El síndrome de París

Reflexiones en cuarentena | Por Lucas Gatica

Hace unos años, varios psicólogos asiáticos han estado diagnosticando un extraño trastorno temporal, presente en turistas que visitan París. Este trastorno es el resultado del choque entre la idealización de la capital francesa, con su descubrimiento y con lo que realmente se encuentran en las calles de la “Ciudad Luz”. Se caracteriza por un número de síntomas tales como una aguda desilusión, alucinaciones, desrealización, despersonalización, ansiedad, sentimientos de persecución y manifestaciones somáticas como mareos, taquicardia, aumento de la sudoración, entre otras sintomatologías.

Este llamativo fenómeno, también conocido como “Shokogun”, se da principalmente en chinos, coreanos y japoneses que visitan la ciudad por primera vez. Llegan a París condicionados por las películas y la literatura en torno a ella (“Un americano en París”, o “Amélie”, por ejemplo) y esperan ver una ciudad pintoresca, glamorosa y amistosa. En cambio, lo que descubren es el lado más oscuro de la ciudad: subterráneos desbordados de gente, camareros y empleados de tiendas nada amables, carteristas profesionales especializados en robar a turistas distraídos. Todo este combo les causa un shock psicológico profundo.

Que los parisinos pueden ser groseros forma parte del mito urbano, y si a ello se le suma que la ciudad soñada no satisface las expectativas del turista, algunos pueden sucumbir y sufrir en sus ansiadas vacaciones. En definitiva, la visión romántica que tienen de la ciudad se enfrenta a la realidad cotidiana con la que se topan, tirando por la borda sus fantasías y connotaciones con París.

El síndrome apareció primero en japoneses que llegaban a la ciudad con ansias de caminar por sus adoquines, ver las joyas del Louvre, visitar las librerías donde Ernest Hemingway y James Joyce solían leer, vislumbrar de cerca el atractivo de la mujer francesa y su alta costura, pero, en contraste, se veían cara a cara con la parte más oscura de la capital.

El psiquiatra y profesor Hiroaki Ota, japonés que trabajaba en Francia, fue el primero en identificar este raro síndrome hace ya tres décadas. Ota señalaba que la experiencia con un taxista grosero, o con mozos que gritan a sus clientes que no manejan el francés, puede ser tomado con gracia y humor por parte de personas con culturas occidentales, pero para el asiático, y particularmente para la cultura japonesa, acostumbrados a una sociedad más cortés y servicial donde el tono de voz rara vez se levanta, la experiencia de ver que su ciudad de ensueño se vuelve una pesadilla, puede ser difícil de asimilar.

A partir del brote de este síndrome, la embajada japonesa en Francia tiene una línea directa de 24 horas para atender a sus ciudadanos que puedan estar sufriendo este choque cultural severo, ayudando con derivaciones y tratamientos a quien lo necesite. Es más, la embajada del sol naciente en París repatriaba (antes de que el covid-19 paralizase al turismo internacional) una docena de sus ciudadanos al año a causa del síndrome, para recuperarse del shock.

¿Por qué se da sobre todo en nipones? Tal vez la respuesta puede buscarse en que la sociedad japonesa se caracteriza por su disciplina, sus ciudadanos son personas apacibles, acostumbradas a vivir en una comunidad jerarquizada pero que valora el grupo por encima del individuo, dando como resultado un entorno social con poco conflicto y armónico.

Antecedente

En los inicios del siglo XIX, Stendhal, escritor francés bautizado como Henri Beyle, se dedicó a viajar por Italia buscando inspiración para su próximo libro. Al llegar a Firenze, la ciudad cuna del Renacimiento y una de las más bellas del Viejo Continente, se dio a la tarea de visitar sus museos, iglesias, admirar sus esculturas, frescos y arquitectura. Extasiado y boquiabierto ante lo que veía y lo que Firenze tenía para ofrecer, su corazón se aceleró, experimentó sudores que recorrían su cuerpo y una repentina sensación de angustia acompañada de vértigos. Estas manifestaciones lo obligaron a sentarse y calmarse, sin entender muy bien qué le pasaba.

Fue al contemplar la basílica de Santa Croce de Firenze cuando sufrió por primera vez este raro malestar. Acababa de experimentar lo que luego se denominaría Síndrome del Viajero, Síndrome de Stendhal o Síndrome de Florencia. Allí estaba la semilla de este Síndrome de París que hoy preocupa, justamente, a los políticos y autoridades de la nación de Stendhal, que nació en Grenoble y murió en París.

Francia y el turismo

El país galo era, hasta este parate, el líder mundial en turismo. Éste representa para Francia más del 7% del PBI y alrededor de dos millones de empleos, directos e indirectos, dependen de él. El país ocupa la quinta posición en cuanto a ingresos relacionados con el turismo, con más de 38.000 millones de euros anuales, y su capital es una de las más visitadas anualmente -el año pasado recibió más de 19 millones de turistas-. En ese contexto, los nipones representan 6 de esos 19 millones.

Por esto, para Francia, que sigan llegando turistas asiáticos es fundamental para alimentar su economía tras el coronavirus. Si a ello se le suma que desde hace unos años el auge de los turistas chinos está empezando a frenarse, las autoridades francesas están preocupadas. Según Jean-François Zhou, presidente de la asociación china de agencias de viajes de Francia, este freno a la llegada de turistas chinos se debe, por una parte, al rechazo de gastar grandes sumas en medio de la campaña del presidente Xi Jinping contra la corrupción y, por otra parte, a la preocupación por la bienvenida y realidad que les espera en París.
Aunque la ciudad encarna como ninguna otra el pasado y presente de Europa, su visita puede tener efectos colaterales. Para algunos la única cura para este síndrome es escapar y nunca más volver. Como escribió Enrique Vila-Matas, “París no se acaba nunca”.

 

 
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