje (virtual, por supuesto) de mi prima Ruth, profesora de Filosofía en Tucumán, donde me dice: “quisiera, en este día de lluvia, estar saliendo de casa con los libros colgados de mis brazos, la computadora también, llegar con el pelo mojado y sonreír al entrar a un aula. Y que comience nuestra clase”. Y otra vez la garganta que no me deja en paz.

Charles Chaplin sabía que el vagabundo no tenía sentido en el cine sonoro. Al final los tiempos modernos acabaron con el personaje. Si hay que despedirse de enseñar como si subiésemos al escenario, palpitando presencias, espero que sea como el final de “Tiempos modernos”: caminando en un plano fijo hacia el horizonte en busca de nuevas aventuras, acompañada y feliz.

Profesora “virtual” en la universidad pública

 
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